Ideas

Estamos obsesionados con el género

CT Staff; Columnist

Con un lenguaje incoherente que nos llega de los teóricos académicos, pensamos y hablamos del género sin parar… en nuestro propio perjuicio.

A baby with pink and blue circles.
Christianity Today April 20, 2026
Ilustración de Mallory Tlapek / Fuente de imágenes: Pexels, Wikimedia Commons

«Solo quiero señalar», dijo Sara Jacobs, una demócrata de California hablando desde la Cámara de Representantes, «que me parece muy interesante que mi colega de Carolina del Sur [la representante Nancy Mace] esté tan obsesionada con el tema de las personas trans, usando insultos horribles para referirse a ellas, cuando muchas personas en este organismo han recibido atención para la reafirmación de género».

Jacobs no se refería a los legisladores que se han sometido a una transición médica, de los cuales hay solamente uno. Su argumento se centraba más bien en la idea, cada vez más común entre los defensores de las personas trans, que afirma que la cirugía estética, la cirugía plástica reparadora, el tratamiento de trastornos hormonales, las alteraciones estéticas menos permanentes e incluso los tratamientos de prevención del cáncer son parte de la misma categoría que una vaginoplastia realizada a un hombre. Jacobs continuó:

Los rellenos son atención de reafirmación de género. Las operaciones de pecho [son] atención para la reafirmación de género. El bótox es atención de reafirmación de género. Muchos de mis colegas han recibido atención de reafirmación de género. Y déjame ser clara: creo que todo el mundo debería tener acceso a la atención de reafirmación de género que necesite.

Esto es una tontería, sobre todo porque nadie necesita rellenos cosméticos. Pero quizá sea una tontería previsible en una cultura tan obsesionada con el género como la nuestra.

¡Síguenos en WhatsApp y recibe novedades de CT en español en tu teléfono!

Estados Unidos lleva mucho tiempo obsesionado con el sexo: practicarlo, desearlo, negarlo, describirlo, mercantilizarlo, coaccionarlo y contenerlo. Pero esta fijación consciente en el género es relativamente nueva.

Pensamos demasiado en el género. Hablamos demasiado del género. Hemos caído en la rumiación, dándole vueltas y vueltas a lo que significa ser mujer; sentirse como un «hombre de verdad»; ser masculino pero no tóxico o femenina pero no retrógrada; burlarnos de los estereotipos y sacar provecho de ellos; elegir voluntariamente la única opción que tuvieron nuestras abuelas; cortarnos el cuerpo para que cumpla con los mismos estándares sociales y vanidades que denunciamos.

Nuestra obsesión, si me permites tomar prestada la única palabra en la que Jacobs acertó, no se limita a un solo bando de la guerra cultural. Sin duda, la versión de la izquierda es la más obvia y preocupante: la teoría de género y las cirugías electivas, a veces espantosas y fallidas, que se utilizan para justificarla. Este es un entorno que, al mismo tiempo, le da demasiada importancia a nuestras partes del cuerpo («cuerpos con vaginas») y muy poca al sexo de nuestro cuerpo como parte de un todo integral («las mujeres trans son mujeres»).

La versión de la derecha es más familiar, aunque últimamente se expresa en formas tecnológicamente novedosas. Las «tradwives» influenciadoras están haciendo un gran negocio. Los hombres fornidos que beben whisky, se dejan crecer grandes barbas, visten franela y graban pódcasts de teología reformada son un arquetipo por una buena razón. Los seguidores del presidente Donald Trump crean imágenes con IA que colocan su cabeza sobre cuerpos caricaturescamente masculinos.

O piensa en la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, que al parecer se preparó para su paso de la política a nivel estatal y del Congreso a la Casa Blanca con un cambio de imagen inspirado en Instagram: ropa ajustada, pelo largo y suelto, dientes nuevos y lo que a mi parecer es un uso considerable de inyectables cosméticos. Noem fue noticia al principio de su mandato por una serie de fotos y videos que parecían diseñados para recordar a quienes los veían que, aunque desempeña un papel estereotípicamente masculino en una esfera de la vida históricamente masculina, no solo es una mujer, sino también una mujer atractiva y extrañamente joven.

La iglesia estadounidense no se ha librado de esta obsesión. Nosotros también hablamos sin parar de lo que significa ser hombre y mujer (en el sentido bíblico o en cualquier otro), de la masculinidad y la feminidad, de los roles de género, y de si nuestra forma de entenderlos y vivirlos es cristiana o mundana. A veces parece que prestamos más atención a las conversaciones y a los adornos culturales que rodean las experiencias masculinas y femeninas que a los hombres y las mujeres en sí mismos.

