Había pasado todo el día sintiéndome bien, productiva y con energía. Sin ganas de beber. Supuse que la sensación continuaría a medida que avanzara el día. Pero las ansias volvieron antes de lo que había imaginado.
Como de costumbre, me dio pereza preparar la cena, así que cuando vi a mis vecinos disfrutando el día fuera con sus hijos por la tarde, encontré una excusa más para no cocinar. Les dije a mis hijos que saldríamos a jugar y bloqueé la responsabilidad de mi mente. Como solía ocurrir, el vino fluía libremente en la casa de mis vecinos. A menudo iba a su casa, esperando en silencio que me ofrecieran una copa, como casi siempre lo hacían.
Aceptar la copa realmente no me pareció una elección deliberada.
Tomar vino con amigos en una hermosa tarde de martes es algo muy normal. Los bebedores normales lo hacen, y yo era definitivamente normal. O, al menos, lo intentaba.
Me terminé la copa en diez minutos. Mi amigo me ofreció amablemente rellenarla. ¿Quién era yo para rechazarlo? Podría emborracharme tan solo un poco, lo que me ayudaría con el miedo a la cena, y mi marido ni siquiera sabría que había estado bebiendo. O podría decirle que solo había sido un poquito.
Una vez en casa, me consumió el odio hacia mí misma por las decisiones que habían causado cada una de mis acciones. Me bebí un vaso de agua de un trago, preparé un montón de quesadillas y comí hasta sentirme mal. Esperaba, sin mucha esperanza, que la comida absorbiera el alcohol. «Ya está», me dije. «Mañana dejaré de beber».
Quince años después de que estas terribles tendencias comenzaran en mi vida, seguían campando a sus anchas y eran peores que nunca. Sabía que había una mejor manera de vivir, pero todo parecía inútil en comparación con el subidón, esa sensación de ligera embriaguez que hace que todo parezca más agradable. Yoga, meditación, oración, ejercicio… Claro, pensaba que eso podría ayudar un poco, pero todas ellas eran muy insípidas en comparación con el subidón químico del alcohol.
Así es como funcionaba mi mente en aquel entonces, casi salvaje cuando se trataba de un trago. Si observas detenidamente tanto a las personas como a los animales, hay un instinto natural, casi primitivo, de arreglar lo que no funciona, lo más rápido posible.
Los animales y los seres humanos afrontan el dolor de manera diferente, pero por la misma razón principal: cuando una necesidad básica no se satisface, buscamos algo que llene ese vacío. Cuando las carencias sociales, emocionales y espirituales eclipsan nuestro sentido de seguridad, pertenencia y propósito, nuestro cerebro busca cualquier cosa que alivie nuestro dolor. Beber es simplemente un método para satisfacer temporalmente nuestras necesidades insatisfechas.
Esa es la teología de la adicción que me hubiera gustado escuchar al comienzo de mi camino hacia la recuperación. Se hace eco de la verdad que mencioné anteriormente: no se puede salir de la adicción con autodisciplina. No se puede orar lo suficiente ni ser lo suficientemente «espiritual» para vencer la dependencia del alcohol por cuenta propia. No es porque seas débil, es porque la vida es difícil y la dependencia de las sustancias es poderosa. Por gracia, los cristianos tienen un poder único, no solo herramientas mentales o emocionales, sino que tenemos un espíritu que cobra vida a través del Espíritu Santo (Gálatas 5:16).
Como cristianos, tenemos algo que nuestros homólogos seculares no tienen: tenemos un espíritu que cobra vida a través del Espíritu Santo. La recuperación de las adicciones no es solo una modificación del comportamiento, es una renovación a nivel del alma, que aborda primero las raíces espirituales que pueden estar alimentando nuestra adicción, empoderada por el Espíritu de Dios que vive dentro de nosotros.
Afortunadamente, podemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, lo que puede ayudarnos a vencer la mayor herramienta del enemigo: la vergüenza. Podemos hacerlo aplicando las Escrituras y las pruebas para comprender la perspectiva de Dios, en lugar de depender continuamente de nuestras propias creencias erróneas.
Esta teología nos recuerda que la adicción va mucho más allá que una simple elección pecaminosa. Es más bien como estar en esclavitud. Quizás eso te parezca dramático. Pero incluso si no te describirías como un cautivo, ¿no es agotadora la dependencia del alcohol? Alabado sea Dios, Jesús vino a liberar a los cautivos (Lucas 4:18). Y no tenemos que ganarnos esa libertad con un comportamiento perfecto o un esfuerzo religioso; en cambio, la recibimos a través de la aceptación, la rendición y la gracia.
Recuerda las hermosas palabras que Dios le dio a Pablo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9, NVI). Es posible que te sientas débil, como si hubieras fracasado. Pero el evangelio nos asegura que no necesitamos ser fuertes. La gracia de Dios no es para una versión futura y mejorada de ti mismo, sino para ahora mismo, en medio de tus esfuerzos sinceros y reales por tomar mejores decisiones. Dios ve tu deseo de cambiar y viene a encontrarse allí contigo, en medio de cualquier desierto en el que te encuentres.
El Salmo 34:18 nos recuerda: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido». Quebrantados de corazón. Esas palabras resuenan dentro de mí. ¿Cuántas veces me decepcioné a mí misma? ¿Cuántas veces terminé de vuelta en el mismo punto donde había comenzado? Este versículo bíblico fue a menudo mi único consuelo. Tú y yo no necesitamos demostrarle nada a Dios. Él ya nos conoce, nos ama y está comprometido a completar nuestra restauración.
