En un sofocante domingo en Cúcuta, Colombia, el equipo de alabanza de la iglesia Casa sobre la Roca se preparaba para el servicio en el escenario de su fresco santuario con aire acondicionado, mientras los feligreses —muchos de ellos provenientes de un barrio acomodado de la ciudad— conversaban antes del primer servicio.
Sin llamar la atención, un hombre canoso, con profundas arrugas marcadas en el rostro y una bolsa de basura en la mano, caminó con dificultad hasta sentarse en la última fila. Minutos después, un hombre más joven, con barba recortada y sosteniendo su propia bolsa, se deslizó para ocupar el asiento a su lado. Sus zapatos estaban desgastados por días de viaje desde su hogar en Valencia, Venezuela, hasta la ciudad fronteriza de Cúcuta en Colombia.
Jonathan Coche-Vásquez y su tío Frank González salieron de Venezuela el 2 de enero. Un día después, se enteraron por la radio de la captura militar del presidente Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, cuando ya estaban en Colombia.
La noticia les trajo una nueva esperanza para su país. Sin embargo, con el paso de los días, esa euforia se fue disipando cuando el liderazgo chavista de Venezuela permaneció en el poder. Los animó saber que funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos habían llegado a la embajada en Caracas para evaluar el restablecimiento de relaciones diplomáticas, así como que la líder opositora María Corina Machado se reuniría con el presidente Donald Trump, lo cual finalmente ocurrió el 15 de enero.
«Sabemos que las cosas van a cambiar. Esperamos que sea para bien, pero nadie sabe cuánto tiempo va a tardar», dijo González. «Decidimos salir del país porque el hambre y la pobreza que vivimos en nuestra ciudad, Valencia, no daban [tiempo] para esperar. Queremos llegar a Bogotá para encontrar trabajo en jardinería o construcción».
Fotografía cortesía de Hernán RestrepoLa noche anterior, ambos habían dormido en el parque Colón, un lugar concurrido por migrantes venezolanos y colombianos desplazados debido a la sombra que sus enormes árboles ofrecen para escapar del implacable calor cucuteño. Pero mientras dormían, unos ladrones les robaron las mochilas y el poco dinero que tenían. Lo único que les quedó fueron algunas prendas de ropa que llevaban en bolsas de basura. El domingo, llegaron a Casa sobre la Roca después de que un miembro de la iglesia los invitara al servicio.
El pastor predicó sobre el significado de la verdad, intercalando en su sermón algunos comentarios políticos sobre las próximas elecciones en Colombia. A pesar del cansancio, González y Coche-Vásquez escucharon con atención, derramando lágrimas en el momento final de reflexión cuando el pastor pronunció las palabras de Jesús en Juan 14:6: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (NVI).
Como González y Coche-Vásquez, dos de cada tres venezolanos que han salido del país no desean regresar hasta que haya más garantías de seguridad y se restituya el estado de derecho, pues temen la represión estatal, además de la mala calidad de los servicios públicos y el aumento de la inseguridad. Cúcuta, la principal ciudad a lo largo de la porosa frontera de 2200 kilómetros que separa a Colombia y Venezuela, suele ser la primera parada para los venezolanos que huyen de la pobreza y la violencia.
Como resultado, en la última década, varios cristianos —muchos de ellos refugiados venezolanos— han abierto albergues, comedores comunitarios, consultorios médicos e iglesias para ayudar a los recién llegados. Más de 215 000 venezolanos han establecido su hogar en Cúcuta, y 37 000 más en la cercana ciudad de Villa del Rosario.
Tras el ataque militar estadounidense en Caracas, la incertidumbre persiste. Los trabajadores de los ministerios no saben si verán una nueva oleada de migrantes venezolanos huyendo de su país, o si verán un éxodo de refugiados regresando a casa. En cualquier caso, están dispuestos a ayudar de la mejor manera posible.
Uno de ellos es Ediober González (sin parentesco con Frank), quien desde 2018 ha ayudado a distribuir alimentos para migrantes a través de organizaciones como Samaritan’s Purse. Pastor bautista venezolano, él y su familia decidieron huir del país en 2015 después de ver que en la escuela de sus hijos se enseñaba de manera obligatoria una historia propagandística de la Revolución Cubana.
