Este artículo ha sido adaptado del boletín de Russell Moore. Suscríbete aquí. [Enlaces en inglés].
«La Biblia me dice que no me preocupe por nada, pero sigo preocupándome», escribió. «¿Qué me pasa y cómo puedo solucionarlo?».
Una oyente de mi pódcast nos envió este mensaje y no he podido dejar de pensar en su pregunta en toda la semana. La razón por la que sigo dándole vueltas no es porque sea inusual, sino porque es muy normal. A menudo recibo preguntas similares e incluso yo mismo lucho con ellas. Lo irónico es que la pregunta no es realmente sobre la ansiedad, sino sobre la ansiedad causada por la ansiedad. No se trata realmente de la preocupación, sino de estar preocupado porque uno se preocupa. ¿Por qué nos sentimos así?
Parte del problema con una pregunta como esta es que las palabras pueden resultar confusas. «Ansiedad» es el término que usamos para una condición médica y fisiológica que es posible tratar con la ayuda de médicos y otros expertos. Pero imagínate si usáramos la misma palabra para la depresión clínica que para el desánimo. Causaría confusión. La ansiedad puede referirse a la afección médica, o —como parece ser el caso para este oyente y para la mayoría de las personas que me preguntan— a una preocupación o inquietud general por lo que pueda pasar en el futuro. Esta segunda definición se ajusta más a lo que aborda la Biblia y a lo que muchos de nosotros tenemos en mente cuando aplicamos esta palabra a nuestras vidas.
La razón por la que la preocupación sobre este tipo de ansiedad es importante es porque nos muestra una interpretación errónea de la Biblia que muchos hemos asimilado sin darnos cuenta.
Y el motivo es el siguiente: la oyente está preocupada porque no quiere desobedecer a Jesús, y ella sabe que Él dijo: «No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán» (Mateo 6:25, NVI en todo el texto). Su pregunta está interpretando las palabras de Jesús como si ella estuviera rechazando un mandamiento moral del Señor, como el mandato de perdonar a sus enemigos. La ironía es que, debido a eso, no puede notar que estos pasajes no son advertencias, sino palabras de consuelo.
Me llevó mucho tiempo entender lo que la gente quería decir con «conversaciones de almohada» porque nunca las he experimentado. Nunca me he acostado en la cama a hablar con mi esposa de nada, porque a los treinta segundos de silencio y quietud, ella ya está dormida. El sueño le llega sin esfuerzo y de inmediato. Y yo no lo entiendo, porque he luchado contra el insomnio toda mi vida. Ella tampoco lo entiende. Al principio de nuestro matrimonio, se dio cuenta de que en realidad no me estaba ayudando cuando se despertaba y me encontraba mirando al techo y me decía: «¡Tienes que dormirte! Mira, son las tres de la madrugada. Solo te quedan tres horas antes de tener que levantarte, ¡y mañana tienes un día importante!».
Con el tiempo, se dio cuenta de que dormir no es una cuestión de motivación y fuerza de voluntad, sino todo lo contrario. La única forma en que una persona puede dormir es dejando de pensar en dormir. Lo que realmente me funcionaba era cuando ella decía: «Bueno, no pasa nada si no duermes nada esta noche. Normalmente te entra un subidón de adrenalina que te ayuda a pasar el día sin problemas, y luego podrás dormir mañana». Escuchar eso era casi como una anestesia: me quedaba dormido en menos de quince minutos.
Por eso no funciona malinterpretar a Jesús o a sus apóstoles como si gritaran «¡Basta ya!» cuando te enfrentas a la ansiedad. Pero prestemos atención a lo que dice realmente el Nuevo Testamento.
Al hablar de la ansiedad sobre «el mañana» (v. 34), Jesús no nos dio un nuevo mandamiento para cumplir, sino que nos liberó de uno antiguo que nos habíamos inventado nosotros mismos. Jesús dice que no tienes por qué estar ansioso por tu vida, ni por cómo te vas a ganar el sustento, ni por cuál será tu futuro, pero no porque esas cosas estén mal o porque preocuparse por ellas sea moralmente indebido. De hecho, Jesús dice que todas estas preocupaciones son razonables y que «su Padre celestial sabe que ustedes las necesitan» (v. 32).