Hoy en día, soy capaz de ver mi experiencia a través del prisma de la salud mental y la teología de la adicción. Puedo comprender mejor las Escrituras y la perspectiva de Dios sobre estos asuntos en mi corazón, y puedo ver cada paso de mi camino hasta hoy con gracia y verdad.
«No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco», escribió Pablo (Romanos 7:15). Ese es quizás el versículo con el que más me identifico en toda la Biblia.
¿Te suena familiar?
Sin embargo, los versículos posteriores a ese pueden ser un consuelo para nosotros: «Pero en ese caso, ya no soy yo quien lo lleva a cabo, sino el pecado que habita en mí. Yo sé que en mí, es decir, en mi carne, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo» (vv. 17-18).
Todos nacemos con una naturaleza pecaminosa, incapaces de superarla sin la gracia de Cristo. Él expió cada parte de nuestra naturaleza, incluidos aquellos elementos que sentimos que están fuera de nuestro control. Aliviamos la presión de sentir que debemos demostrar nuestro buen desempeño al aceptar que nuestra naturaleza es falible y al llegar a creer que todo lo bueno que hay en nosotros proviene únicamente de Dios. No es posible «hacer lo bueno» sin Dios. Y aunque entregarlo todo a Dios puede parecer difícil, hay esperanza en rendirnos diariamente a sus pies, incluso, momento a momento.
En el caso de las adicciones, la «naturaleza pecaminosa» de buscar alcohol se ha arraigado compulsivamente en el cerebro. El cerebro adicto o dependiente desactiva ciertas funciones naturales, y estas deben ser reestructuradas intencionadamente para que vuelvan a funcionar correctamente. Bajo el yugo de la adicción o la dependencia, nuestro cerebro tiende a pasar por alto los recuerdos dolorosos y las consecuencias. A menudo, nuestra mente nos engaña, restando importancia a la ansiedad, la resaca, los dolores de cabeza y el arrepentimiento, convenciéndonos de que la situación no es tan grave, o de que no tenemos un problema «real». Pero debemos ver más allá de estos recuerdos sesgados y malinterpretados.
En el video «Cómo funciona un cerebro adicto» [enlace en inglés], un equipo de la facultad de medicina de la Universidad de Yale explica que «las sustancias adictivas desencadenan una respuesta desmesurada cuando llegan al cerebro», lo que en última instancia provoca que «la dopamina inunde la vía de recompensa, diez veces más que una recompensa natural». Quiero volver a destacar lo que los investigadores explican sobre el alcohol y el sistema de recompensa: «Lograr esa sensación placentera se vuelve cada vez más importante, pero al mismo tiempo, desarrollas tolerancia y necesitas cada vez más de esa sustancia para generar el nivel de euforia que anhelas».
Una vez que somos conscientes de las realidades científicas, podemos empezar a ver nuestra propia situación desde una perspectiva más racional. Así que, por favor, perdónate a ti mismo por lo que no sabías. Perdónate por asumir toda la culpa y por haber sido engañado por el mundo sobre los daños del alcohol.
Una vez que te liberes de toda la presión, podrás asumir de forma saludable una responsabilidad que nuestro Señor nos aligera con generosidad: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por lo tanto, gustosamente presumiré más bien de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo» (2 Corintios 12:9). Demos gracias a Dios que no nos hizo dependientes únicamente de nuestra propia fuerza. El mundo actual les dice a las mujeres que se salven a sí mismas, que se amen a sí mismas y que se encuentren a sí mismas. Esa es la respuesta equivocada. Tenemos un papel que desempeñar, pero nosotras no somos el remedio. Él es la solución.
En un sermón, el pastor Alistair Begg dijo una vez: «No me preguntes lo que siento por mí mismo.
»Pregúntame qué sé acerca de Dios». Quiero tatuarme eso en la frente. Nuestros sentimientos son fugaces y poco fiables. Pero, ¿qué hay de cierto acerca de Dios? La verdad de Dios es inamovible, inmutable, sellada en un pacto. No te limites a decir que crees en ella. Créela de verdad.
Todo aquello que provoca nuestras ansias de consumo solo tiene poder cuando satisfacemos sus exigencias. Pero perderá su poder cuando se dé cuenta de que nos negamos a seguir haciéndolo. Sabemos que Dios es soberano y que solo Él tiene la espiral del universo en sus manos. Por el poder del Espíritu Santo, Dios te ha dado la capacidad de decir no. Y te ha prometido ayudarte a hacerlo.
El dolor es inevitable, pero tenemos control sobre cómo lo afrontamos. Has estado utilizando herramientas poco saludables para afrontar las partes incómodas de la vida, pero ahora sabes que hay alternativas para ello.
Cuando pensamos en herramientas «espirituales», podemos pensar en la oración, las Escrituras y la adoración. Podemos confiar en ellas, pero Dios nos ha proporcionado aún más para ayudarnos a superar las dificultades: amistades, relaciones familiares, mentores, matrimonios, nuestra familia de la iglesia, libros basados en la Biblia, pódcasts y grupos de apoyo. Y tenemos mecanismos de respuesta saludables como la respiración, el ejercicio, la risa y la música. Podemos poner a Dios en primer lugar en nuestro camino y también utilizar los muchos métodos de recuperación que han demostrado ser útiles.
Como dicen en Alcohólicos Anónimos, cuando ponemos en práctica las herramientas y las ideas saludables que estamos aprendiendo, somos libres de tomar mejores decisiones en el futuro. Perdónate por las decisiones que tomaste en el pasado sin comprender plenamente sus consecuencias. En retrospectiva, quizá hubieras elegido una alternativa.
Este es un extracto y adaptación de Freely Sober, de Ericka Andersen. Copyright (c) 2026 por Ericka A. Sylvester. Usado y traducido con permiso de InterVarsity Press.