En mis clases con estudiantes universitarios evangélicos sobre los aspectos prácticos de la comunión, suelo comenzar con Jesús y los discípulos en la Última Cena, porque esa escena plantea algunas preguntas muy directas. Les pregunto: ¿Debemos obedecer a Jesús? ¿Debemos celebrar la cena tal y como Él la instituyó? ¿Debemos hacer lo que Él dijo? ¿Debemos usar lo que Él usó, comer lo que Él comió y beber lo que Él bebió?
Obviamente, responden. Pero luego se dan cuenta de algo. Pensándolo bien, sus iglesias no lo hacen. Y se dan cuenta de que no pueden explicar por qué.
Algunas de sus iglesias les han enseñado que los elementos de la comunión no importan en absoluto: unas galletitas saladas y un jugo envasado dan lo mismo que cualquier otra cosa. Lo que tengas a mano sirve. ¿Por qué ser tan legalista? A Dios no le importa. Lo que cuenta es la intención de tu corazón.
Los confinamientos impuestos por la pandemia de COVID-19 agravaron esta actitud. Mientras que la mayoría de las iglesias se abstenían de celebrar la Cena del Señor si no podían reunirse, algunas animaban a las familias e incluso a los individuos a servirse la cena en casa. Más allá de las cuestiones de solemnidad espiritual, ritual comunitario o autoridad pastoral, la cuestión práctica de qué alimentos usar para la Santa Cena se resolvió con «lo que hubiera en la nevera y en la despensa». Sospecho que las ideas que muchos jóvenes se formaron sobre la comunión durante ese tiempo fueron bastante firmes… y no precisamente para bien.
Años después de la pandemia, una vez superadas esas circunstancias inusuales, la comunión vuelve a ser un tema del que se habla poco en muchos círculos cristianos. Quizá sea porque, en ciertos aspectos, es uno de los pocos puntos de relativa unidad cristiana. Discrepamos en tantas cosas que siempre es una alegría poder decir que «todos los cristianos están de acuerdo» en lo que sea. Sin embargo, en lo que respecta a los sacramentos, afortunadamente, todos los cristianos están de acuerdo en tres cosas importantes:
En primer lugar, aunque no nos ponemos de acuerdo sobre si hay más de dos sacramentos, todos los cristianos coinciden en que no hay menos de dos: el bautismo y la comunión. Y si pones un poco de presión, los católicos, los ortodoxos y los cristianos de otras tradiciones de la «alta iglesia» suelen admitir que estos dos son los más importantes.
Segundo, todos los cristianos están de acuerdo en que el propio Jesús instituyó tanto la comunión como el bautismo, e instruyó a sus seguidores que siguieran practicándolos hasta su regreso del cielo.
Y tercero, todos los cristianos están de acuerdo en que la iglesia debe celebrar el bautismo y la comunión de acuerdo con la voluntad de Dios, partiendo de las propias palabras de Jesús en los Evangelios, antes de recurrir a la enseñanza y la práctica de los apóstoles en el resto del Nuevo Testamento.
Ahora bien, es cierto que he exagerado un poco. Algunos cuáqueros no celebran la comunión; los bautistas evitan la palabra «sacramento»; y muchas tradiciones siguen negando la validez de la práctica de la comunión, el bautismo o ambos por parte de otros grupos cristianos. Seguimos divididos, incluso en esto. No quiero pasar eso por alto.
No obstante, vale la pena buscar la unidad cristiana. El año pasado escribí un artículo para CT en el que pedía a los evangélicos y a otros protestantes que adoptaran una visión más elevada del bautismo: de su necesidad, su eficacia y su poder. Quería presentar los argumentos más sólidos posibles, en primer lugar, por que creo que es la propia enseñanza de las Escrituras, pero, en segundo lugar, para unir a los cristianos divididos. Lo que no abordé fue la práctica del bautismo, evitando por completo la cuestión de si se debe rociar a los bebés o sumergir a los adultos.
