Andrée McDonald tenía 48 años y estaba perdiendo su batalla contra el cáncer de útero cuando decidió poner fin a su vida mediante la eutanasia. Su esposo y sus padres se enteraron de su decisión un viernes. El lunes por la tarde, ya había fallecido. Un médico le había administrado fármacos letales por vía intravenosa que provocaron que el corazón y los pulmones de Andrée dejaran de funcionar. Aproximadamente una hora después de su muerte, su marido les contó a sus dos hijos adolescentes lo que había sucedido. Andrée no quería que supieran que había elegido la eutanasia, pero su marido insistió en que conocieran la verdad.
En Canadá, donde vivía Andrée, su decisión se conoce oficialmente como el programa «Asistencia Médica para Morir» (MAID, por sus siglas en inglés). Sus padres la llaman «ejecución patrocinada por el Estado».
«La vi cuando murió», dijo su padre, Roderick McDonald. Mientras Andrée abandonaba este mundo, él le repetía una y otra vez que Jesús estaba con ella. La madre de Andrée, Louise McDonald, no estaba presente. La pareja es católica, y las enseñanzas de dicha iglesia califican la eutanasia como «un crimen contra la vida humana». Los católicos no tienen permitido estar presentes durante la muerte por eutanasia, el proceso mediante el cual un profesional médico administra directamente una dosis letal de fármacos a un paciente.
Los médicos de Andrée dijeron que le quedaban nueve meses de vida cuando le diagnosticaron cáncer en 2018. Se sometió a radioterapia y vivió dos años más. Pero cuando el cáncer regresó con fuerza en 2020, el pronóstico era sombrío. También lo era el panorama de los cuidados paliativos. Andrée quería salir del hospital y recibir cuidados paliativos en casa, pero la pandemia de COVID-19 impedía que las enfermeras entraran en las casas.
Los McDonald afirman que su hija padecía trastorno bipolar, pero que no estaba recibiendo medicación para su enfermedad mental cuando decidió poner fin a su vida porque a sus médicos les preocupaban las interacciones farmacológicas.
Roderick, un profesor de inglés jubilado, escribió una vez un poema sobre su pequeña hija chapoteando en la playa con un traje de la Mujer Maravilla. Tras la muerte de Andrée el 30 de noviembre de 2020, escribió sobre cómo la vio morir.
Lo que me queda es una máscara de muerte,
y el cuerpo de porcelana
de mi hermosa hija.
La habitación está vacía.
Se han escabullido
como ratas.
Desde que Canadá legalizó la eutanasia hace diez años, el movimiento ha cobrado impulso rápidamente, y algunos describen su avance como el de un tren fuera de control. El suicidio asistido representa ahora 1 de cada 20 muertes en Canadá. Se estima que este año, el país alcanzará un total de 100 000 personas fallecidas por medio del programa.
Hace cinco años, la política de MAID en Canadá, que originalmente estaba permitida solo para personas con enfermedades terminales, se amplió para incluir a canadienses con enfermedades crónicas y para discapacitados aun si no se encontraban en fase terminal. El año que viene, Canadá tiene previsto permitir la eutanasia a las personas con enfermedades mentales. Además, un grupo muy activo dentro del país está haciendo campaña para permitir que los «menores maduros» —es decir, niños— mueran legalmente mediante el suicidio asistido.
Si bien la eutanasia también es legal en otros países, entre ellos los Países Bajos, España y la mayor parte de Australia, la práctica del suicidio asistido por un médico se ha extendido más rápidamente. En el suicidio asistido, un médico receta los fármacos letales, pero el paciente debe administrárselos él mismo.
Canadá permite ambas formas de suicidio y se ha convertido cada vez más en un ejemplo paradigmático de estos programas. Algunos legisladores de otros países han mirado a la nación norteamericana como un ejemplo admonitorio, incluso a medida que los argumentos a favor del suicidio asistido —descrito por sus defensores como «muerte digna»— cobran impulso. Actualmente, al menos una forma de suicidio asistido es legal en más de diez de países, la mayoría de ellos en Europa, así como en once estados de Estados Unidos y en Washington, D. C. Más de diez de los demás estados están considerando legalizar el suicidio asistido por un médico. [Colombia fue el primer país Latinoaméricano en legalizar la eutanasia en 1997, y aprobó el suicidio asistido en 2022. Desde 2021, tanto el suicidio asistido por un médico como la eutanasia son legales en España. En años más recientes, Ecuador legalizó la eutanasia 2024 y Uruguay en 2025].