Durante mi infancia, género era un eufemismo educado para «sexo», que se usaba cuando querías distinguir entre hombre y mujer pero no te atrevías a pronunciar la palabra que también significaba el acto de la cópula. Ese uso persiste, pero no es a lo que me refiero cuando digo que estamos obsesionados con el género.

Lo que quiero decir exactamente es difícil de precisar, no porque sea incierto en mi mente, sino porque es incierto en nuestra cultura. La forma en que ahora hablamos del género en la conversación popular es consecuencia del intrincado trabajo de los teóricos académicos del género, la más reconocida de los cuales es Judith Butler, conocida por su concepción del género como una especie de actuación. (Si no estás familiarizado con ella, aquí tienes un extracto de una entrevista de 2021: insistir «en que el sexo es biológico y real… Es antifeminista, homófobo y transfóbico», afirma Butler.

El esquema exacto de la teoría de género depende del pensador. Para algunos, el género es una expresión del sexo; para otros, es totalmente independiente del sexo; para otros, la relación es diferente a estas dos interpretaciones. Pero como la mayoría de nosotros hemos adoptado los nuevos usos de género sin ningún conocimiento de esa historia teórica, bastarán aquí dos definiciones coloquiales.

A veces distinguimos entre género y sexo, como he hecho implícitamente en la primera sección de este artículo: el sexo es el hecho biológico, mientras que el género se refiere a las expectativas culturales, las normas y los hábitos relacionados con cada sexo. Género se expresa habitualmente como «una construcción social».

En mi matrimonio, soy la cónyuge que dio a luz porque soy mujer (eso es el sexo). También soy la cónyuge que lleva un vestido a nuestras fiestas porque ese es el atuendo convencional para tal ocasión en el Occidente moderno (eso es género). En este uso, el sexo y el género están relacionados. El sexo es el elemento primario o fundamental, mientras que las expectativas, normas y hábitos del género pueden cuestionarse o cambiarse, ya sea de forma deliberada u orgánica. Mi marido no pudo elegir dar a luz, pero yo podría elegir pantalones para nuestra próxima fiesta.

En el mejor de los casos, género, en este sentido, es una palabra útil para hablar de lo que esperamos y asumimos unos de otros en relación con las realidades del sexo. Puede ser una herramienta de prudencia y gracia. En el peor de los casos, sin embargo, esta concepción del género degenera en estereotipos burdos y allana el camino para el segundo uso coloquial.

A veces hablamos del género tal y como la estudiosa católica Abigail Favale lo describió críticamente en The Genesis of Gender: «el sexo del alma, la masculinidad o feminidad innata que puede o no “alinearse” con el sexo del cuerpo. En esta concepción, el género no es visto en absoluto un mero constructo, sino más bien como una realidad presocial, la verdad interior con la que debe medirse el cuerpo» [traducción propia]. En dicha definición, una concepción interna del género es el elemento principal o fundamental, mientras que el cuerpo sexuado puede cuestionarse o modificarse mediante intervención hormonal y quirúrgica.

Es incoherente mantener estas dos ideas coloquiales del género al mismo tiempo. El género no puede ser a la vez una construcción social externa y un sexo interno e indiscutible del alma. No puede ser a la vez secundario al sexo biológico y su anulación incuestionable. Sin embargo, en la práctica, sobre todo en las conversaciones sobre la disforia de género, esa incoherencia se ignora alegremente.

Funciona así: basándose en el segundo uso, los defensores trans anuncian la existencia y la primacía de la identidad de género. «Algunas personas pueden imaginar que ser trans es una elección», declaró a The New York Times el único congresista trans, Sarah McBride. «Eso no es lo que es la identidad de género», dijo McBride. «Es mucho más innato. Es un sentimiento visceral».

Pero, ¿qué implica exactamente ese sentimiento? ¿Qué significa sentirse hombre o mujer? ¿Cómo podría alguien de un sexo —que solo ha vivido la vida como ese sexo— tener un conocimiento real de la experiencia interna del otro? Podemos imaginarlo, claro. Pero ¿cómo lo sabríamos?

