Como cristianos, ¿qué deberíamos pensar sobre Irán, país que las fuerzas estadounidenses e israelíes están atacando ahora con el objetivo declarado de derrocar su régimen islamista?
El sábado por la noche, el presidente Donald Trump anunció que el líder supremo iraní, el ayatola Jamenei, había muerto en un ataque, y los medios de comunicación estatales iraníes pronto lo confirmaron. Desde finales de diciembre, la dictadura iraní presuntamente ha matado a miles de manifestantes que se oponían al gobierno, lo que ha sido típico de su represivo régimen teocrático a lo largo de 47 años.
Conocido históricamente como Persia, Irán es una nación poco común que ha perdurado desde los tiempos bíblicos. Situada en la encrucijada del mundo, se encuentra en el golfo Pérsico, con Rusia al norte, Pakistán y Afganistán al este, Irak y Turquía al oeste y los ricos emiratos petroleros al sur.
Algunos recordarán la revolución iraní de 1979, en la que los seguidores islamistas del ayatola Ruhollah Jomeini derrocaron la monarquía que estaba aliada con Estados Unidos y que la CIA había ayudado a instaurar, y establecieron una sanguinaria dictadura teocrática dirigida por mulás. Desde entonces, la ideología reinante en Teherán ha forjado la oposición a Estados Unidos e Israel como parte de su identidad. Su primera crisis autoinfligida fue la toma de 52 diplomáticos estadounidenses como rehenes durante más de un año, lo que contribuyó a que el presidente Jimmy Carter perdiera el proceso de reelección.
En los 47 años siguientes, Irán ha sido como una espina clavada para todos los presidentes estadounidenses. La crisis Irán-Contra, en la que se vendieron armas de forma encubierta a Irán a cambio de una supuesta ayuda para liberar a los rehenes estadounidenses retenidos en el Líbano por los aliados de Irán, resultó catastrófica para la administración Reagan. Todos los líderes estadounidenses posteriores han tenido que lidiar con la hostilidad iraní y su apoyo a grupos militantes en Irak, Siria, Líbano, Yemen y Gaza.
Los presidentes estadounidenses también han sostenido sistemáticamente que la siniestra ideología del régimen gobernante en Teherán —que exige la destrucción de Israel y se alimenta del fanatismo religioso— hace que sea inaceptable que Irán posea armas nucleares. La administración Obama negoció límites al enriquecimiento nuclear de Irán a cambio de una flexibilización de las sanciones. La primera administración Trump se retiró de ese acuerdo, poniendo fin a la concordia y cambiando la estrategia hacia una renovada presión económica. Tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo, el programa nuclear de Irán amplió su enriquecimiento de uranio, a pesar de las continuas operaciones encubiertas de Israel contra muchos de sus científicos.
En junio del año pasado, bombarderos B-2 estadounidenses atacaron algunas instalaciones nucleares iraníes. Esos ataques debilitaron, pero no acabaron con el régimen iraní, que ya se tambaleaba por las derrotas de sus aliados: Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano y el régimen de Assad en Siria. Otro aliado de Irán, Rusia, ha estado ocupado con la guerra contra Ucrania.
Los actuales ataques militares estadounidenses parecen ser notablemente más ambiciosos, presumiblemente dirigidos de nuevo contra los desarrollos nucleares y de misiles balísticos de Irán, pero también con el objetivo de acabar con los líderes del régimen, empezando por Jamenei.
Se espera que los bombardeos estadounidenses continúen, probablemente durante algún tiempo. Irán «ha sido, en solo un día, … destruido e, incluso, aniquilado», publicó Trump. «Sin embargo, los bombardeos intensos y precisos continuarán, sin interrupción, durante toda la semana o, mientras sea necesario para lograr nuestro objetivo de PAZ EN TODO ORIENTE MEDIO Y, DE HECHO, ¡EN TODO EL MUNDO!».
Casi todos en Occidente se alegrarán si cae el régimen, y con razón. Casi cualquier gobierno alternativo será menos opresivo. Este gobierno ha mantenido el poder absoluto durante casi cinco décadas mediante asesinatos, torturas, encarcelamientos, corrupción y represión del debate público. Las recientes protestas masivas ponen de manifiesto la impopularidad del régimen entre los iraníes, no solo por su tiranía, sino también por el estancamiento de la economía y las malas relaciones con gran parte del mundo.