En los años 90, muchos cristianos alzaron la voz contra el suicidio asistido cuando el nombre del Dr. Jack Kevorkian se hizo conocido por participar en decenas de suicidios en Míchigan. Desde entonces, la pasión evangélica contra el suicidio asistido parece haber disminuido. Mientras que los evangélicos han dejado un vacío en muchos espacios públicos en lo que respecta a las cuestiones relacionadas con el final de la vida, la Iglesia católica a menudo ha ocupado ese lugar. A medida que más estados y países se plantean legalizar esta práctica, todos los creyentes deben alzar juntos sus voces en defensa de la vida.
Los cristianos que se oponen al suicidio asistido afirman que la vida es sagrada. Dios creó a los seres humanos a su imagen (Génesis 1:27), y no tenemos derecho a destruirnos a nosotros mismos ni a los demás. Como el teólogo Brad East escribió para CT:
La enseñanza moral de la Iglesia siempre ha sostenido que el asesinato, definido como la privación intencional de la vida, es intrínsecamente malo. De ello se desprende que tener la intención activa de provocar la muerte de un ser humano anciano o enfermo, y luego provocar deliberadamente esa muerte mediante algún acto como la administración de medicamentos, es siempre y en todas partes moralmente incorrecto.
El cristianismo también sostiene una concepción contracultural del sufrimiento. Como personas que adoran a un Salvador que sufrió y murió voluntariamente, los cristianos están llamados a soportar el sufrimiento y a amar y cuidar a quienes sufren. La palabra autonomía no es una palabra intrínsecamente cristiana. Más bien, estamos llamados a una interdependencia radical mientras recorremos el camino estrecho hacia la vida eterna, donde el sufrimiento dejará de existir.
La lucha contra el suicidio asistido encaja naturalmente con las opiniones provida que muchos evangélicos defienden. Sin embargo, hoy en día, la Iglesia católica es posiblemente la voz más firme y coherente en la lucha contra la eutanasia y otras formas de suicidio.
Por ejemplo, un titular del Catholic Herald de junio de 2025 declara: «Las iglesias cristianas están dejando descaradamente a los católicos solos en la lucha contra el proyecto de ley sobre el suicidio asistido del Reino Unido». El artículo criticaba a los líderes anglicanos, bautistas y metodistas del Reino Unido por no luchar por la vida con suficiente intencionalidad.
Sin embargo, sí hubo cierta oposición evangélica al proyecto de ley británico que fue aprobado en la Cámara de los Comunes el año pasado. La medida sigue en debate en la Cámara de los Lores, que puede enmendar o retrasar el proyecto de ley, pero no anularlo.
La política es «el mayor cambio propuesto para nuestro tejido social en el transcurso de una sola generación», afirmó Gavin Calver, director ejecutivo de la Alianza Evangélica en el Reino Unido. Además, advirtió que la política normalizaría el suicidio como una opción positiva y pondría «a los más vulnerables en riesgo de sufrir abusos y coacción».
No obstante, el mensaje provida no es el único discurso proveniente de las iglesias del Reino Unido y de otros lugares. Muchos feligreses apoyan el suicidio asistido, que algunos líderes eclesiásticos han calificado como una opción cristiana compasiva. En el Reino Unido, el grupo Dignity in Dying cuenta con el apoyo de George Carey, el antiguo arzobispo de Canterbury. «Hacer todo lo posible para aliviar el sufrimiento innecesario y traer paz es un acto profundamente cristiano», dijo Carey. (Carey dimitió como sacerdote en 2024 después de que una investigación revelara que no había protegido a los niños de situaciones de abuso).
En Estados Unidos, es habitual leer sobre la oposición católica al suicidio asistido, pero los esfuerzos de los protestantes parecen acaparar menos titulares. Tomemos como ejemplo mi estado natal, Nueva York, que recientemente se convirtió en el último estado del país en permitir el suicidio asistido después de que la gobernadora Kathy Hochul promulgara la Ley de Asistencia Médica para Morir en febrero de este año.
Cuando hice mi propio muestreo de los principales artículos de prensa sobre el proyecto de ley, el 80 % mencionaba la oposición de los obispos católicos de Nueva York. El 20 % restante no incluía ninguna perspectiva religiosa. Ninguna noticia mencionaba la oposición de los evangélicos ni de ningún otro grupo cristiano.