«Entiendo que la gente de Venezuela no solo huye de la pobreza, sino también de la falta de libertad que hay en nuestro país», dijo.
Fotografía cortesía de Hernán RestrepoMaduro había liderado Venezuela desde la muerte de Hugo Chávez en 2013 y, bajo su régimen autoritario, 8 millones de personas abandonaron el país debido a la hiperinflación, la represión política, la violencia de las bandas y la escasez de alimentos y medicinas.
Durante el tiempo que ha estado en Colombia, Ediober González fue testigo de cómo Cúcuta recibió dos grandes oleadas de migrantes venezolanos: la primera, tras el colapso económico del país entre 2016 y 2018; la segunda, durante la pandemia de COVID-19 en 2021, cuando la inflación se disparó.
Recuerda que durante esas dos oleadas previas se veían ríos de personas esperando cada día para cruzar el puente Simón Bolívar, el principal paso fronterizo entre Colombia y Venezuela. Miles más cruzaban por senderos informales, aprovechando las aguas poco profundas del río Táchira.
Hoy, el puente está mucho más vacío. Una semana después de la salida de Maduro, solo se veía a unos cuantos migrantes caminando hacia Colombia con pesadas mochilas. Periodistas de televisión de todo el mundo se dieron cita en la frontera para entrevistar a migrantes y funcionarios de inmigración. Mientras tanto, comerciantes cargados con bultos de ropa, juguetes y medicinas cruzaban el puente para vender sus productos en Venezuela.
Ver a los migrantes descansar en la acera tras cruzar el puente le recuerda a Ediober de Filipenses 4:12, el versículo que lo ha sostenido en sus tiempos más difíciles en Colombia: «Sé lo que es vivir en la pobreza y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre».
A pesar de haber estudiado Literatura en una de las mejores universidades de Venezuela, Ediober tuvo que realizar toda clase de trabajos informales al llegar a Colombia: pintó casas, hizo tortas y vendió pan. Hasta hace cuatro meses trabajó para la organización humanitaria italiana Terres des Hommes, entregando canastas con alimentos a familias en riesgo de desnutrición. Sin embargo, con el cierre de USAID, la organización tuvo que suspender sus operaciones en la ciudad.
Sin esa ayuda, más migrantes están pidiendo dinero en las calles para pagar pasajes de autobús hacia otras ciudades de Colombia en busca de trabajo y alimentos. Aunque Ediober consideró significativo su trabajo en Terres des Hommes, también discrepó con algunas posturas del grupo secular. Señaló que en los talleres de salud sexual que realizaba la organización, «se nos exigía decirles a las mujeres que era mejor abortar, porque no valía la pena continuar con el embarazo en una situación de pobreza tan extrema».
Actualmente, Ediober busca empleo mientras gana algo de dinero brindando servicios de transporte en su automóvil. Como diácono de su iglesia venezolana en Cúcuta, también asume responsabilidades de predicación. Su esposa trabaja como maestra en la misma ciudad.
Un refugio en un lugar clave para atender a los migrantes
Tras cruzar el puente Simón Bolívar, muchos migrantes se dirigen a Villa del Rosario, una ciudad cuyas laderas están salpicadas de casas de ladrillo sin pintar con techos de láminas de acero y de aluminio. Prefieren esta pequeña ciudad a unos cuantos kilómetros al sur de Cúcuta porque allí el arriendo es más barato.
En 2021, la Convención Nacional Bautista de Venezuela, con apoyo de recursos del International Mission Board (IMB), abrió en la ciudad un albergue para migrantes llamado Casa de la Misión. El edificio de tres pisos incluye duchas, áreas para lavar ropa y un consultorio médico, además de dos dormitorios con capacidad para seis hombres y seis mujeres.
El médico del albergue, Bruno Mendive, es originario de Caracas. Frustrado por los constantes apagones y la falta de medicamentos que hacían casi imposible su trabajo, empacó sus pertenencias, las amarró a la parte trasera de su bicicleta y pedaleó hasta Colombia.
En 2020, comenzó a usar sus habilidades médicas para atender a los migrantes que llegaban a Casa de la Misión con agotamiento por calor, deshidratación y ampollas en los pies, así como problemas respiratorios y gastrointestinales.