Aquí quiero hacer algo similar con la comunión, pero al revés. Es decir, en lugar de hablar de la doctrina de la comunión, me gustaría abordar su práctica. Quiero mostrarte que, independientemente de lo que entendamos que ocurre con los alimentos durante la Cena del Señor, nuestra práctica puede coincidir.
Hay mucho que discutir aquí, sobre todo la frecuencia con la que se celebra la Cena, así como su lugar y su importancia en el culto. Pero me limitaré a una sola pregunta práctica: ¿Qué debemos comer y beber? Aunque esto pueda parecer un asunto menor, espero convencerte de que no lo es en absoluto.
Empecemos en el Aposento Alto, en la Última Cena de Jesús, apenas unas horas antes de que Judas lo traicionara (Lucas 22:12; 1 Corintios 11:23). No hay duda de que, cuando Jesús instituyó lo que llamamos la Cena del Señor, Él y sus discípulos compartieron vino y pan sin levadura (Marcos 14:12–25).
Al fin y al cabo, no se trataba solo de una cena de Pascua, sino también de la Fiesta de los Panes sin Levadura (Marcos 14: 1; Lucas 22:1), y según la Ley de Moisés: «Todo el que coma algo con levadura desde el día primero hasta el séptimo será eliminado de Israel» (Éxodo 12:15, NVI).
Además, Jesús se refiere a haber bebido «el fruto de la vid» (Marcos 14:25), y esta es una forma bíblica abreviada de referirse al vino (Números 18:12; Deuteronomio 18:4; 28:30; Josué 24:13; Zacarías 8:12).
Sin duda, la mayoría de las iglesias no son tan informales con los elementos como aquellas que permitían tomar galletitas saladas en casa en 2020. Usan pan sin levadura, generalmente algún tipo de oblea. Pero eso es solo la mitad de la cena. La otra mitad es el problema: no usan vino. Esta es la piedrecita sacramental en el zapato evangélico.
Es cierto que la mayoría de los cristianos del mundo, incluidos muchos protestantes, sí usan vino en la comunión. Eso incluye a algunos metodistas, muchos presbiterianos y a todos los luteranos y anglicanos, junto con los ortodoxos y los católicos. Los que no usan vino suelen ser evangélicos de la «iglesia baja»: bautistas, pentecostales, Iglesias de Cristo (mi propia tradición) y una variedad de creyentes no denominacionales. En lugar de vino, estos grupos suelen usar jugo de uva.
Mis alumnos suelen proceder de estas iglesias y nunca se han detenido a pensar en el jugo de uva. Así que les sorprende bastante darse cuenta, en primer lugar, de que no están siguiendo las instrucciones expresas de Jesús; y, en segundo lugar, de que se trata de un cambio radicalmente nuevo en la historia de la Iglesia que no tiene nada que ver con las divisiones derivadas de la Reforma.
Lejos de ser una cuestión bíblica o doctrinal, el uso del jugo de uva en la comunión fue introducido por el movimiento de la templanza [o abstencionismo] en los Estados Unidos. Esto fue posible gracias al propio Sr. Welch [fundador de la marca comercial de jugos Welch’s], un ministro metodista abstemio de finales del siglo XIX que fue pionero en un método para impedir el proceso de fermentación del jugo dulce extraído de las uvas. Esto permitió a los creyentes que deseaban abstenerse de beber alcohol hacerlo todos los días de la semana, incluidas las mañanas de los domingos.
Desde entonces, el jugo de uva, tanto como bebida diaria como sustituto del vino de la comunión, se hizo tremendamente popular, aquí en Estados Unidos y como producto de exportación al extranjero. Hay millones de cristianos en todo el mundo que ahora usan jugo de uva en la Cena del Señor porque los misioneros estadounidenses que llevaron el evangelio también trajeron una práctica cultural novedosa: un producto que no es fruto de una tradición cristiana de siglos, sino de un conflicto interno temporal surgido en Estados Unidos sobre si beber alcohol era compatible con seguir a Jesús.
