Cuando era adolescente, las imágenes de ilusión óptica Magic Eye estaban de moda. Mis amigos y yo competíamos para ver quién descifraba primero la imagen en 3D —un velero, un banco de peces, una cordillera— oculta en una página de estática caótica y tecnicolor. Solo se necesitaba tiempo, paciencia, la determinación de mirar más allá del ruido visual y la capacidad de mantener los ojos entrecerrados durante algunos minutos, y entonces, de repente, la imagen que antes estaba oculta se hacía visible. Y una vez que la veías, ya no podías dejar de verla.
Pasé los últimos diez años buscando profundizar en lo que la Biblia enseña sobre la soltería, y he tenido varios momentos que se sintieron como aquellas imágenes Magic Eye, ocasiones en las que, cuando miraba un pasaje bíblico familiar desde una perspectiva nueva, de repente lo podía entender con un enfoque diferente. En cada ocasión, sentía que por fin podía ver más allá de la estática confusa —las suposiciones erróneas y las enseñanzas incompletas que a menudo nublan nuestra comprensión de esos pasajes— y apreciar la verdad bíblica completa y tridimensional sobre la soltería (y a menudo también sobre el matrimonio) que había estado ahí desde un principio.
Un sábado, hace varios años, estaba pasando una mañana tranquila en una cafetería local bebiendo un chai mediocre, cuando sentí la necesidad de abrir mi Biblia en 1 Corintios 7:32–35. No tenía ninguna razón en particular para recurrir a ese pasaje, aunque hoy, al echar la vista atrás, puedo ver que el Espíritu Santo me estaba dando una indicación no tan sutil.
Yo preferiría que estuvieran libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. Pero el casado se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposa; sus intereses están divididos. La mujer no casada, lo mismo que la joven soltera, se preocupa de las cosas del Señor; se afana por consagrarse al Señor tanto en cuerpo como en espíritu. Pero la casada se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposo. Les digo esto por su propio bien, no para ponerles restricciones, sino para que vivan con decoro y plenamente dedicados al Señor. (NVI)
A menudo este pasaje es enseñado de esta forma: los cristianos casados tienen un cónyuge cuyas necesidades deben priorizar, por lo que tienen menos tiempo, energía y capacidad para áreas como su familia eclesiástica, el ministerio del evangelio e incluso para otras relaciones. En contraste, los solteros (los que no tienen cónyuge) tienen la bendición de disponer de más libertad, energía y capacidad para invertir en todas esas áreas. A diferencia de sus pares casados, no tienen una razón legítima para tener una devoción dividida en su servicio a Dios y a su pueblo. Un autor lo ha expresado de la siguiente manera: el cristiano soltero «puede decir “sí” a cosas que exigen más de ti de lo que una persona casada puede permitirse».
Sin embargo, para ser sincera, esta interpretación de este pasaje siempre me ha parecido poco concluyente. Como mujer cristiana que nunca se ha casado, no me sucede con frecuencia sentir que cuento con un maravilloso excedente de libertad y flexibilidad. Por el contrario, a veces he sentido que mi soltería agota, en lugar de aumentar, mi capacidad para servir. A menudo he escuchado a otros decirme que mi soltería es buena porque me permite decir «sí» a cosas que exigen más de mí de lo que las personas casadas podrían permitirse.
Pero, ¿qué tal si mis relaciones y responsabilidades tampoco me permiten decir «sí» ?
No estaba segura de poder admitirlo ante mí misma, y mucho menos decirlo en voz alta a los demás.
Es más, tampoco me convencía la idea de que mis amigos cristianos casados no pudieran servir a Dios o a su pueblo con la misma eficacia, constancia o disposición con la que se suponía que debía hacerlo yo. Al fin y al cabo, ¿no es servir a Jesús de todo corazón el objetivo y el privilegio de ser su discípulo, sin importar cuál sea nuestra situación? ¿No hemos sido llamados todos a amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, fuerzas y mente? ¿Amar a su cónyuge no es parte de la devoción de una persona casada por los asuntos del Señor, en lugar de una distracción de las cosas del Señor?
No obstante, no eran solo estas preguntas de la vida real las que me dejaban confundida sobre la interpretación que se suele hacer de este pasaje. También siempre me había costado entender estos versículos dentro del contexto inmediato y más amplio de las enseñanzas de la Biblia.
En primer lugar, consideremos la comparación que hace Pablo entre la persona casada que se preocupa por las cosas del mundo y la persona soltera que se preocupa por las cosas del Señor. Según la interpretación más conocida de este pasaje, los cristianos casados tienen razón en preocuparse por estos asuntos mundanos (agradar a su cónyuge).
Sin embargo, en la misma carta, Pablo ya había dicho mucho sobre cómo los cristianos deben —y no deben— relacionarse con un mundo que él había descrito como necio, efímero y destinado al juicio (1 Corintios 1:18–31; 3:19; 11:32). Su primera carta a la iglesia de Corinto confirma lo que enseñan muchos otros pasajes del Nuevo Testamento: que el pueblo de Dios no debe dejarse moldear por este mundo ni dejarse atrapar por sus preocupaciones.