Mendive dijo que los migrantes venezolanos a los que atiende se alegran al darse cuenta de que un compatriota los está ayudando. En estos días atiende a un promedio de 50 personas al día. En el pico de las oleadas migratorias anteriores, en 2021, el albergue llegó a recibir hasta 600 visitantes diarios.
Mendive dijo sentirse agradecido con Dios por la oportunidad de ayudar, no solo a sus compatriotas venezolanos, sino también a colombianos desplazados por la violencia. Según la Defensoría del Pueblo, en 2025 más de 100 000 personas huyeron de la región del Catatumbo, al norte de Cúcuta, debido a enfrentamientos entre la guerrilla del ELN y el Frente 33 de las FARC.
Recientemente, Mendive acompañó algunas misiones humanitarias a pueblos cercanos como Tibú y El Tarra, brindando atención médica, especialmente a niños.
«Más que consejos, lo que los migrantes necesitan es hablar», dijo el pastor venezolano Boanerges de Armas, director de Casa de la Misión y pastor de la Iglesia Bautista Misionera Global, que se reúne en el albergue. «Aquí les damos comida, ropa y medicinas. Pero también los escuchamos y luego oramos por ellos antes de que sigan su camino».De Armas conoce las presiones que enfrentan y las preocupaciones que tienen por sus familias en casa. Es cauteloso cuando habla de lo que su hija está experimentando ahora, ya que aún vive en Anzoátegui, Venezuela. Ella le contó que el gobierno envía «luchadores sociales» a revisar los teléfonos de los ciudadanos. Si encuentran alguna foto, meme o conversación de WhatsApp contraria al régimen, pueden detener a los responsables, acusándolos de intentar socavar la paz de Venezuela.
Fotografía cortesía de Hernán RestrepoSeñaló que el albergue también funciona como un centro de formación misionera, con un currículo de tres años creado por la Convención Bautista de Venezuela. Hasta ahora, cientos de jóvenes venezolanos han pasado por el programa para aprender no solo teoría, sino también las habilidades prácticas de ser misioneros y ayudar a las comunidades donde se encuentran. A través del programa, 70 estudiantes han salido a plantar o reforzar sus propias iglesias.
William Lacle se graduó del mismo programa mientras vivía en Venezuela, antes de mudarse a Colombia en 2020 para convertirse en misionero. Durante la pandemia, él y su esposa iban al puente Simón Bolívar a repartir comida a migrantes venezolanos, llegando a entregar hasta 1000 platos de sopa al día, recordó.
Lacle compartió que Dios puso en los corazones de él y de su esposa un gran amor por los migrantes. «Luego, Dios puso en nuestros corazones el deseo de establecer una iglesia y un comedor comunitario. Cuando buscábamos un lugar para hacerlo y visitamos por primera vez este cerro [en Villa del Rosario], comencé a llorar inexplicablemente y supe que este era el lugar».
Fotografía cortesía de Hernán RestrepoHoy, Lacle pastorea la Iglesia Bautista Misionera Mi Alto Refugio, una pequeña iglesia de ladrillo a solo tres kilómetros del albergue. Está construyendo un segundo piso para ampliar la capacidad de su comedor comunitario, que actualmente ofrece hallacas (tamales venezolanos) para el desayuno, así como arroz, frijoles y salchicha para el almuerzo a cientos de niños, gracias a donaciones de las organizaciones cristianas Blooms and Root y la Asociación Semilla de Trigo.
El domingo, 20 personas llenaron las bancas de su iglesia, una mezcla de migrantes venezolanos y colombianos desplazados por el conflicto guerrillero. Lacle se puso de pie frente al púlpito para predicar sobre Romanos 8: «La mente gobernada por la carne es muerte, mientras que la mente que proviene del Espíritu es vida y paz» (v. 6). Un poco más de una semana después de la captura de Maduro, dijo que «la única manera de tener paz en este mundo cambiante es creer en la Palabra de Aquel que nunca cambia».
De Armas y Lacle creen que el cambio solo llegará a Venezuela si toda la estructura de poder del chavismo es arrestada, no solo Maduro. Eso incluye a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ahora líder interina; a su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional (Parlamento); al ministro del Interior Diosdado Cabello; y al ministro de Defensa Vladimir Padrino.
