Aquellos que nos colman de elogios no siempre tienen en mente lo mejor para nosotros. «Las palabras son galas para el viento», como advirtió William Shakespeare en la última entrada de una colección de 20 poemas, mientras que «la amistad difícil de encontrar». La amistad debe ponerse a prueba, aconsejó, a través de la pérdida y la mala suerte:
El amigo leal y verdadero
es oportuno siempre en su socorro,
llorará con sus ojos tu tristeza
y celará tu sueño en duermevela.Y en la pena que tenga el corazón
soportará la parte que más duela.
Estas señales, ciertas, nos distinguen,
quien es amigo fiel y quien te adula.
Esta idea refleja fielmente la sabiduría de Proverbios 29:5, que dice: «El que adula a su prójimo le tiende una trampa ante sus pies». Las personas que buscan manipular a los demás suelen empezar con elogios exagerados y expresiones de admiración. El vendedor sin escrúpulos nos dirá lo inteligentes que somos y lo bien vestidos que estamos justo antes de vendernos un coche con un interés muy alto. Nos gustan los superlativos, pero pueden desviarnos de la verdad o cegarnos ante el engaño.
Quizás seamos más susceptibles a la manipulación cuando otros apelan de manera halagadora a nuestras identidades grupales. Por eso los políticos complacen a sus bases demográficas. Nuestros oídos se llenan de orgullo al escuchar lo extraordinarios que somos nosotros y nuestra gente, y los elogios falsos pueden convertirse en una forma barata para que los líderes fabriquen conexiones y ganen nuestra lealtad [enlaces en inglés].
En una sociedad polarizada y obsesionada con la identidad, las palabras exaltadas sobre nuestra identidad nacional, nuestra raza o nuestro género proporcionan un rápido impulso al ego, incluso si los elogios no son sinceros. A veces sentimos que nuestros grupos no han sido escuchados en el pasado, y a veces eso es cierto. Es comprensible que la afirmación se sienta bien. Pero, ¿qué hay detrás de esta gloria superficial?
Sin duda, estos aspectos de nuestra identidad son importantes y reconocidos por Dios (Apocalipsis 7:9). Dios ha dotado a diferentes grupos con perspectivas únicas y nos utiliza con nuestras diferencias en color de piel, ubicaciones sociales y capacidades físicas para servir a su plan definitivo.
Miremos la historia de la mujer samaritana junto al pozo. Jesús rompe con la tradición para conversar con ella, y ella se convierte en una de las primeras evangelistas (Juan 4:1-24). No podríamos comprender plenamente el significado de esta historia si ignoráramos el origen étnico y la situación social y económica de esta mujer. No podríamos comprender plenamente la lección sobre la gracia de Jesús y su ministerio transformador si la convertimos en una abstracción sin cultura y sin género. Su identidad desempeñó un papel significativo en el mensaje de Dios para nosotros.
La identidad importa. Es una parte significativa del punto de vista desde el que vemos a Dios. Pero también puede llevarnos a cometer errores teológicos. En otras palabras, los cristianos no tienen que afirmar que son daltónicos, pero tampoco podemos dejar que nuestras identidades nos lleven a exagerar la importancia de nuestros grupos hasta el punto de la autoexaltación.
La adulación suele desempeñar un papel importante en este sentido, ya que la adulación es tan traicionera en la teología como lo es en la amistad. Las teologías que se centran en nuestras identidades grupales y se complacen en ellas no son fieles a Cristo. Nos llevan a la trampa de la idolatría de la identidad, que descentra a Cristo y menosprecia a nuestros vecinos.
Muchos nos hemos encontrado con teologías aduladoras que en realidad nos alejan del verdadero evangelio. Por ejemplo, el nacionalismo cristiano de Mike Huckabee entrelaza tan estrechamente a Dios y a los Estados Unidos que es difícil descifrar a cuál de los dos realmente adora Huckabee. Parece presentar a Estados Unidos como la obra pura y sin mancha de las manos de Dios. Esta teología halaga a sus seguidores dándoles un sentido de superioridad a través de la identidad nacional. Sugiere que su cultura es el estándar por el cual se juzga a los demás, haciendo un mal uso del evangelio y distorsionándolo para encubrir los pecados de Estados Unidos y disminuir las contribuciones de los extranjeros.
Y la tentación de centrar nuestras identidades en nuestra teología no es menor para los grupos que históricamente han sido degradados de manera profunda y sistémica. Pero tal vez sea más complicado. Cuando tu sociedad, incluida la iglesia, ha pasado siglos caracterizando a tu pueblo como inherentemente inferior o particularmente inmoral ante Dios, el daño es devastador. Debemos hacer grandes y deliberados esfuerzos para reparar la autoimagen colectiva de la comunidad.