Aquí es cuando entra en juego la peor versión del primer uso: Te sientes mujer si te gustan las cosas estereotípicamente femeninas. Te sientes hombre si disfrutas de las cosas estereotípicamente masculinas. Un niño pequeño que juega con un disfraces de princesas se está ajustando a las normas para las niñas (género en el uso social); por lo tanto, se podría decir que es una niña (género en el uso del alma).

McBride y sus aliados podrían protestar aquí, argumentando que no es tan sencillo como eso, que una preferencia a la hora de jugar no llevaría a nadie por el camino de la transición médica. Quizá no, pero en muchos casos creo que mi simplificación es leve.

«Si lo femenino y lo masculino ya no residen en el cuerpo, no hay otra base para estos conceptos excepto los estereotipos», observó Favale. Y así, «cuando una niña reconoce que no encaja en los estereotipos de la feminidad, ahora se ve invitada a cuestionar su sexo en lugar del estereotipo».

No es de extrañar, pues, que en las historias de transición de género se escuche una preocupación obsesiva por lo que se supone que el género social dice sobre el género del alma. En 18 Months, las memorias de Shannon Thrace sobre la transición de su marido y la consiguiente ruptura de su matrimonio, ella describe repetidamente «una rumia sin fin».

«Desde que saliste del clóset, no hemos tenido ni una sola tarde agradable», escribe, dirigiéndose a su exmarido. «Estás obsesionado con tu apariencia. Eres frágil y te enfadas enseguida. Te duermes llorando». Ella añora «los días en que pelábamos judías verdes en el pórtico. Las preocupaciones sobre tu género consumen nuestros días y nos quitan el sueño por las noches».

O piensa en el relato de una persona que ha revertido su transición llamada Céline Calame, que escribió en su Substack el verano pasado sobre la vida tras una mastectomía de la que se arrepiente:

Me resulta extraño mirarme en el espejo… Mi pecho se siente a la vez plano y lleno. Cuando me concentro en ello, esta sensación intermedia hace que me duela la cabeza y que se me retuerza el estómago. Me agarro a mí misma: ¿dónde estoy? ¿Cuánto tiempo he estado fuera? ¿Qué podría haber sido mi cuerpo si nunca hubiera pensado en «mujer» como una identidad que tenía que sentir para ser, y nunca hubiera buscado estas intervenciones médicas?

Ese «¿y si…?» de Calame apunta hacia la salida de este ciclo de rumiación. Ser hombre o mujer, como me dijo la autora cristiana Leah Libresco Sargeant en una entrevista, no depende de nuestros sentimientos ni de nuestras acciones. Es un hecho, una realidad biológica, una necesidad relacional y un regalo de Dios, aunque sea un regalo que a veces nos cueste entender.

El rechazo de ese hecho es inconfundible en el ámbito de la medicalización trans. Pero la tendencia mucho más amplia de nuestra cultura a darle vueltas al género, dijo Sargeant, «implica igualmente que ser hombre o mujer es algo en lo que puedes fracasar» —y, por lo tanto, un proyecto en el que debes buscar cierto grado de éxito—.

La mejor forma de entenderlo, dijo Sargeant, es que «hay hombres y hay mujeres, y tanto los hombres como las mujeres están llamados a la virtud». El sexo es un hecho, pero la virtud no lo es, y nuestra búsqueda individual de la virtud bien puede estar determinada por nuestro sexo y nuestro género (en el sentido social). «La virtud es algo en lo que puedes fallar», continuó Sargeant, basándose en la obra de la hermana Prudence Allen:

Puedes ser más o menos virtuoso —más o menos cualquier cosa—, pero el sexo es algo fundamental en ti. No puede verse amenazado por, digamos, el hecho de que lleves pantalones vaqueros o no. Puedes crecer más en la virtud, y cuando eres valiente como mujer, siempre eres valiente de una manera femenina. Eso no es porque el acto de valentía sea diferente. Eres valiente de una manera femenina porque eres mujer. Tu género nunca está en peligro.

Ahora bien, tu alma sí puede estar en peligro. Puedes ser más o menos virtuosa. Puedes ser más o menos lo que Dios te ha pedido que seas —lo cual no es necesariamente lo mismo que lo que le ha pedido a la persona que tienes al lado—. Pero hagas lo que hagas, siempre lo estás haciendo de una manera femenina.

Lo que se plantea aquí no es que haya diferentes estándares de moralidad para cada sexo. En su último libro, The Dignity of Dependence, Sargeant cita con aprobación a Teddy Roosevelt recordando la enseñanza de su padre de que «lo que estaba mal en una mujer no podía estar bien en un hombre». Sin embargo, la cobardía de un hombre bien podría distinguirse de la de una mujer, y el valor de una mujer puede adoptar una forma diferente a la de un hombre.

