Ideas

El trabajo saca el amor a la luz

Vivir en la comunidad cristiana Bruderhof me enseñó a honrar a Dios y al prójimo a través de mis tareas cotidianas, incluso en una granja infértil.

A tractor in a sunny field.
Christianity Today September 1, 2025
Joe Deutscher / Unsplash

Al crecer como una de diez hijos en una familia de agricultores, comprendí desde muy joven que el trabajo es una parte ineludible de la vida.

Antes del desayuno, había que hacer las camas, dar de comer y beber a las mascotas y a los animales del establo, y limpiar los establos de los caballos y las vacas. Había que ocuparse de interminables cestas de ropa sucia, barrer los suelos y limpiar los baños. Y lavar los platos: una montaña eterna de platos.

Pero no fue sino hasta que llegué a la edad adulta que aprendí que el trabajo también puede ser una expresión de amor y adoración.

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La búsqueda de una expresión viva de la relación holística entre el trabajo, la fe y las realidades prácticas de la vida es muy antigua. Se encuentra en el corazón de la narrativa bíblica. Ha impulsado a generaciones a buscar la respuesta a la pregunta: «¿Cuál es la vida que Dios quiere para su pueblo?».

Una respuesta a esta pregunta proviene de la comunidad Bruderhof en la que crecí.

Tras la Primera Guerra Mundial, un pequeño grupo de amigos alemanes encabezados por el filósofo y teólogo Eberhard Arnold y su esposa, Emmy, decidieron intentar vivir una vida de fe compartida con base en sus creencias de la tradición anabaptista. Inspirados por los relatos del Libro de los Hechos sobre la iglesia primitiva, cuyos miembros lo compartían todo entre sí (4:32), los Arnold y sus amigos establecieron una comunidad voluntaria en la aldea rural de Sannerz, que se convirtió en la primera comunidad Bruderhof.

Los miembros acogían calurosamente a los visitantes, como lo seguimos haciendo hoy en día. Pero aquellos que esperaban un retiro espiritual se llevaban una sorpresa cuando Arnold les ofrecía una horquilla y un lugar a su lado mientras mezclaba la composta. Como él mismo decía:

El trabajo debe ser indivisible de la oración, y la oración indivisible del trabajo. Nuestro trabajo es, por lo tanto, una forma de adoración, ya que nuestra fe y nuestra vida cotidiana son inseparables y forman un todo. Incluso la tarea más mundana, si se realiza para Cristo con espíritu de amor y dedicación, puede consagrarse a Dios como un acto de oración. Orar con palabras pero no con hechos es hipocresía.

Al echar la vista atrás, mi infancia y adolescencia en la comunidad Bruderhof de Woodcrest, en el norte del estado de Nueva York (una de las 23 comunidades de este tipo que hay ahora en todo el mundo) encarnaron esta creencia en el trabajo como oración y la oración como trabajo. Quizás por eso, mucho antes de que empezáramos a salir, me fijé en Chris mientras estaba trabajando en el fregadero.

Chris había crecido en otra comunidad Bruderhof y se había mudado a Woodcrest para asistir a una universidad local, donde yo también era estudiante. Se había quedado ahí después de que termináramos la cena comunitaria, y tenía los codos hundidos entre espuma y bandejas, riendo, hablando y fregando.

Estaba estudiando literatura inglesa y periodismo, y era capaz de escribir poemas profundamente reflexivos y ensayos persuasivos, pero no tenía ningún temor de fregar ollas, y solía quedarse hasta el final. Y hacía lo que yo más odiaba: limpiaba el colador que se encontraba en el fondo del fregadero con todos los restos de comida de los platos. Impresionante.

Tanto Chris como yo habíamos tomado recientemente los votos de membresía de la iglesia y estábamos emocionados de embarcarnos en la aventura de seguir a Cristo de la mano de otros creyentes. Nos encantaba especialmente que en Bruderhof se valorara y se celebrara a todas las personas por lo que eran, no por sus carreras profesionales.

Pero cuando, después de orar al respecto, decidimos comenzar nuestra relación, de vez en cuando me preocupaba que nuestros antecedentes laborales pudieran suponer un posible obstáculo. Mi familia era obrera. La suya no.

Antes de la Navidad de ese año, mi padre me preguntó casualmente una noche: «Sé que tu novio se centra en sus estudios, pero ¿sabe trabajar con las manos?».

Se lo conté a Chris durante uno de nuestros paseos antes de clase por el río, donde nos encantaba ver a «nuestra ave», una elegante garza azul. «Hmm», fue todo lo que dijo en respuesta.