Todo esto plantea una pregunta fundamental: si Jesús usó vino al instituir su Santa Cena, ¿es eso importante? ¿Le importaba a Jesús si lo que bebemos de la copa de la comunión está fermentado? ¿Le importa a Dios? Y si le importa, ¿por qué?
La mejor manera de abordar estas preguntas es considerar la naturaleza de los elementos como símbolos. Esto también es algo en lo que todos los cristianos están de acuerdo: sean lo que sean, el pan y el vino son símbolos, y lo que hacen los símbolos es simbolizar. Son señales o signos que buscan comunicar algo. Están cargados de significado. Son elocuentes sin palabras. En sí mismos, apuntan más allá de sí mismos. Son flechas inaudibles, que atraen tu mirada hacia lo que hay más allá de ellos.
Los símbolos funcionan por lo que son —y por lo que no son—. La forma y el color de una señal que dice «alto» no son algo secundario para su significado. El número de estrellas de una bandera no es casual. Y nunca he oído que alguien se haya bautizado en aceite, alquitrán u orina. El agua es un símbolo cargado de significado: es clara, limpia y pura. Y aunque es buena para lavarse, también sirve para ahogarse.
Estas reglas sobre los símbolos también se aplican a la comunión. El pan es sin levadura porque esta es la nueva cena de Pascua para el pueblo del nuevo pacto de Dios (Lucas 22:20). Jesús nos ha liberado del faraón del pecado, de la muerte y del diablo, y este es nuestro sustento para el camino, el que es a la vez el pan cocido a toda prisa (Éxodo 12:8, 33–34) y el maná del cielo en el desierto (Juan 6:25–59). Es el pan del nuevo y definitivo éxodo: el propio cuerpo del Señor partido por nosotros (Lucas 9:31; 1 Corintios 11:24). Por eso, 1 Corintios 5:8 (NBLA) nos dice: «¡celebremos la fiesta!».
Si el tipo de pan es tan significativo, sería extraño que el contenido de la copa fuera irrelevante. Pero sucede que las Escrituras tienen mucho que decir sobre el vino. De hecho, el vino está por todas partes en la Biblia. No suele prescribirse, como en 1 Timoteo 5:23, pero está en todas partes, tanto en las historias como en las profecías y en la teología. Quitarlo de la comunión es casi como quitar estos versículos: una Biblia de Jefferson sin alcohol.
Está Melquisedec, rey de Jerusalén y sacerdote de Dios, que saca pan y vino para compartir con Abram (Génesis 14:18)—un prototipo de Cristo en todos estos aspectos (Hebreos 5–7). Está el papel del vino en las libaciones ordenadas como ofrendas de bebida en la Ley (Levítico 23:13; Números 15:1–10). Está la promesa de Dios a los israelitas de que los bendecirá abundantemente cuando posean la tierra: «Te amará, te multiplicará y bendecirá el fruto de tu vientre, también el fruto de la tierra que juró a tus antepasados que te daría. Es decir, bendecirá el trigo, el vino y el aceite, las crías de tus ganados y los corderos de tus rebaños» (Deuteronomio 7:13).
En los Salmos y en los profetas, el lenguaje del vino —de las vides, los viñedos y los lagares— se convierte en un mundo simbólico en sí mismo. Dios usa el lenguaje del vino para hablar de Israel como su amado y para advertir de la ira y el juicio —o para hacer ambas cosas a la vez, como en Isaías 5:1–7. Un teólogo llega incluso a referirse a la extraordinaria «oino-teología» de la «tipología del vino» de la Biblia.
Cuando Jesús —no solo el maestro intérprete de las Escrituras, sino su propio autor— toma la copa en la Última Cena, se está basando en todo esto y mucho más. Y es crucial darse cuenta de que nada de esto es ajeno a nuestra propia cultura actual. No se trata simplemente de lo que significaba el vino «en los tiempos bíblicos».