«Maduro por sí solo realmente no era el problema», dijo el pastor Lacle. «Hasta que ellos también salgan del poder, Venezuela no cambiará por completo. Un árbol puede darte sombra, pero lo que le da estabilidad son todas sus raíces. Si no cortas las raíces, el árbol seguirá en pie. Eso es lo que está pasando en Venezuela».
Hasta que eso ocurra, los migrantes venezolanos en Colombia no podrán regresar, afirmó. Lacle reconoce la estrategia del chavismo —el movimiento político socialista que llevó a Hugo Chávez al poder— frente a este nuevo vacío de poder.
«Los socialistas son expertos en alargar los procesos», dijo. «Al igual que los grupos guerrilleros en Colombia, siempre dicen: “Vamos a tener un diálogo”; ganan tiempo, se reagrupan, esperan a que se calme el agua y luego se quedan en el poder haciendo lo que les da la gana».
Las iglesias colombianas de la región fronteriza también atienden a los migrantes y desplazados. Por ejemplo, Casa sobre la Roca administra un hogar para niñas huérfanas en Cúcuta, brindándoles alimentación, vestido y educación hasta que se gradúan de la universidad. Actualmente alberga a 34 niñas. La iglesia también opera refugios similares en ocho ciudades del país.
En el servicio dominical de la iglesia, el coronel Jesús Alberto Monsalve Cardozo se destacaba sentado en la primera fila junto a otros líderes, en una congregación de 450 personas. Mide casi dos metros y tiene el cabello blanco.
Líder del ministerio de matrimonios y oración, Cardozo fue coronel de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana de Venezuela, donde era tan conocido por su fe que muchos lo llamaban «el Pastor».
Decidió dejar las Fuerzas Armadas en 2021, meses antes de su planeado ascenso al rango de general. Dijo que sintió el llamado de Dios al ministerio de tiempo completo y la convicción de renunciar, pues aceptar el nuevo cargo lo obligaría a participar en alianzas públicamente conocidas con narcotraficantes.
Luego se fue a Colombia. Desde entonces ha tenido distintos trabajos: bibliotecario, vendedor de medicamentos veterinarios y director de operaciones de una empresa de seguridad. A pesar de las dificultades de adaptarse a su nueva vida en Colombia, nada se compara con la tristeza que siente al enterarse del deterioro constante de la situación en su país.
En sus conversaciones diarias con su madre, que aún vive en Venezuela, escucha las dificultades que ella y otros adultos mayores enfrentan para recibir la atención médica que necesitan.
Fotografía cortesía de Hernán RestrepoCuando se enteró de la salida de Maduro, lo primero que pensó fue en sus familiares que todavía viven en Caracas. Pero también sintió alivio, al creer que finalmente había llegado la justicia de Dios. Señaló que a menudo se necesita una ruptura violenta para cambiar el statu quo en dictaduras de larga data.
«Nada cambiará hasta que sea introducido un elemento disruptivo. En Venezuela, esa disrupción comenzó con la captura de Maduro», dijo Cardozo. «Lo que veo que Trump realmente busca es introducir primero un elemento disruptivo para que pueda haber una transición, sin que el país caiga en una anarquía total».
Señaló que él y su esposa estarían dispuestos a regresar a Venezuela si las cosas cambian; sin embargo, actualmente es demasiado peligroso. «Pero me entusiasma mucho la idea de volver, no solo para continuar mi ministerio como predicador en las Fuerzas Armadas, sino también para aportar con mis conocimientos a la reconstrucción de Venezuela», afirmó.
Al final del servicio en Casa sobre la Roca, el pastor invitó a quienes asistían por primera vez a recibir a Jesús en sus corazones. Frank González, el migrante venezolano, pasó al frente con lágrimas en los ojos. Su sobrino Jonathan permaneció sentado. Sus pies le dolían demasiado como para ponerse de pie. Pero ambos hicieron la oración de fe.
¿Regresarían a Venezuela si las cosas salen bien? «Por supuesto», respondió Frank mientras él y Jonathan levantaban sus bolsas de basura y reanudaban su camino hacia Bogotá. «Allí está nuestro hogar. Allí está nuestra familia».