En su nuevo libro, el misionólogo Darrell Whiteman cuenta una esclarecedora historia sobre un misionero que había estado predicando en una comunidad. Sin darse cuenta, el misionero había ofendido a la gente al llevar zapatos caros en un lugar donde la gente no podía permitirse ningún tipo de calzado. Para Whiteman, esta anécdota ilustra lo mucho que los misioneros tienen que aprender —y cuántas presunciones necesitan abandonar— para llevar el Evangelio a personas de otras culturas.
El libro de Whiteman, Cruzando culturas con el Evangelio: Sabiduría antropológica para un testimonio cristiano efectivo, desafía a sus lectores —y a los misioneros en particular— a reconocer el posible etnocentrismo en sus perspectivas, ya que puede distorsionar e impedir su capacidad para comunicarse bien a través de las fronteras culturales. Como Whiteman explica, cada cultura tiene sus propias formas de entender y afrontar los problemas de la vida. Todos entendemos las verdades bíblicas de maneras que nos parecen naturales en nuestras propias culturas, pero que tal vez no son naturales para personas que han crecido en otras culturas.
En cada comunidad, las formas tradicionales de comunicación e interacción se desarrollan con el tiempo y dan lugar a costumbres únicas. Cada comunidad tiene su propia forma de percibir y entender el pasado, sus propias tradiciones de lealtad y obligación, sus propias normas de cortesía y sus propias concepciones de la virtud y el honor. Whiteman argumenta que, si los misioneros quieren comunicarse con personas que han crecido en otras culturas, deben dejar de lado sus propios prejuicios y convenciones culturales, y comprometerse a adquirir conocimientos sobre costumbres y formas de pensar distintas.
Observar, escuchar y hacer preguntas
El objetivo de la tarea misionera, como nos recuerda Whiteman, es insertar el mensaje universal del Evangelio «en el corazón mismo de una cultura». Como él observa, «a menos que el Evangelio tenga una conexión profunda con la cultura de las personas, no se producirá una gran transformación».
Además, si el Evangelio no tiene sentido dentro de una comunidad en particular, es muy posible que las personas lo distorsionen para adaptarlo a sus propias presuposiciones. Whiteman recuerda una comunidad de la provincia de Madang, en Papúa Nueva Guinea, cuyos miembros escucharon el Evangelio que les predicaron los misioneros y lo convirtieron en la afirmación de que, después de haber sido bautizados, bendecidos por un pastor y haber llevado una vida buena, sus espíritus abandonarían sus cuerpos y subirían al cielo tres días después de morir. Incluso dejando de lado tergiversaciones tan extremas, es probable que un mensaje mal entendido se considere irrelevante, aburrido o sin importancia. Desafortunadamente, dice Whiteman, «rara vez [el Evangelio] es escuchado y percibido como una buena noticia».
Fueron sus experiencias de primera mano las que llevaron a Whiteman a convencerse de que los misioneros necesitan una mejor formación sobre la comunicación dentro de otras culturas. Después de vivir dos años con misioneros en la República Democrática del Congo, se dio cuenta de que tenían poco conocimiento sobre cómo el Evangelio estaba llegando a la comunidad local. Para él, esto puso de relieve que la preparación para el servicio misionero debía incluir formación en comunicación transcultural.
Algunas personas, señala, pasan años tomando cursos de Biblia y teología, pero estos estudios solo los preparan de forma parcial para transmitir el Evangelio a otros pueblos. Aprenden a interpretar pasajes bíblicos, pero no están preparados para interpretar las situaciones que encontrarán en una comunidad desconocida.
Antes de mudarse con su esposa a las Islas Salomón y Papúa Nueva Guinea, Whiteman completó un doctorado en antropología. Después de servir en el extranjero durante varios años, se unió al cuerpo docente del Seminario Teológico Asbury y, tiempo después, se convirtió en decano de la E. Stanley Jones School World Mission and Ministry, puesto que ocupó durante 21 años. Además de sus funciones en el seminario, Whiteman trabajó con muchas organizaciones para ayudar a candidatos que aspiraban a ser misioneros a aprender a comunicarse con personas de otras culturas. Ha viajado a 78 países a fin de enseñar a misioneros e iglesias a transmitir el Evangelio a través de las fronteras culturales.
Cualquiera que quiera hacer esto bien, dice Whiteman, debe ser consciente de los mensajes que inevitablemente transmitimos incluso sin pronunciar una sola palabra. Como él mismo escribe: «La mayor parte de la evangelización es lo que se dice de forma no verbal. El tono de nuestra voz, nuestro estilo de vida y nuestro comportamiento comunican mucha información». De hecho, lo que la población local ve y oye en el comportamiento de los visitantes puede influir en su deseo de conocerlos o aprender de ellos.
Entonces, ¿cómo pueden los misioneros transmitir una profunda percepción del amor de Dios y asegurarse de que llegue de forma eficaz a las personas a las que desean alcanzar? Whiteman recomienda un método práctico que consiste en observar, escuchar y hacer preguntas.