¿Qué significaría entender que no podemos fallar en ser hombres o mujeres? ¿Que es un hecho que «hombre y mujer nos creó» (Génesis 1:27)? ¿Cómo podría eso romper la obsesión con el género prevalente en nuestra cultura?

Para empezar, podemos liberarnos de la agotadora y ridícula idea de la afirmación de género. Si ser mujer es algo que soy, y no algo que de alguna manera deba sentir o hacer, entonces no hay forma de hacerme más o menos mujer. No hay forma de disminuir mi sexo, ni de afirmarlo. No hay nada que lograr, ninguna actuación que perfeccionar, ninguna carencia que suplir. Puedo decidir seguir las reglas actuales del género social o no, pero incluso en ese caso, afirmación es la palabra equivocada.

Así que basta ya de retorcernos a fin de encajar en estereotipos tontos, de actuaciones para justificarnos, de cortarnos partes sanas del cuerpo y de echarnos ácidos en la cara para convertirnos en visiones de hombre y mujer que son todo apariencia, nada de sustancia —todo rumiación y nada responsabilidad relacional—.

«Cuando el género sigue arraigado en el sexo —cuando la feminidad se refiere a la condición de mujer en lugar de a la encarnación de un estereotipo femenino—, esto permite que “mujer” sea una caja mucho más amplia», escribió Favale. Para mí, eso suena a libertad, un respiro para centrarme en cosas mejores y más necesarias al servicio de Dios y del prójimo (Gálatas 5:6, 13). Jesús no ofreció versiones del Sermón del Monte segregadas por sexo.

Yo no pienso mucho en mi propio sexo o género. Pero sospecho que soy atípica en esto. No todo el mundo quiere una caja más amplia. «La mayoría de la gente tiene un fuerte sentido de ser hombres o mujeres», señaló el teólogo Alastair Roberts para el Instituto Theopolis.

En Wisdom of Crowds, la periodista Christine Emba amplía ese punto, argumentando que un objetivo genérico hacia la virtud no es suficiente para mucha gente, especialmente para muchos hombres. «Los jóvenes y los chicos nos dicen, a menudo literalmente, que necesitan y desean desesperadamente orientación, normas y una guía concreta sobre cómo ser un hombre —no solo una “buena persona”— y que, de hecho, la falta de dichas normas les está causando una angustia considerable», escribe Emba.

En la práctica, cree ella, es poco probable que un conjunto de ideales lo suficientemente «amplio» como para abarcar las experiencias tanto de hombres como de mujeres sea «lo suficientemente sólido como para vivir de él». La virtud es la virtud, sí, pero como «la diferencia exige especificidad», una exhortación a «“solo sé bueno” no es suficiente».

Muchas personas, quizá la mayoría, estarían de acuerdo. Quieren alguna garantía de que están siendo hombres o mujeres como deben serlo. La incertidumbre perpetua de la rumiación ha demostrado no ser de ninguna ayuda; sin embargo, un llamamiento universal a la virtud puede parecer insustancial. Necesitamos la virtud no en abstracto, sino, como corresponde al tema que nos ocupa, encarnada en las relaciones.

Roberts me dijo en una entrevista: «El internet nos ha desligado del cuerpo, de las relaciones concretas que realmente despiertan nuestro sentido de nosotros mismos como hombres y mujeres». Continuó diciendo: «Cosas como ser marido, padre, hijo o hermano: este tipo de cosas están muy arraigadas». Nuestro estilo de vida cada vez más aislado y desencarnado tiende a «provocar rumiaciones», argumentó, porque nos obliga a construir un sentido de identidad y propósito como hombres o mujeres para y por nosotros mismos.

«En el pasado, en gran medida eso te era dado, y era algo que te evocaban las realidades fundamentales de tu existencia» —principalmente tus relaciones—, dijo Roberts. «Mi cuerpo me dice que soy hombre y, en el mejor de los casos, mis relaciones encarnadas arraigan ese sentido en mí. Es como caminar sobre el suelo: no tengo que pensar en ello». Al carecer de esas relaciones, pensamos y le damos demasiadas vueltas, actuamos y consumimos en busca de alguna fuente sustitutiva de arraigo.