La mañana de Navidad, debajo del árbol, encontré un regalo de parte de Chris: un jarrón hecho a mano, de madera de arce y caoba, con el cuello en forma de garza. Estaba lleno de flores doradas. «El trabajo es amor hecho visible», afirmó el poeta Kahlil Gibran. Y Chris había demostrado que tenía razón.

Hasta entonces, no tenía ni idea de que Chris fuera capaz de hacer este tipo de artesanía. Más tarde me dijo que había crecido aprendiendo carpintería de su padre, que era pastor. Mi padre examinó cuidadosamente el jarrón de Chris con silenciosa aprobación. Éramos una familia de agricultores y conocíamos bien los cuatro pilares del sano equilibrio: cabeza, corazón, manos y salud. Al parecer, a su manera, la familia de Chris también los conocía.

Durante el resto de nuestro noviazgo de dos años, y a lo largo de los primeros años de nuestro matrimonio, Chris y yo descubrimos que el concepto del trabajo como forma de adoración era sencillo. Él escribía y editaba para la editorial Bruderhof, mientras que yo daba clases en nuestra escuela primaria. Nos encantaban nuestros trabajos. Le dimos la bienvenida a nuestro primer hijo, luego a un segundo, y nos dedicamos por completo a ser padres, sin dejar de buscar oportunidades para servir a nuestra comunidad y nuestro vecindario.

Luego, en noviembre de 2002, Chris y yo aceptamos una invitación de nuestra iglesia para mudarnos a Australia y unirnos a una nueva comunidad Bruderhof llamada Danthonia. Llegamos a la zona rural de Nueva Gales del Sur y encontramos a unos cuantos hermanos y hermanas que vivían en cobertizos y sencillas cabañas en acres de tierra árida. No había mucho más, excepto trabajo, mucho trabajo.

Al principio, pensamos que la agricultura proporcionaría los ingresos que tanto necesitábamos y añadiría valor a la región. Pero cuando llegamos, la tierra estaba exhausta tras dos años de sequía y más de 80 años de pastoreo excesivo.

Mientras trabajábamos para restaurar la tierra, nuestra comunidad puso en marcha una empresa de letreros tallados a mano. Los primeros años estuvieron llenos de contratiempos y sorpresas, y apenas hubo ventas.

Cuando no estaba trabajando en tareas administrativas, Chris adquirió mucha experiencia con los cinceles y ayudaba a tallar las letras de los letreros, y cuando yo no estaba enseñando en la escuela, echaba una mano con las ventas y la pintura de letreros. Poco a poco, el negocio creció.

Al mismo tiempo, junto con otros miembros de Danthonia, renovamos cobertizos para convertirlos en viviendas, cultivamos verduras, construimos un matadero, plantamos huertos, criamos a nuestros hijos y nos adaptamos tanto a las sequías abrasadoras como a las lluvias torrenciales.

Trabajo, adoración, servicio, amor. Nos dedicamos en cuerpo y alma a la tierra, la comunidad y el hogar, con montañas de trabajo por delante, a continentes de distancia de lo que habíamos conocido. Nuestra vida parecía carecer de límites: el trabajo era incesante. El trabajo como adoración perdió su brillo idealizado. ¿Era esto lo que Dios quería para nosotros?

Fue por esa época cuando descubrí la palabra hebrea avodah, y nuestra desafiante vida en Australia comenzó a cobrar un nuevo significado.

La Torá hebrea utiliza la palabra avodah para describir el brutal trabajo de los esclavos israelitas (avadim) en Egipto. También es la palabra que designa el duro trabajo de los sacerdotes levitas que ofrecían sacrificios a Dios en el tabernáculo y, más tarde, en el templo: avivar grandes fuegos, sacrificar animales, levantar pesados sacos de grano. Hoy en día, los judíos todavía se refieren a sus oraciones diarias como avodah shebalev, «el trabajo/culto/adoración que está en el corazón».

El rabino Jonathan Sacks explica que, mientras que las traducciones al inglés utilizan palabras como «ceremonia» o «servicio» para describir las conmemoraciones de la Pascua avodah (véase Éxodo 12), «trabajo duro» sería una traducción más precisa:

La misma palabra se utiliza para describir la esclavitud y la libertad, la servidumbre y la liberación, Egipto y el éxodo… Nada ha cambiado. Allí éramos avadim, aquí somos avadim. Allí teníamos que trabajar para un amo, aquí tenemos que trabajar para un Amo. Allí era duro, aquí es duro. Lo único que ha cambiado es la identidad del amo. Allí era el faraón. Aquí es Dios. Pero seguimos siendo avadim.

