Los tiempos han cambiado mucho desde que me convertí en cristiano hace cincuenta años. En Estados Unidos, donde vivo, la fe cristiana, que en otro momento habría sido percibida o estimada como un equipo local, pasó a ser el equipo visitante, y hasta quizás el equipo rival que es recibido con abucheos. Los resultados de algunas encuestas sugieren que el declive del cristianismo en Estados Unidos podría estar volviendo a estabilizarse, pero no sin haber pasado antes por una caída significativa. En 2007, el 78 % de los adultos estadounidenses se identificaban como cristianos. En 2024, ese número se redujo al 63 % [enlaces en inglés].
Muchos de los que vivimos en Occidente vivimos en un contexto poscristiano, a veces, en un «mundo negativo» en el que decir que somos creyentes no es simplemente neutral, sino que ahora conlleva una respuesta social negativa. Este contexto cambia todo en cuanto a la forma en que presentamos a Cristo. No obstante, no nos encontramos en un mundo nuevo; de hecho, se parece mucho al mundo de la iglesia primitiva. La diferencia está en que hoy en día debemos tener en cuenta los estereotipos sobre los cristianos y las experiencias pasadas de la gente con la iglesia.
Durante décadas, la iglesia enseñó que lo que está en la Biblia es verdad porque está en la Biblia, y punto. Sin embargo, ¿qué hacemos cuando alguien no da por sentado automáticamente que la Biblia es una fuente de verdad o, como mínimo, un libro bueno e inocuo? «Porque la Biblia lo dice» no puede ser la forma de terminar nuestras conversaciones con las personas que se identifican como «no religiosas».
Hoy en día, la forma en que nos relacionamos con los no cristianos es tan importante como el mensaje que presentamos como verdad. Los cristianos siempre han valorado la humildad y el amor sacrificial como virtudes fundamentales que reflejan el carácter de Cristo en la cruz. A lo largo de los siglos, hemos visto cómo esas virtudes pueden transformar el odio y la hostilidad en amor y respeto por todos los que han sido creados a la imagen de Dios.
La tentación suele ser recurrir a la imposición por la fuerza. Sin embargo, no solo es una solución teológica y éticamente problemática al problema de la incredulidad, sino también una estrategia ineficaz. El Evangelio se trata de un cambio interno del corazón, no de un cambio externo de la ley.
Antes incluso de meternos a debatir cuestiones controvertidas específicas como la inmigración, la sexualidad, el control de armas de fuego, las vacunas, el aborto, Oriente Medio, temas raciales, iniciativas de diversidad, entre muchas otras, debemos considerar la forma en que nos desenvolvemos en la esfera pública, donde budistas y presbiterianos, musulmanes y bautistas, judíos y agnósticos deben buscar la forma de convivir en el mismo contexto.
Quiero argumentar que la mejor estrategia inicial que los cristianos pueden emplear es escuchar, y escuchar con atención. Interactuar y crear relaciones significa persuadir, no perseguir. Debemos tomarnos el tiempo para comprender el motivo subyacente que hay detrás de la postura de la otra persona, aun cuando estemos en total desacuerdo. Lanzarse a la confrontación y al conflicto a menudo cierra puertas. En cambio, cuando escuchamos los argumentos de otra persona con interés genuino, a menudo encontramos no solo una puerta abierta, sino también un puente que nos puede llevar hacia el Evangelio.
He descubierto que buscar puntos en común a menudo cambia no solo la dirección de una conversación, sino también el tono de las palabras, y esto me permite explicar cómo Cristo marca la diferencia y ofrece una forma alternativa de ver la vida. Por ejemplo, cuando he reconocido nuestro fracaso a la hora de convivir en una cultura diversa, de repente mis conversaciones sobre temas raciales pasan de la confrontación a la colaboración.
Sin embargo, durante los últimos cuarenta años, para muchos cristianos la respuesta predeterminada en los espacios públicos ha sido confrontar. Como resultado, hemos convertido a los no creyentes en enemigos, con lo que los alejamos aún más del Evangelio. Pedro nos desafía a ofrecer una defensa de la razón de nuestra esperanza con gentileza y respeto (1 Pedro 3:15–16). En sus cartas, Pablo insiste en que los cristianos hagan el bien a todas las personas y utilicen siempre un lenguaje amable (Gálatas 6:10; Colosenses 4:5–6). Efesios 6:12, un pasaje que recurre a imágenes bélicas, declara que nuestra batalla no es contra sangre y carne, sino contra fuerzas espirituales malignas. Las personas a las que queremos convencer no son nuestros contrincantes. La verdadera batalla es espiritual, no solo intelectual o emocional. Esta batalla espiritual más profunda significa vivir nuestra fe de manera coherente, con paciencia y buscando la paz, incluso cuando defendemos nuestras creencias con valentía.
Es posible que a veces no sepamos cómo entablar una relación con las personas que necesitan lo que Jesús ofrece, pero que aún no han recibido su regalo gratuito de la gracia. ¿Las valoramos sobre el fundamento de que fueron creadas a la imagen de Dios? ¿O nos centramos primero en las decisiones que toman o en las ideas que tienen que van en contra de la Palabra de Dios? Si una persona no conoce a Dios, ¿la consideramos como nuestro adversario? ¿O como alguien por quien Cristo murió y a quien invitamos a conocer a Dios precisamente por su amor excepcional y sacrificial (2 Corintios 5:19–20)? Esta última perspectiva es inseparable de nuestra capacidad para compartir nuestra fe en un contexto pluralista.
El Evangelio es un desafío y una invitación. Sin la invitación, no tenemos el Evangelio. No obstante, a menudo veo a creyentes que, por centrarse en la confrontación, cancelan la bienvenida. Como resultado, pierden la oportunidad de atraer a su prójimo.
La Biblia es revelación de Dios. El diccionario de Oxford la define como «la revelación divina o sobrenatural a los seres humanos de algo relacionado con la existencia humana o el mundo». Piensa en esa definición. Lo que las Escrituras revelan no está separado de lo que es revelado en el mundo natural. Las afirmaciones de la Biblia constituyen el centro de la propia existencia humana. Una enseñanza no es verdadera simplemente «porque está en la Biblia». La enseñanza aparece en las Escrituras como una revelación de lo que ya es y ha sido; de lo que ya era verdad. En el principio, ya existía el Verbo (Juan 1:1).
Cuando conversamos sobre las enseñanzas de la Biblia con alguien que no tiene en cuenta o no está familiarizado con el texto, tenemos que presentar las ideas de las Escrituras en sus propios términos. Debemos defender la cosmovisión bíblica apelando a su sabiduría y verdad.
Pero además de emplear estas estrategias apologéticas, también debemos recordar que el fruto del Espíritu es fundamentalmente relacional. El Gran Mandamiento es relacional. El camino de Cristo se distingue por la forma en que nos llama a tratar a quienes se nos oponen: debemos amar a nuestros enemigos, no solo a nuestros aliados. Ese trato es la norma por la que medimos el amor cristiano.
El tono de nuestras palabras es muy importante. La mejor manera de dar testimonio en nuestro mundo es reflejando a nuestro Salvador. Solo fomentando las relaciones y el respeto podremos no solo detener el declive de la fe cristiana, sino también hacer avanzar el Evangelio de nuevo.
Darrell Bock es profesor investigador sénior de Estudios del Nuevo Testamento y director ejecutivo de comunicación cultural del Seminario Teológico de Dallas. Es autor o editor de más de 45 libros.