Aproximadamente una cuarta parte de los neoyorquinos son protestantes, y el 10 % se identifica como evangélico. ¿Están estos creyentes ignorando el suicidio asistido, o se trata más bien de un problema de relaciones públicas?
Jason McGuire, director ejecutivo de New York Families Action, una organización de políticas públicas que representa a los evangélicos del estado, me dijo que una de las razones por las que la voz católica se escucha con más frecuencia se reduce a las estructuras jerárquicas. La comunicación fluye de manera eficiente de arriba hacia abajo, y el mensaje tiende a ser coherente. Sin embargo, esa no es la única explicación.
«Reconozco —sin suavizarlo— que una de mis luchas es intentar que los pastores de todo el estado presten atención a diversas cuestiones legislativas o de política pública, y esta es un poco más difícil», dijo McGuire. Mencionó que los evangélicos tardaron años en alcanzar a los católicos en el tema del aborto, y está viendo el mismo tipo de retraso con el suicidio asistido. «[Los evangélicos] están luchando por las cuestiones relacionadas con el comienzo de la vida», dijo, «pero aún no han abrazado plenamente la lucha contra las cuestiones relacionadas con el final de la vida».
Un informe de CT de 2024 señalaba que pocos pastores evangélicos en Canadá habían abordado la eutanasia con sus congregaciones. Incluso el clero provida a menudo no estaba bien informado sobre los entresijos de las leyes de suicidio asistido del país.
«El silencio ha sido ensordecedor», dijo Heidi Janz, especialista en ética de la discapacidad que tiene múltiples discapacidades y utiliza un sintetizador de voz para pronunciar declaraciones públicas. Janz ha hablado ante audiencias cristianas, pero no ha visto mucha respuesta. «La respuesta general es mera indiferencia», le dijo a CT. «Creo que habrá mucho por lo que deberemos rendir cuentas».
No todos los evangélicos se mantienen al margen. Algunos pastores canadienses están alzando la voz y viendo cómo cambian los corazones. Según me contó McGuire, del otro lado de la frontera, en Nueva York, el suicidio asistido ha estado en el punto de mira de su organización durante años debido a que los legisladores estatales habían intentado legalizarlo en repetidas oportunidades sin éxito. Añadió que miles de cristianos de todo el estado se unieron a la lucha poniéndose en contacto con sus legisladores y difundiendo el mensaje entre sus comunidades eclesiásticas. Muchos otros, sin embargo, no se enteraron de la legislación hasta que fue demasiado tarde.
El grupo de McGuire forma parte de una coalición llamada Alianza de Nueva York Contra el Suicidio Asistido, que incluye a católicos, protestantes, judíos y grupos laicos como Feministas de Nueva York a Favor de la Vida (FCLNY, por sus siglas en inglés). Michele Sterlace-Accorsi, directora ejecutiva de FCLNY, me dijo que su fe cristiana es la fuente que inspira su activismo, pero que el grupo que dirige es intencionadamente no sectario y no partidista. Su intención es que la gente sepa que no es necesario profesar una determinada fe para oponerse al suicidio asistido, al que ella llama «violencia respaldada por el Estado» que equivale a «legalizar las sobredosis de drogas». Pero agradecería una mayor implicación de los cristianos.
Sterlace-Accorsi se hizo abogada para ayudar a los pobres y marginados, y le preocupa profundamente que los neoyorquinos más vulnerables, incluidos los discapacitados, se vean afectados de manera desproporcionada por el suicidio asistido. También citó estudios que muestran un aumento en las tasas generales de suicidio en lugares donde el suicidio asistido por un médico es legal, y que muestran que las mujeres han sido afectadas desproporcionadamente.
«Se podría argumentar que el suicidio, al igual que el aborto, es antimujeres», dijo Sterlace-Accorsi. «Es una forma más de degradar a las mujeres, al igual que a los demás sectores vulnerables de la población».
El grupo FCLNY no suele aparecer en los reportajes sobre el suicidio asistido. Tampoco lo hacen los grupos de defensa de los derechos de las personas con discapacidad que se oponen rotundamente a la ley. Estas omisiones, según McGuire, son estratégicas.
«Nuestros oponentes en este tema suelen presentar esto ante los medios de comunicación diciendo: “Bueno, los católicos se oponen”. Y lo hacen por una razón», dijo. «Pueden plantear el argumento y decir: “Su único argumento se basa en la fe. Solo los católicos no están de acuerdo”. Y esa narrativa empieza a cobrar fuerza».