Hace tiempo que se desvaneció el brillo de la revolución teocrática de 1979, en la que millones de jóvenes manifestantes rechazaron al autócrata, pero comparativamente liberal, secular y alineado con Occidente, sah. La imposición del régimen teocrático, aunque al principio fue popular, ha provocado un colapso de las creencias religiosas en Irán, ya que el islam se entremezcla con la autoridad de gobernantes diabólicos, corruptos e ineficaces de la nación. Los manifestantes —y, sin duda, muchos otros iraníes— han esperado ansiosamente la ayuda de Estados Unidos para derrocar al gobierno.
Ahora, al parecer, tienen esa ayuda. Sin embargo, incluso con la muerte confirmada de Jamenei y los posibles asesinatos de otros líderes iraníes clave, no está claro cuáles serán los resultados: ¿otra dictadura? ¿Alguna forma de democracia? ¿Un vacío de poder en el que surjan nuevos y siniestros grupos? ¿O una intervención estadounidense a largo plazo como en Afganistán o Irak?
Reza Pahlavi, el príncipe heredero con sede en Estados Unidos, hijo del difunto sah, se ha convertido en la voz más destacada de la protesta iraní y rápidamente celebró las noticias sobre la muerte de Jamenei. ¿Podría él liderar una monarquía constitucional? ¿O podrían tomar el control el ejército iraní o lo que queda del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica?
Cualquier régimen sucesor en Irán, incluso si fuera dictatorial, probablemente sería menos hostil hacia Estados Unidos, Israel y Occidente. La mayoría de los Estados árabes también acogerían con satisfacción el cambio. Tanto Rusia como China perderían un aliado. Y, lo que es más importante, el pueblo iraní tendría alguna esperanza real de un futuro sin represión sistémica y sin miedo.
Estas son las lecciones espirituales y políticas que nos deja Irán. Gran parte, si no la mayoría, de Irán rechazó en su momento al sah, a pesar de la prosperidad sin precedentes y la relativa libertad de la que gozaba el país, porque su secularismo banal no ofrecía el propósito espiritual y el dramatismo del régimen islamista. En contraposición, los mulás iraníes ofrecían la religión tradicional y mucha emoción, pero también asesinaron a miles de personas, saquearon el tesoro nacional y sumieron a Irán en décadas de conflictos inútiles con sus vecinos y gran parte del mundo. El régimen teocrático desacreditó la religión, creando, irónicamente, un Irán más secular en cuanto a las creencias individuales.
Como cristianos, debemos orar por la paz, y por un Irán libre de conflicto y opresión. Que su pueblo vuelva a prosperar y a vivir en paz, sin miedo. También podemos aprender de las pruebas y las heridas autoinfligidas de Irán. Podemos estar agradecidos por lo que tenemos en Estados Unidos y otros países que gozan de condiciones similares: un gobierno estable y constitucional, por muy imperfecto que sea, y rechazar la persecución de sueños utópicos de una sociedad perfecta que ignora la naturaleza humana, y que viene al costo de la miseria, la demonización y la guerra.
También debemos orar para que los ataques de Estados Unidos e Israel, al igual que los ataques aéreos de la OTAN de 1999 que llevaron al derrocamiento del dictador Slobodan Milošević, provoquen la caída de los mulás que permanecen en el gobierno de Irán sin necesidad de una guerra prolongada.
Por último, la teocracia de Teherán nos recuerda que un régimen brutal gobernado por supuestos principios religiosos corrompe y desacredita la religión. Mientras vivamos en este mundo caído, los cristianos debemos orar por la paz, transigencias saludables, tolerancia mutua y un espacio para practicar y compartir nuestra fe en libertad donde la prosperidad sea una posibilidad para todos. Oremos para que Irán y Estados Unidos vuelvan a ser amigos pronto.
Mark Tooley es presidente del Institute on Religion and Democracy y editor de Providence, su revista de política exterior y seguridad nacional.