Por ejemplo, describe una forma en la que llegó a conocer algunas de las creencias sobre los espíritus que tenía la gente de su comunidad en las Islas Salomón. Un amigo había venido a visitarlo y, cuando estaba por irse, dijo: «Creo que ya puedo volver a casa sin peligro». Cuando le preguntó por qué, el amigo le explicó que venía de haber pasado tiempo entre los arbustos, donde se le habían adherido espíritus malignos. Había pasado a visitarlo para permitir que los espíritus se disiparan antes de ir a casa, donde tenía un hijo recién nacido al que quería proteger de sus ataques.
Fundamentalmente, la tarea transcultural requiere seguir el ejemplo de Cristo, quien, al hacerse hombre, se permitió aprender las convenciones culturales de una comunidad judía del primer siglo. «La encarnación», escribe Whiteman, «es más que una importante doctrina teológica sobre Dios haciéndose humano. También es un modelo para el ministerio transcultural. Ser encarnacional significa vaciarnos de nuestro orgullo, prejuicios, intereses propios, ambiciones y estilo de vida para entrar profundamente en el mundo de otra cultura. La encarnación significa a menudo movilidad descendente».
Algunos misioneros, lamenta Whiteman, nunca llegan a hacer esta transición. Da el ejemplo de un misionero al que no le gustaba la comida de las personas a las que se suponía que debía alcanzar, lo que limitó sus posibilidades de cumplir con su objetivo. Sin darse cuenta, los misioneros pueden ofender a las comunidades que los acogen cuando infringen sus concepciones de lo que es un comportamiento correcto. Por ejemplo, un misionero ofendió a sus vecinos al hablar con su perro. Ellos creían que los seres humanos solo deben hablar con otros seres humanos, y se preguntaban qué tipo de relación tenía este hombre con el perro.
Una segunda conversión
De hecho, argumenta Whiteman, el compromiso con la evangelización encarnada requiere una «segunda conversión». Más allá de su conversión a Cristo, los misioneros necesitan experimentar una «purificación de suposiciones innecesarias sobre el Evangelio y la forma en que debe ser comunicado».
Eso requiere trabajo y tiempo. Whiteman relata la historia de un misionero que vivió en una comunidad de Bangladesh durante 18 años antes de sentir que la entendía lo suficientemente bien como para hacer que el Evangelio resultara atractivo para su gente.
Whiteman explica el ideal de una «segunda conversión» de esta manera:
Tomamos nuestra comprensión del Evangelio, aun con las formas condicionadas por nuestra cultura, y desarrollamos una relación con personas que son diferentes a nosotros en su cultura. Intentamos leer la Biblia a través de sus ojos y comprenderla e interpretarla desde la perspectiva de su cosmovisión, no desde la nuestra. Cuando esto comienza a suceder, ya no hay una flecha unidireccional que apunta del comunicador misionero al receptor no cristiano. Ahora las flechas van en ambas direcciones, porque el misionero aprenderá muchas cosas nuevas sobre Dios cuando vea la vida a través de la lente de la cultura que lo acoge [traducción propia].
Según Whiteman, la humildad es esencial para esta segunda conversión. Los misioneros pueden llegar a apreciar las experiencias y las perspectivas de los demás entablando un diálogo con ellos. A medida que desarrollan amistades, pueden familiarizarse con nuevas formas de pensar y, sobre todo, descubrir cómo otras personas ven a Dios en sus mundos. Como declaró Pablo, Dios no ha dejado de dar testimonio de sí mismo en ninguna sociedad (Hechos 14:17).
Whiteman describe la carrera de un misionero alemán que vio «la imagen de Dios en el pueblo tamil» del sur de la India y buscó «guiarlos hacia un conocimiento más completo de Dios tal como se revela en Jesús». La forma en que la huella de Dios ya existe entre un pueblo puede ser un punto de partida para explicar el Evangelio. Pablo, en su discurso en el Areópago, presentó a Cristo como el Dios desconocido que los atenienses ya habían estado adorando (Hechos 17:22–31).
El libro también menciona a un misionero en Nigeria que aprendió una lección importante de un anciano local sobre cómo se percibía su ministerio. Cuando el misionero se regocijó porque Dios lo había enviado a esta comunidad, el anciano respondió: «Nos alegra que hayas venido, pero es nuestro dios igbo Chukwu quien te ha enviado para que podamos aprender más sobre Dios, ahora que nos has hablado de Jesús». Whiteman escribe que Dios ya tiene un testigo en cada cultura «en cada periodo de la historia humana». Esto hace que el proyecto misionero sea emocionante y alentador. Cuando vemos cómo el Evangelio cobra sentido para otro pueblo, «aprendemos más sobre lo que Dios está haciendo en el mundo».
Whiteman destaca que, al final, el medio fundamental para cruzar todas estas fronteras es la amistad. Los malos entendidos en la comunicación son inevitables cuando personas de diferentes culturas interactúan entre sí; sin embargo, como dice Pedro, «el amor cubre muchísimos pecados» (1 Pedro 4:8). Los desaciertos, los errores y los malentendidos no tienen por qué arruinar una relación si las personas se caen bien y disfrutan de la compañía mutua. No hay sustituto, concluye Whiteman, para la bondad, el respeto y el amor, cualidades del Salvador que nos comisionó con la empresa misionera.
Robert Canfield es profesor emérito de antropología en la Universidad de Washington en St. Louis.