Entonces, ¿por qué el mismo Pablo que advierte contra los problemas y las distracciones del mundo de repente equipara amar al cónyuge con preocuparse por las cosas del mundo? ¿Y por qué aprobaría que el cristiano casado haga esto?
En segundo lugar, consideremos el otro punto de comparación que encontramos en el pasaje: agradar al cónyuge versus agradar al Señor. Quizás, cuando leemos esto, pensemos automáticamente que los casados deben preocuparse por «agradarse» el uno al otro. Sin embargo, en ninguno de los pasajes que hablan de la relación amorosa entre el esposo y la esposa en el Nuevo Testamento se utiliza ese lenguaje de «agradar». Esto demuestra que no hay razón para que entendamos automáticamente que las personas casadas que se preocupan por «agradar» a su cónyuge se preocupan por algo bueno.
De hecho, si agradar al cónyuge es a expensas de agradar a Dios (que es la comparación en este pasaje), probablemente el punto de Pablo sea dar una advertencia contra ello en lugar de alabarlo. Esto concuerda con la forma en que utiliza la expresión «agradar a Dios» en otras epístolas, es decir, como una forma abreviada de describir cómo luce la fe piadosa en acción (Efesios 5:10; Colosenses 1:10; 2 Corintios 5:9). Aunque en ocasiones habla de agradar a los demás en términos positivos (1 Corintios 10:33), cada vez que Pablo contrasta el impulso de agradar a las personas con el llamado a agradar a Dios, lo expresa de una forma muy clara: «no tratamos de agradar a la gente, sino a Dios que examina nuestro corazón» (1 Tesalonicenses 2:4, Gálatas 1:10).
Entonces, ¿por qué pareciera que en este pasaje el apóstol de repente aprueba que los cristianos casados se preocupen en agradar a su cónyuge por encima, o incluso en lugar de agradar al Señor? ¿Por qué permitiría que sus intereses se desviaran de agradar a Dios?
Así que allí estaba yo, bebiendo mi decepcionante té chai, cuando de repente todo cobró sentido. Realmente se sintió como uno de esos momentos con las imágenes Magic Eye. Por primera vez, pude vislumbrar el significado completo en 3D de 1 Corintios 7:32–35.
Un ligero cambio de perspectiva me permitió ver que Pablo no estaba identificando obligaciones matrimoniales importantes, sino más bien advirtiendo contra peligros particulares que pueden surgir con el matrimonio en un mundo caído. Al igual que los padres de la iglesia primitiva como Juan Crisóstomo y Agustín, me di cuenta de que en 1 Corintios 7:32–35, Pablo en realidad está llamando a las personas casadas a no tener una atención dividida y a no estar distraídos a causa de su cónyuge.
Dicho de otra manera, en lugar de decir que los cristianos casados no pueden permitirse ser como sus pares solteros, que no tienen intereses divididos, el apóstol está diciendo que los cristianos casados no pueden permitirse no ser como ellos. Pablo quiere que tanto los cristianos solteros como los casados «vivan con decoro y plenamente dedicados al Señor». La explicación completa de mi nueva comprensión de este pasaje ocupa un capítulo entero de mi libro más reciente, Single Ever After.
Cuando se trata de temas como la soltería y el matrimonio, con demasiada frecuencia hemos decidido conformarnos con el significado más inmediato y algo confuso de pasajes bíblicos clave, en lugar de permitirnos preguntarnos si podrían tener un significado más profundo que estamos ignorando por conveniencia. Nos hemos acomodado en la rutina de lo que nos resulta cómodo pensar que la Biblia enseña al respecto.
Esto nos ha llevado a ignorar los pasajes confusos, como por ejemplo, cuando concluimos que está bien que algunos cristianos se preocupen por las cosas de un mundo que se opone a Dios. Esta forma de lectura nos ha permitido fingir que el ruido de fondo no existe, como cuando concluimos que está bien que algunos cristianos se distraigan de agradar a Dios para agradar en cambio a otra persona en particular.
Esto es muy perjudicial para muchos cristianos solteros o para aquellos que vuelven a un estado de soltería dentro de nuestras iglesias. Pero también ha cobrado un costo alto para muchos cristianos casados, cuyas relaciones con sus cónyuges se han visto muy afectadas por nuestra —y su— lectura apresurada y selectiva de las Escrituras.
El Evangelio de Cristo imbuye tanto al matrimonio como a la soltería de un maravilloso significado tridimensional, y los convierte en complementos en lugar de competidores. La pregunta para nosotros es: ¿estamos dispuestos a ver más allá de los patrones superficiales a los que estamos acostumbrados hasta que podamos captar la imagen más profunda y verdadera del diseño de Dios tanto para la soltería como para el matrimonio?
Danielle Treweek es autora de varios libros, entre ellos Single Ever After: A Biblical Vision for the Significance of Singleness, y es investigadora de la Diócesis Anglicana de Sídney.