Cuando estaba estudiando en la universidad, mis abuelos me mostraron una habitación de su casa a la que llamaban su «cuarto de oración». Allí había una Biblia grande y un reclinatorio acolchado para que pudieran orar sobre sus rodillas ya mayores sin demasiada incomodidad. Recuerdo que me pareció extraño que eligieran orar en una postura tan incómoda. Para mí, que había crecido en una familia evangélica, la oración diaria era sinónimo de un sillón grande y cómodo y una taza de café.
Desde entonces, me he dado cuenta de que todos esos años de orar de la forma que mejor me pareciera hicieron que mi fe creciera en una dirección terapéutica. Mi devoción a Dios era, al menos en parte, una devoción a mí misma y a mi comodidad. Ahora creo que arrodillarse —así como otras formas menos cómodas de orar— no solo es apropiado, sino también importante. Estas formas menos cómodas nos enseñan algo esencial sobre Aquel a quien oramos y las formas en que estamos llamados a relacionarnos con Él. La oración no se trata solo de intimidad. También se trata de reverencia.
En términos teológicos, el Evangelio nos muestra a un Dios que es a la vez trascendente y accesible: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros» (Juan 1:1, 14, NVI). La tradición protestante siempre ha defendido la accesibilidad de Dios.
Los primeros cristianos de la Reforma y sus antepasados asumieron grandes riesgos para traducir la Biblia y la liturgia de la iglesia al lenguaje común para que la gente pudiera escuchar y hablar con Dios en palabras que entendieran. Dios se ha acercado a nosotros, tan cerca que podemos escucharlo en lo que los misioneros llaman la «lengua del corazón». Por su humildad, nos encontramos con un Dios que se ha hecho como nosotros para que podamos conocerlo.
Sin embargo, el hecho que Dios desee ser accesible no cambia la realidad de que sigue siendo Dios. Él sigue siendo trascendente: santo y totalmente distinto a todo lo creado. Podemos acercarnos «confiadamente al trono de la gracia» (Hebreos 4:16), pero sigue siendo un trono. Cuando enfatizamos la cercanía de Dios, muchos evangélicos protestantes hemos perdido de vista la trascendencia de Dios. Hemos perdido nuestra percepción de reverencia.
Cuando no sentimos reverencia hacia Dios, quien es digno de nuestra adoración —por muy incómoda que pueda ser esa adoración—, también perdemos nuestro sentido de asombro ante su disposición a condescender y acercarse. El Evangelio es un escándalo precisamente porque un Dios santo eligió habitar entre nosotros. Y nuestra comunión con Él nunca anulará nuestra reverencia hacia Él. Incluso después de que Él enjugue toda lágrima de nuestros ojos, seguiremos siendo siervos que adoramos alrededor de su trono (Apocalipsis 21:4; 22:3).
Desde una perspectiva histórica, el énfasis en la cercanía y accesibilidad de Dios fue una corrección necesaria en una época en la que la devoción cristiana a menudo se caracterizaba por la culpa y el temor (véase, por ejemplo, A History of the Church in England, de J.R.H. Moorman). Los cristianos de todas las tradiciones eclesiásticas se han beneficiado de una apreciación creciente de la intimidad que se nos ofrece en el Evangelio de la gracia. No obstante, en una cultura actual cada vez más caracterizada por la definición casual y subjetiva de las cosas y por el pragmatismo terapéutico, necesitamos examinar y corregir nuestra percepción de la reverencia hacia un Dios trascendente.
Como milenial que creció en la iglesia, sé que Jesús es mi amigo. Lo que a veces olvido es que también es mi Señor. Recuperar algunas de las prácticas históricas de la devoción cristiana, como arrodillarme para orar, sentarme en silencio e incluso ayunar, me ha ayudado a recordar esa verdad.
Abrazar la reverencia como un aspecto vital de nuestra fe nos forma como discípulos de un Dios santo. Pero también tiene un valor en las misiones. En muchas partes del mundo, los creyentes recién convertidos de otras religiones tienen la expectativa de que el culto incluya expresiones de deferencia y honor. Recientemente escuché al director de una agencia misionera explicar que su propia vida espiritual cambió cuando algunos cristianos de un contexto musulmán le dijeron que querían orar de formas que reconocieran visiblemente la santidad de Dios. «Cuando se convirtieron a la fe cristiana», dijo el líder misionero, «los guié en la adoración como yo había aprendido en mi iglesia en las casas: cómodos en un sofá. Sentían que esto no manifestaba suficiente reverencia hacia un Dios todopoderoso».
Algo similar está ocurriendo incluso en Occidente. Aunque los datos no ofrecen estadísticas claras, el número de conversaciones sobre el interés de las generaciones más jóvenes por las tradiciones litúrgicas de la iglesia —donde los feligreses practican el silencio, la confesión, la postración, el ayuno y otras disciplinas— indica que la gente tiene cada vez más hambre de trascendencia. En un mundo saturado de celebridades y de la búsqueda de la autorrealización, queremos arrodillarnos ante el misterio.
Este misterio, por supuesto, no pertenece a una sola tradición eclesiástica o denominación. Todos los cristianos adoran al Dios santo que se acercó a la humanidad. Y practicar la reverencia puede adoptar muchas formas, algunas de las cuales están condicionadas por la cultura y no son mandamientos bíblicos. En el Sur de los Estados Unidos, donde crecí, incluso los hombres que no asistían a la iglesia solían quitarse el sombrero antes de una oración. Aunque esta interpretación de 1 Corintios 11 es algo anticuada, le enseñó a una generación que la oración es algo especial. ¿Cómo estamos transmitiendo eso en la actualidad? ¿Cómo puedo enseñarles a mis hijos pequeños a sentirse cómodos hablando con Dios, pero también a practicar la reverencia en la conversación con Él? Estas son preguntas importantes porque la forma en que oramos refleja y da forma a lo que creemos.
No obstante, son preguntas que las familias, las congregaciones y los líderes eclesiásticos pueden explorar con curiosidad, no con condena. El Evangelio nos brinda la oportunidad de seguir aprendiendo y creciendo en nuestra devoción al Dios trascendente y accesible. Afortunadamente, contamos con siglos de historia del cristianismo que nos ayudan a aprender. Lo que para mí comenzó como algo extraño que hacía mi abuelo —un bautista que se arrodillaba para orar— continuó como un viaje de descubrimiento de las riquezas de las antiguas prácticas de la iglesia que han profundizado y fortalecido mi vida de oración.
Por otra parte, la intuición de nuestros cuerpos también puede ayudarnos. Lo que muchas de estas antiguas prácticas de oración nos enseñan es que el lenguaje corporal importa y es intuitivo. Incluso cuando no usemos un reclinatorio o recitemos oraciones litúrgicas, podemos imaginar a Jesús presente en la habitación y preguntarnos qué postura sería adecuada ante su presencia.
Mi hija de cuatro años probablemente podría seguir este ejercicio imaginativo. En la iglesia, ella ve a los adultos arrodillarse, levantarse y alzar las manos. A veces hace lo mismo que los adultos. Otras veces, en cambio, cuando se acerca para recibir una bendición durante la Comunión, a menudo también abraza al pastor (su papá). Para mí, esta actitud es una imagen de la devoción cristiana: arrodillarse y recibir un abrazo. Necesitamos ambas posturas para comprender la historia completa.
Hannah Miller King es rectora adjunta de la iglesia anglicana The Vine en el oeste de Carolina del Norte, y autora de Feasting on Hope: How God Sets a Table in the Wilderness.