Por consiguiente, es imperativo que los teólogos y los líderes eclesiásticos descubran y celebren la cercanía de Jesús con las personas marginadas. En el contexto estadounidense, es bueno y necesario destacar el papel especial que las mujeres y las personas no blancas desempeñan en la Biblia y en la historia de la iglesia. Hacer hincapié en la imagen de Dios en nosotros y en su relación con nosotros puede ayudar a restaurar una lente teológica fracturada y redimir nuestra autopercepción. La iglesia no debe temer los esfuerzos bíblicamente sólidos para elevar a las personas que históricamente han sido menospreciadas.
Dicho esto, estos esfuerzos pueden excederse y conducir también a la idolatría de la identidad. Para contrarrestar el racismo estadounidense, por ejemplo, el movimiento Five Percent Nation declaró que los hombres negros son dioses. Y aunque las teologías cristianas basadas en la identidad no reclaman la divinidad, pueden conducir a una autoalabanza excesiva o incluso sugerir que Dios apoya lo que deberíamos entender como pecado.
Cuando formamos parte de un grupo que ha sufrido una larga historia de críticas perniciosas, puede ser fácil creer que cualquier crítica es perniciosa. Podemos empezar a defendernos más a nosotros mismos que a defender el evangelio. Bajo la influencia de la idolatría de la identidad, empezamos a preguntarnos: «¿Apoya esto mi narrativa de identidad?», en lugar de «¿Es esto cierto?». Algunos teólogos de la tradición feminista, por ejemplo, han utilizado la identidad para socavar la autoridad de las Escrituras.
Conseguir elevar la autoestima de un pueblo y a la vez mantener su sentido de la humildad es un equilibrio delicado. Ya sea por resiliencia o por orgullo, podemos pasar de la vergüenza a la arrogancia con bastante rapidez. El evangelio no permite esta corrección excesiva, porque, si bien la imagen de Dios nos dignifica, el reconocimiento de nuestra naturaleza pecaminosa debe hacernos humildes.
Ese equilibrio entre dignidad y humildad debería alejarnos de la adulación y acercarnos a una verdad más compleja. El nacionalista cristiano debe comprender que la influencia cristiana en la fundación de Estados Unidos no significa que Dios apruebe todas nuestras conquistas militares. Los predicadores no pueden pasar por alto la mala teología de otras personas, aunque estas compartan su herencia racial. Y aunque algunos han demonizado deshonestamente la sexualidad femenina, las feministas deben evitar reaccionar afirmando que la sexualidad no tiene límites bíblicos.
No estoy diciendo que el nacionalismo cristiano y el feminismo sean moralmente equivalentes, por supuesto. Pero pueden violar el mismo principio en mayor o menor medida. La idolatría de la identidad puede ser tentadora para cualquiera de nosotros, incluso con las mejores intenciones. La Biblia nos reprende a todos, castigando a las naciones opresoras, a los hombres y mujeres promiscuos, y a los creyentes intolerantes por igual (Amós 1-5; Génesis 19; Gálatas 2:11-13).
La interacción de la mujer samaritana con Jesús reveló su dignidad y valor en su reino, y también la dignidad y el valor de su pueblo. Jesús utilizó este encuentro para declarar que, a través de la fe, aquellos que han soportado generaciones de degradación pueden encontrar significado, propósito y amor en Él. Su sufrimiento y humildad son en realidad propicios para el discipulado (Mateo 5:3).
Pero imagina lo diferente que habría sido la historia si ella hubiera reclamado algún estatus de preeminencia delante de Cristo basándose en el nacionalismo samaritano, o hubiera declarado que su pecaminosa situación de vivir con un hombre fuera del matrimonio estaba de alguna manera justificada por su condición de mujer (Juan 4:17-18). Antes bien, Jesús la confrontó con sus malas acciones a la vez que afirmó su dignidad.
Debemos sospechar de cualquier teología que nos exalte por encima de lo razonable. Todos somos seres humanos quebrantados, individual y colectivamente, y algunas de nuestras inclinaciones y preferencias culturales son pecaminosas. Una teología centrada en la identidad puede ser cómoda, pero nos seducirá hacia la autojustificación, la autoadulación y la vanidad, en lugar de impulsarnos a morir a nosotros mismos (Lucas 14:27; Romanos 6:6; 8:13). Nuestras identidades no son un obstáculo para el evangelio, pero tampoco nos hacen inmunes a la reprensión.
Justin Giboney es ministro ordenado, abogado y presidente de And Campaign, una organización cívica cristiana. Es autor del próximo libro Don’t Let Nobody Turn You Around: How the Black Church’s Public Witness Leads Us out of the Culture War.