Theology

El significado eterno de la copa

La Comunión es un reflejo de nuestro mundo quebrantado, y un anticipo de Aquel que está por venir.

«Naturaleza muerta con uvas» de Edith White.

«Naturaleza muerta con uvas» de Edith White.

Christianity Today April 6, 2026
WikiMedia Commons / Ediciones de CT

La comunión, también conocida como la Eucaristía y la Cena del Señor, es el sacramento cristiano más central, pero nuestras iglesias lo celebran de formas muy distintas. Dejando de lado los debates teológicos sobre su significado y la cuestión de la frecuencia, podríamos fijarnos en las diferentes bebidas que tomamos: algunas de nuestras tradiciones eclesiásticas usan vino, y otras usan jugo de uva (o bien, vino sin alcohol).

En lugar de buscar la uniformidad en la práctica, hagamos uso de este espacio para reflexionar sobre esta diferencia a profundidad. Si la Comunión es importante de las reuniones dominicales, ¿cuál es un buen marco teológico que explique la diversidad en nuestra práctica común?

La presencia o ausencia de vino en la Comunión no refleja simplemente la actitud de una iglesia hacia el consumo de alcohol en general. En cambio, me parece más útil pensar en esta diferencia en términos de escatología (o el «fin de los tiempos»). Cuando Jesús instituyó la Cena del Señor, lo hizo vinculándola directamente a un tiempo de banquete en el reino venidero, cuando volverá a beber vino (Mateo 26:29; Lucas 22:15–16, 18). Si la Comunión es un anticipo de ese futuro banquete mesiánico, entonces es como un aperitivo antes de que llegue el plato principal.

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La comunión, como experiencia presente del banquete futuro, ocurre en un contexto plagado de pecado, maldad y muerte. Aunque la fiesta venidera celebrará el fin de esas cosas, la Cena del Señor es una práctica que transmite la tensión entre las dos eras: lo que los teólogos llaman «escatología inaugurada» o «lo que ya es y lo que todavía no es». Es decir, el banquete mesiánico ya se experimenta en el presente, pero la celebración aún no está en pleno apogeo.

En este sentido, tanto el vino como el jugo de uva son aspectos importantes de nuestra práctica común como cristianos, porque juntos, cada uno a su manera, son testigos del banquete prometido que está por venir. Cuando algunas tradiciones usan vino en la Comunión, están participando en el anticipo del vino guardado para todos nosotros cuando Dios restaure todas las cosas (Isaías 25:6; Amós 9:13–14; Joel 3:18). Hacer esto es inclinarse hacia el ya del banquete.

Cuando otras tradiciones usan jugo de uva, por el contrario, están reservando su apetito. Se sienten impulsadas por el todavía no del banquete, tal y como se refleja en el quebrantamiento persistente de nuestro mundo. Las cosas no son como deberían ser (y como serán), y por eso las fuerzas de la corrupción siguen arrastrándonos hacia la muerte a través de la adicción, el abuso y el alcoholismo.

Desde esta perspectiva, ninguna de estas prácticas cristianas es mejor que la otra, ya que el reino está aquí y, al mismo tiempo, aún no está plenamente aquí. De hecho, unir estas prácticas puede ofrecernos una perspectiva equilibrada para que no caigamos por error en un extremo u otro. En ambas prácticas, podemos ver elementos de celebración y lamento cuando nos sentamos a la mesa en medio de nuestro mundo quebrantado y en anticipación del que está por venir.

Una postura dual con respecto a la presencia y la ausencia del reino se refleja incluso en las dietas de Jesús y Juan el Bautista. La gente pensaba que ambos se acercaban a la comida y la bebida de forma inapropiada. Creían que Juan estaba poseído por un demonio porque no comía ni bebía como Jesús, pero también pensaban que Jesús no se imponía límites y por eso lo llamaban glotón y borracho (Mateo 11:18–19; Lucas 7:33–35).

Sin embargo, Jesús no dice que su dieta fuera mejor que la de Juan. En cambio, dice: «La sabiduría queda demostrada por sus hechos» (Mateo 11:19, NVI). En otras palabras, hay sabiduría en ambos enfoques, y lo que demuestra la sabiduría de sus respectivos enfoques, aunque no sean idénticos, son los resultados que se derivan de ellos (los «hechos»). Ambas pueden ser posturas legítimas con respecto al alcohol.

Pero la sabiduría de la abstinencia y la sabiduría de la moderación no son algo inherente. Ambas pueden ser una locura, si de su enfoque resulta la locura. En contexto, estas dos posturas también sugieren una actitud hacia el futuro reino del Mesías. Juan el Bautista se abstenía porque el reino estaba cerca; Jesús celebraba porque el reino ya estaba aquí. Demuestran la tensión del ya y el todavía no.

Aunque Juan el Bautista no era un ser divino, las elecciones divergentes de Juan y Jesús sugieren que deberíamos esperar y admitir una diversidad similar de expresiones en lo que respecta al consumo de vino, a la luz de la presencia y ausencia simultáneas del reino. Y entonces, ¿por qué no aplicar este enfoque dual también al uso del vino en el ritual cristiano que lo requiere?

Algunos podrían objetar, argumentando que todos deberíamos intentar imitar la práctica cristiana más antigua, no obstante, el problema es que casi todas las copas de comunión contemporáneas contienen algo muy diferente de las primeras copas que los cristianos se pasaban entre sí.

Ninguna de nuestras prácticas de comunión reproduce exactamente las prácticas cristianas más antiguas, porque el «jugo de uva» solo se podía elaborar una vez al año, durante la vendimia a finales de verano, y se fermentaba muy rápidamente. El vino de la comunión antigua tampoco era como los vinos fortificados que se utilizan hoy en día en las tradiciones que practican la copa común, porque aún no se habían desarrollado las técnicas de elaboración de los licores destilados. En otras palabras, debemos reconocer que nuestras prácticas de comunión no reproducen exactamente el pasado (para más información sobre el desarrollo histórico del vino, véase Paul Lukacs, Inventing Wine; Patrick McGovern, Ancient Wine; Hugh Johnson, The Story of Wine).

El vino fue la práctica principal de la comunión hasta que se inventó la pasteurización en el siglo XIX [que permite la preservación del jugo de uva]. Sin embargo, algunos de los primeros cristianos usaban agua o se abstenían por completo de la copa.

Andrew McGowan, de la Berkeley Divinity School de la Universidad de Yale, ha escrito el mejor análisis de este fenómeno en su libro Ascetic Eucharists. La mayoría de los grupos conocidos por celebrar la comunión sin vino fueron considerados heréticos por otros motivos teológicos, pero comparten con muchos cristianos contemporáneos el rechazo al uso de una bebida alcohólica en la comunión. Es de suponer que, si esos primeros cristianos hubieran tenido acceso al jugo de uva disponible en nuestros días, habrían estado encantados de utilizarlo en la comunión, como hacen hoy muchas iglesias.

A medida que reflexionamos más profundamente sobre las prácticas relacionadas con la copa, podemos mirar hacia el regreso de Cristo. El hecho de que, como iglesia global, practiquemos la comunión de formas diversas en lo que respecta al vino y al jugo de uva puede verse como dos caras de nuestro testimonio mutuo y de nuestro testimonio común ante el mundo.

John Anthony Dunne (doctor por la Universidad de St Andrews) es profesor asociado de Nuevo Testamento en el Seminario Bethel (Saint Paul, Minnesota) y autor de The Mountains Shall Drip Sweet Wine: A Biblical Theology of Alcohol.

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