Jesús dirige nuestra atención a todas las formas en que Dios cuida de las aves del cielo y de los lirios del campo, y nos enseña que podemos confiar en que Él conoce nuestras necesidades. Sus palabras no son como un mensaje que basta con leer una sola vez. Más bien, debemos fijarnos continuamente en todas esas realidades. Jesús no nos está amonestando: nos está dando una palabra de consuelo.
Esta enseñanza es similar a la instrucción de Jesús sobre la oración. Sus palabras dan una advertencia contra un problema moral real: la oración como actuación teatral, tal como oran los hipócritas (v. 5); sin embargo, no es tanto un problema de falta de integridad, sino más bien una falta de conocimiento de la bondad de Dios. No necesitamos recitar largas oraciones, dice Jesús, como aquellos que «se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras» (v. 7). ¿Cuál es la solución para liberarnos de pensar que debemos invocar a Dios y retener su atención? Jesús dice que es recordarnos a nosotros mismos que él es nuestro Padre.
De manera similar, cuando Pablo escribe a la iglesia de Filipos, diciéndoles que no «se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias» (Filipenses 4:6), no los está regañando. Les está diciendo que no necesitan cargar con el peso de la ansiedad por el futuro. Y la solución que les da es redirigir esas preocupaciones —una vez más, continuamente— y expresar sus necesidades ante Dios.
Pablo está diciendo lo mismo que Jesús: quizá preocuparse puede parecer que logra algo, pero en realidad no logra nada. La oración, en cambio, sí logra algo. La preocupación requiere más y más preocupación, pero la oración puede darte libertad: puedes entregarle tus preocupaciones, y Él las tomará.
No obstante, también existe el riesgo de convertir esto en un nuevo mandamiento. Una persona que estaba preocupada por la preocupación se refirió a las palabras de Pablo en el versículo 7 —«Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús»— como una señal de haber desagradado a Dios, porque la persona no sentía tranquilidad. Pero no se trata de sentir paz. Esta paz, escribe Pablo, «sobrepasa todo entendimiento». No es una transacción que afirma: «deja de preocuparte y Dios te dará paz». Es la seguridad de una realidad existente.
La paz de Dios «cuidará sus corazones y sus pensamientos» incluso cuando no la entendamos. La paz de Dios te cuida, no necesitas cuidarte a ti mismo.
Este es el problema que muchos de nosotros tenemos: queremos pensar en Dios como si fuera un empleador que está evaluando nuestro desempeño. Sin embargo, eso no es lo que está sucediendo. El hijo pródigo, incluso después de que «recapacitó» y comenzó el viaje de regreso a su casa, planeaba decir: «Ya no merezco que se me llame tu hijo; trátame como si fuera uno de tus jornaleros» (Lucas 15:17, 19). Pero esto no es lo que ocurrió. En cambio, «todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó» (v. 20).
Es por eso que nos preocupamos por nuestra preocupación. No nos damos cuenta de que el Padre nos ama y se preocupa por nosotros. Entonces Él nos lo recuerda, y luego nos preocupamos porque el hecho de que tenga que recordárnoslo significa que está enojado con nosotros, y así el ciclo comienza de nuevo.
Nuestra preocupación por estar preocupados se debe a que todavía no estamos acostumbrados a la gracia. Pensamos que Dios es como un líder de campamento gritándonos en nuestras carpas: «¡Vayan a dormir, o les quitaré su insignia de mérito!». Pero eso no es lo que está sucediendo. Es más como si tu padre te dijera: «Sé que estás nervioso por si hay osos ahí fuera en la oscuridad. Pero yo me quedaré despierto vigilando, y yo me puedo encargar de eso. Tú puedes dormir tranquilo».
No te duermes porque hayas asegurado el perímetro. Te duermes porque alguien que te ama está presente. Aun si te quedaras despierto toda la noche, Él sigue ahí. Una vez que sabes eso, tienes la libertad de descansar.
Esta verdad es cierta, no importa si lo sientes o no. De hecho, es por eso que tienes libertad para sentirlo.
La ansiedad te dice que tienes que asegurar tu futuro. La ansiedad por tu ansiedad te dice que también tienes que asegurar tu vida interior. La preocupación por tu ansiedad quiere que oigas la voz de Jesús como exasperada y enfadada: ¡Basta ya! Sin embargo, lo que la voz de Jesús realmente está diciendo es: Puedes descansar. Estoy aquí.
Russell Moore es editor general y columnista de Christianity Today, así como presentador del pódcast semanal The Russell Moore Show de CT Media.