Theology

Los escándalos de la Iglesia no niegan la fidelidad de Dios

Ni los pastores ni las tradiciones de la iglesia son responsables de la veracidad del Evangelio. Esa es la obra de Dios, y Dios nunca nos falla.

Light glowing through cracks.
Christianity Today January 8, 2026
Ilustración de Elizabeth Kaye / Fuente de imágenes: Unsplash

Imaginemos que una denominación muy conocida está disfrutando de una época de prosperidad. La asistencia es alta. El ministerio es constante y fiel. Las oraciones son respondidas. Se puede sentir la cercanía de Dios. Los buenos tiempos duran años.

Pero entonces aparecen las grietas. Se pone en duda una doctrina arraigada desde hace mucho tiempo. Se descubre la corrupción y los abusos de figuras prominentes del ministerio. Surgen preguntas, primero sobre los líderes, y luego sobre la teología que sustenta sus ministerios. Finalmente, se plantean preguntas sobre la tradición misma. ¿Hubo alguna vez algo bueno en ella? ¿O estaba podrida desde su surgimiento?

¿Esta historia te suena familiar? Si crees que estoy describiendo el cristianismo del norte de África del siglo III, estás en lo cierto. Esa historia está lejos de la visión prístina de unidad y santidad que podríamos imaginar para la época. Puede que la historia de la Iglesia no se repita exactamente, pero sin duda se parece.

Alrededor del año 250, surgió una crisis después de que los obispos cristianos huyeran de la ciudad de Cartago en medio de la persecución. Tras dos siglos y medio de persecuciones intermitentes, martirios y supervivencia del cristianismo en medio de un Imperio romano hostil, la huida de los obispos fue un grave escándalo. Su huida provocó una crisis de fe tanto en su liderazgo pastoral como en la misma teología que habían proclamado.

En el centro de la controversia se encontraba un popular sacerdote llamado Cipriano. Había sido nombrado diácono y luego sacerdote poco antes de que comenzara esta persecución. Cipriano, que ya era una figura controvertida, huyó incluso cuando otros líderes cristianos, incluido el papa Fabián, fueron ejecutados. En ausencia de Cipriano, muchos otros cristianos abandonaron la fe o escribieron cartas en las que afirmaban falsamente que habían renunciado a ella para sobrevivir.

Cuando la persecución más intensa por fin llegó a su fin, la iglesia del norte de África se enfrentó a una nueva crisis: ¿cómo debían tratar los cristianos que se habían mantenido fieles a aquellos que, como Cipriano, habían huido o incluso habían abandonado su fe y luego habían regresado una vez que se sentían seguros? En términos más generales, ¿qué hacemos con una iglesia que no está a la altura de sus ideales?

Para la iglesia del norte de África, la cuestión solo se agudizó cinco años más tarde, en 255, cuando un grupo de ministros cayó en ciertas enseñanzas heréticas sobre el Espíritu Santo. Cipriano, que para entonces había sido reintegrado al ministerio, adoptó una postura dura: los herejes no podían ser ministros fieles del Evangelio, dijo, y no solo estos pastores estaban espiritualmente en bancarrota, sino que todos los bautismos que habían realizado eran inválidos.

«¿Cómo puede quien bautiza conceder a otro la remisión de los pecados si él mismo, al estar fuera de la Iglesia, no puede apartarse de sus propios pecados?», argumentó Cipriano. «Porque cuando decimos: “¿Creéis en la vida eterna y en la remisión de los pecados a través de la santa Iglesia?”, queremos decir que la remisión de los pecados no se concede sino solo en la Iglesia, y que entre los herejes, donde no hay Iglesia, los pecados no pueden ser perdonados».

El bautizo llevado a cabo por herejes no es un tema controvertido en la iglesia estadounidense actual. No obstante, nosotros también nos vemos obligados a preguntarnos qué hacer con una tradición caída y con el fracaso ministerial. Si una denominación ha caído en corrupción, si una iglesia local está dividida por un escándalo o un pastor ha sido expuesto en su pecado, ¿qué debemos hacer? ¿Todo su trabajo está en bancarrota? ¿Todas sus enseñanzas, bautismos, obras de misericordia y dones del Espíritu deben simplemente descartarse?

La opinión de Cipriano al respecto no fue la última palabra para los primeros cristianos. Dos siglos más tarde, el padre de la Iglesia Agustín articularía una posición muy diferente, que se convertiría en la norma para la mayoría de los cristianos desde entonces. Un mal ministro, razonó Agustín, no niega la obra del Espíritu. Dios puede obrar incluso en y a través de los herejes, así como de los ministros cuyo fracaso nos es desconocido, argumentó Agustín.

Esto es así porque el pastor caído o la tradición problemática nunca fueron responsables de garantizar la veracidad del Evangelio. Esa es la obra de Dios, y Dios nunca nos falla.