En el Nuevo Testamento, tal vez el apóstol Pablo tenía algo similar en mente cuando se autodenominó «siervo [o esclavo] de Cristo Jesús» (Romanos 1:1), no solo como una declaración de lealtad, sino también como un reconocimiento del riguroso trabajo que el verdadero discipulado demanda.

El ejemplo definitivo de avodah es el propio Jesús, que nos desafía a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo (Mateo 16:24). La noche en que supo que sería traicionado, Jesús enseñó a sus discípulos una profunda lección, realizando la tarea de un esclavo al lavarles los pies. Les recordó —y nos recuerda a nosotros— que si el propio Maestro está dispuesto a servir a sus siervos, cuánto más deben ellos cuidarse unos a otros (Juan 13:12-17).

En aquellos primeros años en Australia, nuestro trabajo era riguroso, físicamente demandante, en un clima intenso y con una infraestructura mínima. Sin embargo, mientras meditaba sobre el significado de avodah, me sentí impulsada por la emoción liberadora de emprender la obra del reino: comprometer mi corazón, mi mente y mi cuerpo para construir algo hermoso para Dios en una tierra extraña.

Chris y yo volvíamos a casa tarde después de un día de trabajo y una noche de adoración, mirábamos la cercanía de las estrellas y nos dábamos cuenta de la cercanía de las relaciones que estábamos formando con nuestros nuevos hermanos y hermanas, con nuestros numerosos invitados, con nuestros vecinos y entre nosotros.

Me alegra decir que esos años de intensa construcción ya han quedado atrás. Los ritmos de descanso, por supuesto, son la base de los hábitos de trabajo sostenibles. Nuestra vida laboral ahora tiene límites, nuestra tierra está floreciendo y nuestro negocio está consolidado. Trabajamos duro y descansamos bien.

No deseo volver a esos primeros años, pero sus lecciones permanecen. Nos convertimos en un pueblo de trabajo como adoración visible. Cada día ofrecía oportunidades concretas para mostrar amor y perdón a los demás, para participar en un discipulado del corazón y de las mano. Cada día sigue siendo así.

Chris y yo llevamos casi 25 años viviendo en Danthonia. No todos los cristianos sienten el llamado a vivir en comunidades intencionales como la nuestra, pero el llamado a ver el trabajo como adoración es universal. Es lo que ha inspirado a las iglesias de nuestra zona a cocinar y servir comida semanalmente para quienes necesitan alimento y compañía. Es lo que ha motivado a un amigo de 86 años a recaudar fondos para cientos de tanques de agua en Myanmar.

Avodah se expresa de innumerables maneras y, sin duda, está impulsando al cuerpo de Cristo a realizar obras de misericordia tanto cerca como en el mundo en general.

Naturalmente, en cualquier vida compartida, ya sea de trabajo, familia, comité o iglesia, tenemos la capacidad de hacernos daño unos a otros. Pero al realizar las tareas menos deseables a través del servicio, también tenemos la capacidad de honrar a Cristo por medio de las personas con las que vivimos y a las que amamos; a las que hemos hecho daño y las que nos han hecho daño.

De esta manera, una tradición de trabajo se convierte en el cumplimiento del amor.

Algunas personas limpian inodoros, otras hacen limpiezas dentales. Algunas afilan cuchillos, otras aguzan mentes en crecimiento. Algunas tallan madera, otras pulen palabras. En todas nuestras vidas, y dondequiera que nos encontremos, podemos elegir convertir el trabajo más humilde en actos de amor tan profundos como lavar los pies de otra persona: preparar té, barrer el suelo, cocinar, doblar la ropa limpia, lavar los platos. Avodah.

Sigo observando a Chris mientras trabaja en el fregadero comunitario. Veo cómo limpia el desagüe con la misma meticulosidad que aplica a la artesanía de las palabras. Veo el jarrón con forma de garza, que ha volado con nosotros a través de océanos y varios continentes, y que sigue adornando nuestra mesa.

Todo esto me recuerda que cuando el corazón y las manos trabajan en armonía, motivados por el amor, existe la posibilidad de que nazca algo hermoso: un acto de adoración.

Norann Voll vive en la comunidad Bruderhof Danthonia, en la Australia rural, con su esposo, Chris. Tienen tres hijos. Escribe sobre el discipulado, la maternidad y la alimentación de las personas. Encuéntrala en Instagram, X y Substack.

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