Estas alternativas no te satisfarán. Sargeant cuenta en The Dignity of Dependence que un lector le escribió una vez describiendo exactamente este problema. Soltero y a punto de cumplir los 30, tenía la intuición de que ser un hombre cristiano virtuoso implicaría cuidar de los demás de forma sacrificial. Pero, le dijo a Sargeant, «siento que no puedo saber realmente si estoy “viviendo bien” o siendo tan caritativo con mis semejantes como podría, porque no hay ninguna persona concreta a la que yo [pueda] amar».

La mayoría de los cristianos no hablaríamos de los problemas de sexo y género de nuestra cultura en términos de «arraigo» o «rumiación». Pero sospecho, al igual que Roberts, que nuestra «preocupación por alcanzar una especie de “masculinidad bíblica” o “feminidad bíblica” a menudo responde a estas mismas ansiedades». Puede que haya un lugar para ese trabajo, pero cada vez estoy más convencida de que un enfoque menos directo es mejor. En lugar de responder al exceso de pensamiento con aún más pensamiento, o a la ansiedad por estar a la altura con otro estándar que alcanzar, deberíamos centrarnos en crecer en la gracia y el amor en las relaciones que Dios nos da. Céntrate en la vida en comunidad, especialmente en la familia, pero también en la amistad, el vecindario, la escuela, el trabajo y la iglesia.

La comunidad «ofrece un contexto en el que se pueden mostrar las virtudes y se puede construir o destruir la reputación», dijo Roberts. Busca una comunidad duradera, aconsejó. Aprende de las parejas mayores con matrimonios duraderos. Invierte en instituciones y ayuda a los jóvenes a dar sus primeros pasos. Aspira a imitar a los buenos hombres y mujeres que conoces, a emular su modelo de masculinidad o feminidad, no conforme a los estereotipos, sino conforme a Cristo.

Bonnie Kristian es editora ejecutiva en Christianity Today.

Para recibir notificaciones sobre nuevos artículos en español, suscríbete a nuestro boletín digital o síguenos en WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram o Telegram.

Novedades

Estamos obsesionados con el género

Con un lenguaje incoherente que nos llega de los teóricos académicos, pensamos y hablamos del género sin parar… en nuestro propio perjuicio.

Jesús no servía jugo de uva

Brad East

¿Por qué reabrir el debate sobre lo que servimos en la Santa Cena? Porque es importante que sigamos los mandamientos de Dios.

El significado eterno de la copa

John Anthony Dunne

La Comunión es un reflejo de nuestro mundo quebrantado, y un anticipo de Aquel que está por venir.

El hombre que humanizó la guerra

David Neff

Ha pasado más de un siglo y medio desde la batalla de Solferino; sin embargo, las ideas del fundador de la Cruz Roja continúan siendo un modelo para los tiempos de guerra.

Excerpt

C. S. Lewis sobre la ‘diversión solemne’ que antecede la muerte

C.S. Lewis

Este es un extracto de la reciente publicación de una colección curada de cartas de C.S. Lewis publicada en inglés con el nombre Letters on Living the Faith.

News

Falleció Chuck Norris, ícono del machismo estadounidense que volvió a la fe

Cody Benjamin

La estrella de cine de acción encarnaba el ideal de la lucha entre los buenos y los malos.

La muerte no es un derecho

Kristy Etheridge

La legalización del suicidio asistido está cobrando impulso. Para frenar esta tendencia, necesitamos una sólida teología del sufrimiento.

El Evangelio es Buenas Nuevas, no buenos consejos

Peter Coelho

Es cierto que el cristianismo puede mejorar nuestra vida y fomentar la cohesión social. Pero lo más importante es que Jesús es nuestro Salvador.

addApple PodcastsDown ArrowDown ArrowDown Arrowarrow_left_altLeft ArrowLeft ArrowRight ArrowRight ArrowRight Arrowarrow_up_altUp ArrowUp ArrowAvailable at Amazoncaret-downCloseCloseellipseEmailEmailExpandExpandExternalExternalFacebookfacebook-squarefolderGiftGiftGooglegoogleGoogle KeephamburgerInstagraminstagram-squareLinkLinklinkedin-squareListenListenListenChristianity TodayCT Creative Studio Logologo_orgMegaphoneMenuMenupausePinterestPlayPlayPocketPodcastprintremoveRSSRSSSaveSavesaveSearchSearchsearchSpotifyStitcherTelegramTable of ContentsTable of Contentstwitter-squareWhatsAppXYouTubeYouTube