Una noticia reciente de una filial de la CBS en Albany citó a la asambleísta de Nueva York Amy Paulin, quien patrocinó el proyecto de ley estatal sobre el suicidio asistido.
«Es un poco preocupante, porque no creo que haya mucha oposición a este proyecto de ley», dijo Paulin. «La oposición proviene de un solo lugar. Es la Iglesia católica y la Conferencia Episcopal. No hay otra fuerza de oposición. Contamos con un amplio apoyo de la población. Contamos con el apoyo del Colegio de Abogados del Estado de Nueva York, de los médicos y de la Sociedad Médica del Estado de Nueva York (MSSNY, por sus siglas en inglés). No hay ningún grupo organizado, salvo la Iglesia católica, que se oponga al proyecto de ley».
Pero eso era mentira. De hecho, los miembros de la Alianza contra el Suicidio Asistido se han manifestado en varias ocasiones en contra del proyecto de ley. Tanto médicos como defensores de los pacientes, personas con discapacidad y un especialista en ética biomédica testificaron contra el suicidio asistido ante la Comisión Permanente de Salud de la Asamblea del Estado de Nueva York, que es presidida por la asambleísta Paulin.
«Honestamente, estoy cansada de tener que señalar los engaños en la retórica de los defensores, que buscan lavarle el cerebro a los medios», dijo Eve Slater, cardióloga e internista del Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York, quien anteriormente ocupó el cargo de subsecretaria del Departamento de Salud y Servicios Humanos.
Hace unos años, Slater formó un grupo de médicos y enfermeros que se oponen al suicidio asistido después de que escuchara a Lydia Dugdale, profesora de la Universidad de Columbia y especialista en ética, hablar en contra de esta práctica. El suicidio asistido «no tiene que ver con florecer mientras uno está muriendo, ni con fomentar la vida y la comunidad. Más bien, se trata de control y de aprovechar los recursos de la medicina para infligir la muerte», escribió Dugdale para CT en 2024.
Dugdale ha sido una firme opositora a los proyectos de ley sobre el suicidio asistido en Nueva York y otros lugares, y ha escrito que esta práctica «libera a las personas de su responsabilidad de cuidar a sus familiares que están muriendo. Exime a las comunidades de su deber de abordar el aislamiento social y absuelve a los sistemas de salud de su obligación de proporcionar servicios de asistencia a las personas con diagnósticos terminales o a las personas con discapacidades».
Las palabras de Dugdale convencieron a Slater para unirse a la lucha. «Me horrorizó lo que podría suceder» en Nueva York, afirmó. El grupo de Slater comenzó con otros profesionales médicos de la Universidad de Columbia, pero desde entonces se ha expandido a otros hospitales de Nueva York.
Su grupo, que actualmente lleva el nombre de Mesa Redonda de Biomedicina de Nueva York (NYBMR, por sus siglas en inglés) incluye a cientos de profesionales de la salud cristianos, judíos, musulmanes y personas que no profesan ninguna religión que provienen de varios hospitales destacados.
«Son los marginados, los discapacitados, las personas sin muchos recursos sociales, sin un médico propio; son esas personas las que van a … ser aplastadas y sacrificadas de forma innecesaria por estas leyes», dijo Slater.
Slater viajó a la capital del estado para presionar contra la Ley de Asistencia Médica para Morir de Nueva York y dijo que los defensores del suicidio asistido contaban con una buena financiación, estaban bien organizados y eran fervientes promotores de la causa. Y su estrategia les dio resultado.
«Los defensores son muy, muy apasionados», dijo Slater, «y parecen tener, por así decirlo, como su propia religión, con esta cuestión de la autonomía personal».
Para los cristianos que reflexionan sobre este tema, es difícil ignorar los numerosos mandamientos de la Biblia de amarnos y cuidarnos unos a otros (Juan 13:34; Romanos 12:10), de llevar las cargas los unos de los otros (Gálatas 6:2) y de valorar por igual a cada miembro del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12; Efesios 4:16). Esta imagen del cuidado comunitario colisiona con la autonomía desenfrenada que promueven muchos defensores del suicidio asistido. Las personas que sufren pueden tomar una decisión permanente y letal sin consultar a una sola persona que las conozca.
En Canadá, una solicitud de MAID debe ser aprobada por dos médicos profesionales y firmada por un testigo independiente. Los médicos y el testigo no necesitan saber nada sobre las creencias, los antecedentes, la familia o la salud mental de la persona. No tienen la obligación de ponerse en contacto con familiares o amigos de la persona que busca poner fin a su vida.