La sabiduría de Agustín ha sido necesaria en muchas ocasiones desde entonces. La descripción que hice al principio de este artículo tal vez te llevó a pensar en Alemania en los años cuarenta, en Francia en el siglo XVIII, en Italia en el siglo XV o en Estados Unidos en el siglo XXI. Creo que cada generación tiene su propia experiencia de una tradición cristiana que ha fallado, ya sea por un fracaso rotundo o por un engaño generalizado. Esta es una de las historias más antiguas y comunes del cristianismo.

De hecho, la vemos en Gálatas 2, donde Pablo relata el incidente en el que Pedro y sus compañeros se negaron a comer con los creyentes gentiles. Según cuenta Pablo, no se trataba solo de un error de Pedro, sino de todo un «partidarios de la circuncisión» (v. 12), y el error se estaba extendiendo, incluso a Bernabé.

Al leer Gálatas, es fácil ver el argumento de Pablo como un rechazo total a la tradición, afirmando que no tiene lugar alguno la obra de Dios. Pero eso no es lo que Pablo está diciendo. Él sigue la historia del conflicto con Pedro a fin de explicar la centralidad del Espíritu Santo en la creación del pueblo de Dios.

Es el Espíritu Santo quien nos da vida para llevar adelante la obra de Jesús. Es el Espíritu Santo quien ilumina no solo cómo se cumple la Ley, sino también cómo somos liberados para ser el pueblo de Dios (Gálatas 5:2-6). Pablo no está negando la Ley ni rechazando la tradición, ya que exhorta a su audiencia a continuar con las cosas que la Ley también recomienda (vv. 19-21). Está mostrando que es Dios quien da vida a las tradiciones, destinadas a nuestra bendición, misma que no puede separarse del Espíritu de Dios (Gálatas 3:19-22).

Esta historia de Pedro y Pablo nos sigue sirviendo de modelo. La tradición y la presencia de Dios van de la mano. Estos huesos viven porque, y solo porque, Dios les da vida.

Vivir dentro de cualquier tradición cristiana es, pues, vivir dentro de una tradición que nos ha decepcionado y que sin duda nos decepcionará en el futuro. Mucho antes de que hubiera pastores que abusaran sexualmente de sus feligreses, había cristianos racistas. Antes de que existieran los nazis, había cristianos que se mataban entre sí por diferencias acerca del bautismo y la comunión. Antes de que hubiera tres papas que se proclamaban legítimos a la vez, había cristianos que acumulaban riquezas exorbitantes a costa de sus hermanos en la fe.

Sin embargo, a pesar de toda esa historia de herejía y pecado, en cada época de los últimos dos milenios, el Espíritu de Dios trajo la salvación, aumentó la comprensión de la obra de Cristo y expandió el alcance del Evangelio a nuevos pueblos y tierras. En cada época, las tradiciones del cristianismo han proliferado a través de la fidelidad y el fracaso.

No podemos olvidar estos fracasos, pero tampoco debemos centrarnos únicamente en ellos. En la era de las redes sociales, los fracasos, tanto los ordinarios como los extraordinarios, están siempre a la vista, serializados en pódcasts, inundando nuestras mentes con un flujo continuo de malas noticias. Las preocupaciones omnipresentes de hoy en día nos hacen olvidar fácilmente que las cosas siempre han reflejado a un mundo caído y que, de todos modos, el Espíritu de Dios siempre ha obrado a través de nuestras tradiciones imperfectas. 

Esto es tan cierto para el evangelicalismo de hoy en día como para cualquier otra tradición cristiana. El movimiento evangélico ha cambiado drásticamente en los últimos 20 años, y algunos de estos cambios afectan al núcleo mismo de lo que ha hecho que el evangelicalismo sea bueno. Muchas instituciones que en su día fortalecieron el evangelicalismo estadounidense —universidades, editoriales, redes ministeriales y otras— han difundido teorías conspirativas sin fundamento (o cosas peores) junto con el Evangelio. No hay forma de suavizarlo: el evangelicalismo nos decepciona.

Algunos cristianos han abandonado el movimiento evangélico debido a estas decepciones, pasando a otra tradición, o a ninguna en absoluto. Hemos visto un aumento del interés por tradiciones, tanto antiguas como novedosas, que podrían ofrecer cierta inmunidad a cambios de este tipo.

Entiendo el impulso, pero no creo que esa sea la solución. La mala noticia en un mundo caído es que no se trata de si una tradición será imperfecta, sino de qué manera lo será. La buena noticia —el Evangelio— es que Dios devuelve la vida a las personas y las tradiciones imperfectas en un mundo caído. Por ahora, como siempre, lo importante no es que una tradición sea perfecta, sino que Dios obra a través de ella, de manera verdadera y fiel, porque la salvación siempre ha sido obra de Dios.

Myles Werntz es autor de Contesting the Body of Christ: Ecclesiology’s Revolutionary Century. También escribe en Taking Off and Landing y enseña en la Universidad Cristiana de Abilene.

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