Ideas

La gran omisión

Columnist

En una cultura en la que las iglesias priorizan la conveniencia, hemos olvidado el rigor del aprendizaje bíblico.

A large branch of flowers growing out of an open book; the book also serves as a space where people gather, talk, and read.
Christianity Today February 12, 2026
Ilustración de Valero Doval

Si te lo pidiera, ¿podrías resumir toda la historia de la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis en menos de cinco párrafos?

¿Podrías decirme qué creó Dios en cada uno de los seis días de la creación? ¿Podrías enumerar los Diez Mandamientos en orden o los nombres de los doce hijos de Jacob? ¿Podrías decir cuál de los doce jueces fue Débora?

¿Quién era el rey de Israel cuando se dividió el reino? ¿Cuáles fueron las promesas de cada uno de los pactos bíblicos? ¿Cuál de los milagros de Jesús está registrado en los cuatro evangelios? ¿Podrías abrir tu Biblia y encontrar rápidamente el Sermón del Monte?

Si al leer estas preguntas sentiste ganas de tomar tu teléfono y buscar las respuestas en Google, no eres el único. Una crisis de alfabetización bíblica ha inundado los pasillos de las iglesias locales y ha dejado a muchos cristianos incapaces de recordar la información básica contenida en las Escrituras. Puede que algunos no consideren que estos sean conocimientos importantes para los cristianos, sin embargo, la fidelidad a la Gran Comisión exige que prestemos atención.

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En mis 25 años como maestra bíblica en la iglesia local, a menudo he oído a feligreses habituales y a participantes en estudios bíblicos confesar: «He estado en la iglesia toda mi vida y nadie me ha enseñado esto».

Más aún, nuestra falta de alfabetización bíblica conduce a un analfabetismo en materia de Teología. Cuando no conocemos la Biblia, es lógico que tampoco tengamos fundamentos teológicos. El informe State of Theology (Estado de la Teología), realizado el año pasado por Ligonier Ministries y Lifeway Research, ofreció una cruda evaluación del discipulado en las iglesias locales de Estados Unidos. Tras encuestar a los evangélicos sobre las creencias cristianas básicas, llegaron a las siguientes conclusiones:

  • Ante la afirmación «Dios acepta el culto de todas las religiones, incluyendo el cristianismo, el judaísmo y el islam», el 47 % de los evangélicos que participaron en la encuesta afirmó estar de acuerdo.
  • En respuesta a la afirmación «Todos nacen inocentes a los ojos de Dios», el 64 % se mostró de acuerdo.
  • En respuesta a la afirmación «Jesús fue un gran maestro, pero no era Dios», el 28 % afirmó estar de acuerdo.

Algo anda mal. Cada una de estas afirmaciones puede ser fácilmente rebatida como errónea incluso con relativamente pocos conocimientos bíblicos. ¿Cómo es posible que nuestras iglesias estén llenas de personas activas y comprometidas, pero con tan pocos conocimientos bíblicos? Creo que es porque hemos olvidado algunas verdades sencillas que otras generaciones de creyentes conocían.

Para empezar, hemos olvidado que el discipulado requiere aprendizaje. Hemos reducido su definición a la asistencia, el servicio, la generosidad, la creación de relaciones y, sobre todo, a discusiones dirigidas por personas afines a nuestros intereses con quienes podamos expresar nuestras emociones. Pero, en su nivel más fundamental, el discipulado es un proceso de aprendizaje, de renovación de nuestras mentes para no conformarnos más al mundo.

Tendemos a ver la Gran Comisión como un llamado a convertir a otras personas, cuando en realidad es un llamado a hacer discípulos, es decir, aprendices. La Gran Comisión requiere explícitamente enseñar a esos conversos a ser discípulos que obedezcan todo lo que se les ha mandado. Según Jesús, debemos replicar el proceso, transmitiendo el buen depósito que de otros recibimos.

La conversión ocurre en un instante. El discipulado, por su parte, es el trabajo de toda una vida. Implica la transmisión de una fe antigua de una generación a otra. Pero, según todos los indicadores, no la hemos transmitido. El veintiocho por ciento de nosotros ni siquiera cree en la deidad de Cristo. ¿Cómo podemos enseñar a otros lo que nosotros mismos no hemos aprendido?

Los que estamos en el liderazgo de la iglesia hemos seguido con demasiada frecuencia una estrategia de discipulado que consiste en bajar el nivel de los entornos de aprendizaje, creyendo que la gente está demasiado ocupada para comprometerse con cualquier cosa que requiera esfuerzo. Les rogamos con tono de disculpa que vengan a un estudio de seis semanas, prometiéndoles que no habrá tarea.

Sin embargo, la gente quiere hacer cosas difíciles. Entienden intuitivamente que cualquier cosa que tenga un valor duradero requiere esfuerzo. Predican el evangelio del CrossFit y discipulan a otros en la dieta FODMAP y Whole30. Aprenden idiomas extranjeros e instrumentos musicales. Corren maratones. Millones de personas han realizado el reto 75 Hard, un programa de fitness diseñado para desarrollar resiliencia y fortaleza mental que, desde su nombre, literalmente, promete ser «duro».

La disciplina no ha muerto. Simplemente sigue el mensaje más convincente. ¿Cuándo fue la última vez que viste un programa de discipulado que prometiera ser difícil? Todas nuestras concesiones y disculpas no han logrado transmitir un mensaje convincente. Por el contrario, hemos transmitido que aprender la Biblia debería ser fácil.