El proyecto de ley de suicidio asistido de Nueva York funcionará de manera similar y se aplicaría de forma legal únicamente a adultos que padezcan una enfermedad terminal y tengan una expectativa menor a seis meses de vida.
No obstante, Slater señaló que no existe una definición ampliamente aceptada de enfermedad terminal. Según explicó, la redacción del proyecto de ley permitiría que un diabético que dejara de tomar insulina fuera considerado como una persona con una situación terminal y reuniera los requisitos para el suicidio asistido por motivos médicos. En una época en la que muchas personas no tienen un médico de cabecera, Slater y muchos otros médicos ven numerosas oportunidades para que proveedores sin escrúpulos se aprovechen de los más vulnerables.
Los médicos que se oponen a la muerte asistida no pueden conciliar esta práctica con su promesa de «no hacer daño». La Asociación Médica de Estados Unidos (AMA, por sus siglas en inglés) lo afirma: «El suicidio asistido por un médico es fundamentalmente incompatible con el papel del médico como sanador, sería difícil o imposible de controlar y plantearía graves riesgos sociales». Slater dijo: «Sin duda, va en contra del juramento que hice».
James «Jim» Phillips planeó en secreto su muerte con su enfermero especializado en abril de 2023. Su hija, Colleen De Vos, cuenta que los documentos de la eutanasia fueron firmados por el peluquero de su padre a puerta cerrada en la casa de Phillips en Delhi, Ontario.
Colleen, quien es hija única, recuerda nadar con su padre a orillas del lago Erie, remar en balsa y saltar las olas juntos. Phillips sirvió en la Artillería Real Canadiense antes de convertirse en agente de policía y, posteriormente, en director de la cárcel local. A Colleen le encantaba ir en el coche patrulla de su padre a la heladería.
«Mi papá siempre pedía un helado de tres bolas con dos de chocolate y una de vainilla», dijo. «Chocolate abajo, vainilla arriba».
Phillips creció en una localidad dedicada a la producción de tabaco y empezó a fumar a los 14 años. Cuando llegó a los 80 años, padecía una enfermedad pulmonar obstructiva crónica grave. Su médico le dijo que la enfermedad pronto le causaría la muerte si no dejaba de fumar.
«Mi padre siempre fue un hombre muy sociable», dijo De Vos. Iba todos los días a la tienda de conveniencia a charlar con la persona del mostrador o se dirigía al banco «para contarles chistes a las chicas».
Imágenes cortesía de Ashlen De VosA medida que aumentaba su necesidad de oxígeno, «su mundo se fue reduciendo cada vez más», dijo De Vos, «y se enfrentó a esas decisiones difíciles, que pienso que también afectaron su orgullo».
De Vos ayudó a su padre a solicitar cuidados paliativos, pero la solicitud fue denegada al principio del proceso. Le dijeron a la familia que su estado no era lo suficientemente grave como para que el sistema sanitario público pagara los cuidados paliativos. Pero según las leyes de Canadá, sí era lo suficientemente grave como para que un médico le quitara la vida.
Collen se horrorizó cuando descubrió que su padre había conspirado con su enfermero especializado después de que decidiera poner fin a su vida mediante la eutanasia. Ella y su esposo le suplicaron que cambiara de opinión, pero Phillips se mantuvo decidido.
Unos días antes de la eutanasia programada de su padre —«Fue como pedir turno en la peluquería», dijo Colleen—, una furgoneta de reparto blanca se detuvo frente a su casa para entregar una gran caja de cartón con el logo de MAID. «Como si uno hubiera comprado algo en Amazon».
La caja de la muerte, llena de tubos estériles y veneno letal, permaneció en el sótano de la casa de Phillips, donde su hija la guardó hasta la hora programada. «Aunque no la podíamos ver, podíamos sentirla», dijo Colleen. «Era una caja siniestra que estuvo en el sótano por cuatro largos días».
El 25 de abril de 2023, un auto descapotable rojo se estacionó en la entrada del garaje. De Vos contó que una mujer joven salió del auto y procedió con calma a poner fin a la vida de su padre. De Vos no soportó quedarse a verlo morir, así que buscó refugio en su iglesia, donde el sacerdote le había dejado abierta la puerta del costado del edificio. Horrorizada por la forma en que su padre estaba muriendo, clamó a Dios.
