La primera frase de las Escrituras revela una verdad que se mantiene constante a lo largo de toda la historia de la narrativa bíblica: la luz vencerá a la oscuridad.
Al abrir las páginas de nuestro libro sagrado, rápidamente nos encontramos con el tema admirable de la iluminación. En la nada vacía, Dios crea el cosmos con sus billones de estrellas fulgurantes, lunas y luces celestiales que iluminan lo que antes de la palabra de Dios era oscuridad. La creación inaugura una economía de luz en la que la oscuridad no tendrá la última palabra, y este tema se mantiene constante a lo largo de la historia.
Vemos a la luz vencer a la oscuridad cuando Dios está presente con su pueblo como una columna de fuego que ilumina el camino en la noche (Éxodo 13:21–22). En los Salmos, vemos que tanto Dios como su Palabra alumbran, como declara el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?» (27:1) y «Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero» (119:105). En el Nuevo Pacto, el tema de la luz se desarrolla cuando Juan escribe sobre el Cristo encarnado: «En él estaba la vida y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en la oscuridad y la oscuridad no ha podido apagarla» (Juan 1:4–5). Aun todos los que siguen a este Cristo encarnado que alumbra son llamados «la luz del mundo» (Mateo 5:14–16).
Estos son solo algunos pasajes en los que Dios enfatiza el poder de la luz sobre las tinieblas.
Toda esta belleza que encontramos en la luz, desde las estrellas fulgurantes hasta la luz de la Palabra de Dios, representa una noticia gloriosa; sin embargo, las buenas nuevas de la luz de Dios no se detienen ahí. Todos estos ejemplos de Dios obrando para que su luz alumbre están «allá afuera». Hay una distancia entre nosotros y ellos. El hecho de que Dios haya creado a las estrellas refulgentes es maravilloso más allá de toda descripción, pero muchas veces la obra de alumbrar no es más necesaria «allá afuera», sino «aquí adentro».
Para muchos de nosotros, la oscuridad permanece en las grietas de nuestra alma, manifestándose como un bucle vicioso de autodegradación. Es un coro que se repite sin parar desde lo más profundo de mi ser y me recuerda que tengo una naturaleza caída, que soy indigno y, muy a menudo, que no hay nada en mí digno de recibir amor. Para muchos de nosotros, el evangelio es una realidad verdadera, presente e incluso hermosa en la que no tenemos ningún problema en creer acerca de los demás. Creo que nadie está fuera del alcance del poder purificador del evangelio. Creo que Dios no solo te ama, sino que incluso se deleita en ti. Creo que, en Cristo, no eres un hijastro no deseado, sino un heredero adoptado y querido, con acceso directo a tu Padre, que nunca te rechazará. Y, a menudo, puedo creer estas realidades para ti, pero la oscuridad interior me dificulta ver cómo cualquiera de ellas puede ser cierta para mí. Esto no es humildad; es una perversa humillación interior en la que a veces siento que la oscuridad puede tener la última palabra en mi diálogo interno y mi odio hacia mí mismo.
Sin embargo, la obra de Dios para hacer que su luz brille no se limita al cosmos, por grande que este sea. Aunque a veces puede ser difícil de creer, Dios ilumina no solo el cielo con estrellas fulgurantes en la creación, sino también los rincones oscuros de nuestras almas. En la belleza del evangelio, que expulsa la oscuridad, escuchamos la promesa de 1 Juan 3:20 de que «aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo».La obra de Dios de hacer que su luz brille puede ser como fuegos artificiales que iluminan el cielo y dan luz a todos los que miran hacia arriba. Sin embargo, para todos los que tenemos una voz interior aterradora, a veces el evangelio de luz es por sobre otras cosas más parecido a un cirujano que utiliza el bisturí de la vida, la muerte y la resurrección victoriosa de Cristo para operar en la oscuridad interior, en las grietas del alma. Dios alcanza incluso esos lugares que pensábamos que eran irremediables, imposibles de amar y tal vez imposibles de encontrar, y trae resurrección donde antes había muerte.
Ronni Kurtz es profesor adjunto de Teología Sistemática en Midwestern Baptist Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos Fruitful Theology: How the Life of the Mind Leads to the Life of the Soul (publicado en español como La teología fructífera: Cómo la vida de la mente conduce a la vida del alma) y Light Unapproachable: Divine Incomprehensibility and the Task of Theology.