Nada representa mejor el mosaico de la experiencia humana como las lágrimas de un recién nacido. La desorientación y la incomodidad se mezclan con la alegría y la victoria en las mejillas de ese pequeño. Pronto acompañadas por las lágrimas de la madre y el padre, estas simples gotas de líquido llevan consigo todo lo que somos y todo lo que esperamos ser. El llanto del bebé marca una especie de victoria. Una nueva vida ha llegado. La esperanza ha llegado. El futuro del pequeño está lleno de promesas. Sin embargo, queda por delante el largo camino de la madre hacia la recuperación, las caídas mientras el niño aprende a caminar, el desarrollo del lenguaje, la acumulación de experiencias, así como las inevitables decepciones y pérdidas de los años posteriores. La forma en que llegó la nueva vida en la mañana de Navidad nos muestra algo de lo que Dios siente y pretende para nosotros. Da forma a las expectativas ocultas en nuestra imaginación y nos susurra el secreto de quiénes somos realmente.
Las lágrimas de un bebé buscan a su madre. Cuando Dios se acercó a nosotros, su primer deseo fue los brazos reconfortantes de otra persona. Las lágrimas de Jesús nos recuerdan que vino al mundo para abrazar y ser abrazado. Oh Jerusalén, se lamenta más tarde, cómo quise reunirte bajo mis alas como una gallina junta a sus polluelos (Mateo 23:37). El niño que lloraba para que su madre lo abrazara creció y se convirtió en un Hombre que lloró para abrazarnos a nosotros también.
Las lágrimas de un niño anuncian que algo anda mal. Sin vocabulario, lo único que puede hacer es llorar. El Señor nació en solidaridad con un mundo que no puede expresar adecuadamente la profundidad de lo que nos aflige. Hay, por así decirlo, gemidos más profundos que las palabras. No obstante, de alguna manera las lágrimas de un bebé capturan bien la profundidad de ese dolor. Dios no se quedó en un país lejano, sino que se acercó para sufrir como nosotros. Jesús sabe lo que es ser nosotros.
Las lágrimas de Jesús en Navidad son un recordatorio de que las promesas de Dios siempre se cumplen. No son lágrimas vanas y desperdiciadas. Son las lágrimas de alguien que ha venido a llevarnos a un lugar donde enjugará nuestras lágrimas. Son las lágrimas de alguien que nos abrirá el camino para que podamos volver a casa. La Navidad nos recuerda que Dios tomó el asunto en sus propias manos. Las lágrimas del recién nacido Jesús nos llevan a sus lágrimas solitarias en Getsemaní, sus lágrimas agonizantes en la cruz, y tal vez incluso a las lágrimas desesperadas de María frente a la tumba. La vida de Jesús comenzó y terminó con lágrimas para que, a través de la resurrección, nuestros días de lágrimas fueran contados.
Por eso cantamos «Al mundo paz, nació Jesús». Él vino como una madre para abrazar a un mundo cuyas lágrimas son imposibles de expresar en palabras. En ese abrazo amoroso, Él nos carga, nos consuela, nos fortalece y nos restaura. «¿Por qué lloras?», le pregunta suavemente a María (y a nosotros). Al igual que hizo con María, nos llamará a cada uno por nuestro nombre (Juan 20:15–16). En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, nuestras lágrimas de dolor por el parto serán sustituidas por lágrimas de alegría. La nueva vida está aquí. La esperanza está aquí: nuestro futuro está ahora lleno de promesas. Aquí, en este día, está todo lo que somos y todo lo que algún día llegaremos a ser. «Al mundo paz, nació Jesús».
Jonah Sage es pastor en la iglesia Sojourn Church en New Albany, Indiana. Completó sus estudios universitarios en filosofía en la Universidad Miami en Oxford, Ohio, y obtuvo su máster en divinidad en el Seminario Teológico Bautista del Sur en 2013.