«No pude llegar a esa iglesia lo suficientemente rápido», dijo De Vos, «y literalmente caí de rodillas, y mi esposo vino conmigo y me sostuvo la mano». A las tres de la tarde, supo que su padre había fallecido. «Había tanta gente orando por nosotros en ese momento, y simplemente sentí una profunda gracia y misericordia».
Conocí a Colleen después de que Slater, la doctora de Nueva York, me animara a echar un vistazo a la Coalición de Prevención de la Eutanasia (EPC, por sus siglas en inglés) de Canadá. Un miércoles por la noche en noviembre del año pasado, me uní a una videollamada grupal con unas 60 personas y escuché las historias de familias que habían perdido a seres queridos a causa de la eutanasia. Tanto Colleen como Roderick y Louise McDonald se encontraban entre los ponentes.
La EPC es un grupo laico, pero De Vos y los McDonald no tardaron en mencionar su fe. Parecían albergar una frágil esperanza en medio de su dolor y su ira.
Los McDonald también han aparecido en una cadena de televisión católica canadiense y escribieron juntos un libro de poesía titulado The Execution. Donaron el libro a la EPC para ayudar a recaudar fondos y concienciar sobre la eutanasia.
«Pensé en terminar mi poema diciendo que me avergüenza ser canadiense por lo que está pasando en nuestro país», me dijo Louise McDonald. «Bienvenidos a Canadá, donde el médico te matará».
Cuando le pregunté a los McDonald qué creían que hay detrás de la rápida aceleración de la muerte asistida en su país, Louise no dudó al responder: «Satanás».
Sin embargo, esa no parece ser la opinión predominante en Canadá, ni entre el público en general ni en la comunidad cristiana. De Vos me contó que recientemente asistió a una reunión sobre «la muerte digna» organizada por una iglesia protestante tradicional local. Según contó, al final del evento, el sacerdote que compartió unas palabras de cierre hizo que la eutanasia sonara reconfortante y aceptable desde una perspectiva cristiana.
Escuchar al sacerdote y a otros defensores del suicidio asistido le recordó al musical Chicago y a la interpretación de Richard Gere como el abogado sin escrúpulos Billy Flynn. «Es como cuando dice: “Vamos a deslumbrarlos”, “Hagámoslo realmente atractivo”», dijo De Vos. «El lenguaje que utilizan… es muy reconfortante. Es muy cálido, brillante y hermoso. Pero la cruda realidad de que alguien elija morir de esa manera es completamente opuesta a lo que ellos presentan».
Aparte de compartir su historia en la llamada de la EPC y en un evento católico local, De Vos no ha hablado públicamente sobre la eutanasia de su padre.
«Ni siquiera lo he compartido con mis compañeros de trabajo», dijo. «Lo he mantenido en un círculo muy reducido, y creo que eso es bastante habitual para mucha gente que ha pasado por una experiencia similar».
Cuando escuchó al ministro respaldar esta práctica, es como si se hubiera encendido una llama renovada en su interior. Dijo que se está volviendo más valiente a la hora de compartir su historia sin suavizarla.
McGuire, el expastor que ha pasado años haciendo campaña contra el suicidio en Nueva York, afirma que a mediada que surgen más narrativas contradictorias desde los púlpitos y en las salas de reunión, los predicadores que creen en la santidad de la vida deben alzar la voz. Y pronto.
Pueden «elaborar un sermón que hable del propósito redentor del sufrimiento», dijo McGuire, quien actualmente está luchando contra el cáncer. «Enmarquen el tema como una cuestión relacionada con el final de la vida. Ayuden a la gente a comprender que el hecho de que estemos pasando por una experiencia difícil o incluso dolorosa no significa que sea algo que deba evitarse o que lo que estamos viviendo está mal. Hay muchos ejemplos bíblicos que ilustran la forma en que Dios no desperdicia nada y utiliza incluso el sufrimiento para sus propósitos redentores».
De Vos ha observado que los defensores del suicidio asistido parecen haberse apropiado de la palabra compasión. Permitir que las personas mueran «en sus propios términos», argumentan, es una muestra de compasión.
«Pero a menos que seamos capaces de cuidar de aquellos a quienes amamos, que están sufriendo… ¿cómo aprenderemos a convertirnos en personas compasivas?», dijo De Vos. «Creo que es una gran pérdida si no somos capaces de estar juntos en ese momento sensible al final de la vida. Y eso no significa que vaya a ser fácil. Solo pido tener fuerzas cuando llegue mi hora».
Kristy Etheridge es editora de reportajes especiales en Christianity Today.