Comparemos el simbolismo y significado del vino y del jugo de uva en nuestros tiempos. Uno significa la edad adulta, la madurez, la fiesta y la celebración. Es valioso y, como en el propio ministerio de Jesús (Juan 2:1–11), marca una ocasión como trascendental, significativa y memorable.
El jugo de uva nos hace pensar en los niños. La preadolescencia. Es lo que los padres y los profesores ofrecen a los niños pequeños como golosina en lugar de agua. Es barato y se produce en masa. Ningún adulto va a un restaurante y pide una copa de su mejor jugo de uva. Ningún hombre impresiona a una mujer en una cita comprándole una botella de jugo de uva. En una boda de abstemios puede que haya jugo de uva espumoso, pero incluso ahí el jugo necesita algo más para ser especial.
Bíblicamente, el jugo de uva no significa nada, salvo quizá su eventual transformación en vino, como se menciona en los votos de abstinencia nazareos que se encuentran en Números 6:1-4. Y culturalmente, significa algo peor que nada —suponiendo que queramos tomarnos en serio nuestra práctica de la Cena del Señor—. Y, sin embargo, para millones de cristianos, el jugo se ha convertido en un sustituto incuestionable del vino, uno de los símbolos más ricos en significado e importantes de toda la Escritura.
Jesús instituyó intencionalmente tanto el pan sin levadura como el vino, es decir, con un propósito. Son símbolos que, tanto en la Biblia como en la cultura, significan algo. Y si Jesús lo hizo a propósito, entonces sigue siendo su propósito ahora. No tenemos que preguntarnos cuál es la voluntad del Señor en esto. Su voluntad es que usemos lo que Él usó al instituir la Cena del Señor.
¿Y por qué no? No hay razones de peso a nivel general para que las iglesias sustituyan sistemáticamente el vino por jugo de uva en la comunión. Puede haber situaciones locales, personales o misioneras que planteen preguntas razonables sobre excepciones a la regla. Pero para que una excepción funcione, tiene que haber una regla. Y la regla es —o más bien, debería ser— el vino.
Hay aquí una ironía que no puede pasar desapercibida. El abstencionismo estricto y la abstinencia específica del vino como formas de piedad cristiana tienen sus raíces en el evangelicalismo estadounidense. Pero, como he escrito en CT, ese rigor generacional se ha relajado en las últimas décadas. Todos los evangélicos que conozco en Estados Unidos ahora beben, y también lo hacen sus padres, que antes se abstenían.
Sean cuales sean las virtudes de este cambio (y no quiero ser simplista sobre los inconvenientes, que son muy reales), ha creado una situación extraña en muchas iglesias. Los bancos de las iglesias evangélicas están llenos de creyentes adultos que beben vino en casa, pero no en la Cena del Señor. Hemos invertido por completo el siglo XIX: evitamos el alcohol solo los domingos.
Seguro que estamos de acuerdo en que, en la práctica, este es el peor de los mundos posibles. Al menos tenía cierto sentido que los cristianos que nunca bebían en casa también evitaran el vino en la iglesia. Pero la inconsistencia actual es simplemente insoportable.
Sea como fuere, las razones para reintroducir el vino en la práctica de la comunión no son en sí mismas prácticas, sino teológicas, bíblicas y eclesiales.
Usar vino en la Santa Cena pondría a nuestras iglesias en consonancia tanto con el resto de la iglesia global como con la tradición cristiana anterior al jugo de uva desarrollado por Welch. También las pondría en consonancia con el rico simbolismo de la Escritura sobre el fruto de la vid. Y, por último, las pondría en consonancia con —me atrevería a decir, en obediencia a— la enseñanza y la práctica de los apóstoles y del propio Señor Jesús.
No hay mejor razón que esa.
Brad East es profesor asociado de teología en la Universidad Cristiana Abilene. Es autor de cuatro libros, entre ellos La Iglesia: Una guía para el pueblo de Dios y Cartas a un futuro santo.