Theology

¿Hay casos de resistencia política en la Biblia?

Las parteras del Éxodo pueden enseñarnos mucho sobre cómo temer a Dios más que al rey.

Paintings from Exodus.
Christianity Today April 30, 2026
Wikimedia Commons / Ediciones de CT

A juzgar por el discurso público actual, uno podría pensar que la Biblia solo aborda temas políticos una vez, en Romanos 13. «Todos deben someterse a las autoridades públicas, pues no hay autoridad que Dios no haya dispuesto», escribió el apóstol Pablo (v. 1). Pero, ¿debemos entender esto como el único modelo de testimonio político cristiano? ¿Es la instrucción de Pablo un mandato universal para los creyentes, incluso en situaciones en las que los gobernantes terrenales realmente infunden terror a «los que hacen lo bueno» (v. 3)?

Pedro parece apoyar este enfoque cuando dice: «Sométanse por causa del Señor a toda autoridad humana. […] respeten al rey» (1 Pedro 2:13–17). No obstante, continúa su explicación enfatizando que debemos estar dispuestos a soportar nosotros mismos el sufrimiento injusto. Pero infligir injusticia a otros es otra cuestión totalmente distinta.

Una de mis heroínas es Corrie ten Boom, una mujer holandesa que se resistió al régimen nazi al esconder a muchos judíos en su casa y falsificando cartillas de racionamiento para alimentarlos. Leí su libro de memorias, El refugio secreto, varias veces mientras crecía. Mantener a salvo a los judíos requería un engaño diario: se trataba de una desobediencia flagrante a las autoridades gobernantes. Su decisión de resistirse al régimen le valió ser capturada y encarcelada en un campo de concentración, donde sufrió mucho. Pero, gracias a Dios, sobrevivió a la guerra y pasó a escribir y hablar sobre el poder de perdonar a sus enemigos.

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Quizás su historia significó tanto para mí porque mi propia abuela, Barbara Brinkman (más tarde Barbara Camfferman), contemporánea de ten Boom, trabajó para la Resistencia Holandesa. Ella y sus hermanos asistían a reuniones clandestinas donde, junto con otros cristianos, ideaban formas de socavar a los nazis. Tenían radios a pesar de que Hitler los había prohibido. Volaban puentes, robaban equipo y falsificaban documentos de identidad. A pesar del toque de queda, mi abuela salía para entregar mensajes a los soldados aliados, mismos que llevaba enrollados en el manillar de su bicicleta. Una vez la detuvieron y estuvo a punto de ser arrestada.

Un avión de combate estadounidense fue derribado en el cielo sobre su granja, y el piloto saltó en paracaídas al campo trasero. Ella y sus hermanos lo escondieron y lo ayudaron a escapar. Uno de sus hermanos menores pasó la guerra escondido en el ático de una familia amable a cierta distancia de casa para evitar el reclutamiento. Durante varios largos años, todos contuvieron la respiración e hicieron lo que pudieron. Milagrosamente, mi abuela y sus hermanos sobrevivieron a la ocupación.

No se sometieron a las autoridades gobernantes. Mi abuela se resistió en repetidas ocasiones. ¿Hizo mal en hacerlo? ¿Debería Corrie ten Boom haber entregado a sus amigos judíos al Tercer Reich?

Creo que no. Y la Biblia ofrece fuertes precedentes a su resistencia: comportamientos desafiantes que se ganaron la aprobación de Dios. Rahab escondió a los espías israelitas de los funcionarios del gobierno local (Josué 2). Jael violó la lealtad a su clan al ofrecer hospitalidad y luego asesinar a un general del ejército por el bien de Israel (Jueces 4). Abdías —¡él mismo un funcionario del gobierno!— escondió a los profetas del Señor en una cueva y les proporcionó comida y agua para que la reina no pudiera matarlos (1 Reyes 18).

Isaías y Jeremías no se plegaron a la línea del partido cuando habría sido políticamente más seguro decir lo que la gente quería oír. A Isaías lo pusieron en el cepo y a Jeremías lo arrojaron a una cisterna; de hecho, sufrieron por hacer y decir lo que era correcto. Daniel se negó a dejar de orar a Dios, y sus amigos se negaron a postrarse ante un ídolo patrocinado por el Estado (Daniel 6:13; 3:18).

Pero las mujeres que me han cautivado el corazón más que cualquier otro personaje bíblico rebelde son las parteras hebreas del Éxodo. El faraón intentó conseguir su ayuda para eliminar a sus rivales: «Cuando ayuden a las hebreas en sus partos, fíjense en el sexo: si es niño, mátenlo; pero si es niña, déjenla con vida» (Éxodo 1:16). El faraón también avivó el miedo en su nación hasta que los egipcios llegaron a sentir repugnancia hacia los extranjeros hebreos.

Las mujeres se negaron a obedecer. A pesar del gran riesgo que corrían, salvaron a los niños. El Éxodo nos dice por qué: «Sin embargo, las parteras temían a Dios, así que no siguieron las órdenes del rey de Egipto, sino que dejaron con vida a los varones» (v. 17).

¿Tenían miedo las mujeres de las consecuencias de su desobediencia? Quizás, pero su temor a Dios superaba su miedo al faraón. Entendieron que el juicio que más importaba era el de Dios. Su obstinación salvó a toda una generación. El texto deja claro que Dios las recompensó por su labor (vv. 20–21).

No sabemos mucho sobre estas mujeres, aparte de sus nombres, Sifrá y Fuvá. Pero en una historia donde al villano nunca se le nombra («Faraón» es un título, no un nombre), estas mujeres con nombre destacan como figuras importantes y dignas de recordar. Los eruditos en la materia debaten si eran ellas mismas hebreas, si eran las únicas parteras o solo las parteras principales, y si le mintieron al faraón sobre los partos apresurados o le dijeron la verdad.

Su réplica al faraón muestra una astucia digna de Brer Rabbit o High John the Conqueror: «Las mujeres hebreas no son como las egipcias; son vigorosas y dan a luz antes de que lleguen las parteras» (Éxodo 1:19). La palabra vigorosas está relacionada con la palabra hebrea que significa animal. El faraón trataba a los hebreos como bestias, y su fuerza los hacía inmunes a su plan.

Las parteras, la madre y la hermana de Moisés, la hija del faraón y sus sirvientas, todas conspiraron para desafiar al rey y sus órdenes. Cada una actuó dentro de su ámbito de influencia para dar a luz, criar y rescatar a un niño amenazado de muerte.

Imagina si se hubieran mirado unas a otras y hubieran dicho: «¿Qué otra opción tenemos? El rey dice que debemos matarlo». No tendríamos a Moisés, ni la liberación de la esclavitud, ni el viaje al Sinaí, ni los Diez Mandamientos, ni el Tabernáculo. En resumen, no tendríamos ningún pacto, ni Mesías, ni bendición para todas las naciones; al menos no tal y como lo describen las Escrituras.

Más adelante en el libro de Éxodo, descubrimos que las acciones de la hija del faraón anticiparon lo que Dios mismo haría. Él vio a los hebreos, oyó sus gritos, tuvo compasión de ellos y envió a alguien para sacarlos de Egipto (2:23–25; 3:7–8). Y Moisés refleja a su hermana Miriam. Se planta a orillas del Nilo para enfrentarse al faraón cuando este se dirige al río y le dice: «Deja ir a mi pueblo» (7:15–16). Podemos encontrar el mismo vocabulario en la historia de la pequeña que negoció la liberación de su hermanito (2:3–4, 7). Si quieres aprender sobre Dios en el Éxodo, fíjate en las mujeres: son las que más se parecen a Él.

Los dilemas éticos de nuestros días no son menos complejos. ¿Contratamos a inmigrantes indocumentados? ¿Les damos educación? ¿Ayudamos a quienes están legalmente en nuestro país a evitar las redadas del ICE porque no confiamos en que los traten según la ley? ¿Votamos por un candidato que se ha comprometido a apoyar la cirugía de reasignación de género para menores sin el consentimiento de los padres? ¿Tomamos una postura sobre las guerras en Gaza e Irán?

¿Votamos por candidatos de cualquiera de los dos grandes partidos cuando ambos se han comprometido a hacer que el aborto sea más accesible? ¿Cumplimos con las regulaciones gubernamentales que nos obligan a ofrecer servicios que van en contra de nuestra conciencia? ¿Nos alineamos con nuestro presidente para condenar al papa?

Debemos desarrollar el discernimiento moral para saber cuándo invocar Éxodo 1 como nuestro modelo y cuándo apoyarnos en Romanos 13, ya sea que las autoridades gobernantes nos exijan desobedecer los mandamientos de Dios o cumplirlos. Distinguir el bien del mal es la necesidad más urgente de nuestra época y de cualquier época.

Pero, como en el principio, debemos buscar al Señor para obtener esta sabiduría y no intentar definirla por nosotros mismos (ni dejar que los líderes gubernamentales la definan por nosotros) siguiendo el espíritu de los tiempos. Las Escrituras son el regalo material más poderoso que tenemos: la autorrevelación de Dios que nos muestra cómo encarnar su carácter en nuestra adoración, en nuestro trabajo y en nuestro testimonio. Repetir un versículo sin leer todo el consejo de Dios puede llevar a una deformación de nuestra ética.

Lamentablemente, nuestro conocimiento colectivo de las Escrituras se ha debilitado. Nos hemos fijado en recuerdos vagos de la escuela dominical o en pasajes aislados que parecen relevantes para el momento actual. Nos hemos dejado llevar por líderes que citan versículos bíblicos para justificar sus acciones. Pero hemos perdido el discernimiento moral que surge de ver el panorama general y comprender cómo las historias deben encajar entre sí.

Hoy necesitamos el valor de las parteras, que temían a Dios más que al rey y sabían que lo que el faraón pedía era totalmente inmoral. Necesitamos desesperadamente una visión renovada de las Escrituras y un compromiso renovado para participar en una labor que honre el carácter y la misión de Dios, sin importar lo que cueste.

Carmen Joy Imes es profesora asociada de Antiguo Testamento en la Universidad de Biola y escritora. Su último libro es Becoming God’s Family: Why the Church Still Matters.

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