Aquí tienes otra pregunta rápida: ¿Cuántas veces has estudiado o escuchado una serie de sermones sobre Efesios? ¿Y sobre 1 y 2 Crónicas?

Hay una razón para tu respuesta: Efesios es breve. Los libros breves de la Biblia, especialmente los del Nuevo Testamento, se predican o se enseñan repetidamente, mientras que otros libros permanecen intactos. Y los estudios breves triunfan porque venden, especialmente los estudios cortos, temáticos y orientados a la aplicación.

Cuando me pidieron por primera vez que considerara la posibilidad de publicar uno de mis estudios, me dijeron que las mujeres no aguantarían más de seis semanas. ¿Podrías tomar tu estudio de 22 semanas de 50 capítulos del Génesis y reducirlo a 6 semanas con enseñanzas de 10 minutos? La respuesta fue no.

Yo sabía que las mujeres harían estudios más largos porque las veía cada semana en mi iglesia. Pero las editoriales tienen incentivos para publicar lo que se vende y, muy a menudo, los predicadores eligen sus series de sermones en función de lo que encaja en un calendario de predicación.

Mientras tanto, hemos caído presas de la deformación de la cultura del «tiempo devocional». Tener un tiempo devocional puede ser beneficioso, pero a menudo lleva a las personas, precisamente, a un estilo de lectura de la Biblia meramente devocional. Los devocionales se venden muy bien, y por una buena razón. Combinan un fragmento de las Escrituras con una idea concisa, dejando a los lectores con una emoción positiva para comenzar el día: consuelo, seguridad, esperanza, inspiración. Los libros sobre la vida cristiana y los devocionales constituyen el 41 % de las ventas de libros cristianos, mientras que los estudios bíblicos solo representan el 8.5 %. Uno de los libros cristianos más vendidos de todos los tiempos es un devocional que ha vendido más de 45 millones de copias.

La lectura devocional limita las partes de la Biblia a las que dedicamos nuestro tiempo. Hay una razón por la que nadie ha escrito un devocional sobre el Libro de Levítico. Sin embargo, toda la Escritura es útil.

La cultura del tiempo devocional también ofrece una recompensa a corto plazo y de gratificación instantánea. Eleva la interacción individual con las Escrituras, de modo que consideramos que la manera más valiosa de pasar tiempo con las Escrituras es personal, no comunitaria. Si has sido parte de una ronda de respuestas sobre «lo que este versículo significa para mí» en un grupo pequeño, has visto esta dinámica en acción.

Sin duda alguna, reunirnos semanalmente para escuchar un sermón aumentará nuestra alfabetización bíblica, ¿cierto? Cuando Lifeway preguntó a los pastores qué enfoques utilizaban sus iglesias para discipular a los adultos, un 89 % respondió «el sermón», 20 puntos más que la siguiente respuesta, «la escuela dominical». Sin embargo, el 95 % también estuvo de acuerdo con que el discipulado no se completa en un programa, sino en una relación, y el 69 % afirmó creer que el discipulado se logra mejor en un grupo de no más de cinco creyentes.

Permítanme ser clara: me encantan los sermones. Es esencial para la formación espiritual. Nos nutren. Pero si te sentiste inseguro al leer las preguntas al principio de este artículo, es probable que el sermón no sea suficiente para desarrollar la alfabetización bíblica.

La mayoría de los feligreses llegan a la iglesia el domingo dispuestos a sentarse y recibir un sermón sobre un texto que no han estudiado por sí mismos. Toman asiento como aficionados, esperando que el experto los ilumine desde el púlpito. En lugar de considerar los conocimientos del predicador como algo a lo que ellos mismos podrían aspirar, le asignan el papel de experto y siguen siendo receptores pasivos de su enseñanza. Él es el seminarista, no yo. Yo nunca podría hacer eso.

Esta misma división entre expertos y aficionados puede darse en las clases de la escuela dominical y en los estudios bíblicos, en cualquier lugar donde las personas no participen activamente en el proceso de aprendizaje.

Por último, hemos impuesto una carga demasiado pesada sobre el grupo pequeño. Grupos comunitarios, grupos domésticos, grupos de vida, grupos de crecimiento… Sea cual sea el nombre que les dé tu iglesia, son excelentes para crear comunidad, pero pésimos para fomentar el conocimiento.

Hace unos 15 años, este modelo de ministerio grupal se afianzó como una solución al ajetreo y la falta de comunidad en las iglesias. Pero muchas iglesias lo adoptaron como si también fuera una herramienta útil para el discipulado, eliminando entornos de aprendizaje como la escuela dominical o el estudio bíblico.

En el mejor de los casos, un grupo comunitario puede gestionar un debate dirigido entre personas que comparten intereses comunes y basado en la aplicación. El control de calidad de este modelo de ministerio orgánico es notoriamente irregular. La comunidad es importante, pero no si se consigue a expensas del aprendizaje.

Son muchas malas noticias. Pero las soluciones a estos retos no son difíciles de discernir. En una época en la que se experimenta con estrategias de discipulado, las iglesias deben volver a los fundamentos de una práctica educativa sólida.

La iglesia debe recordar que es más que un lugar para la evangelización, las misiones, la adoración y el servicio. La iglesia es, y siempre ha sido, una casa de aprendizaje, un lugar que garantice la promesa del salmo 145: «Cada generación celebrará tus obras y proclamará tus proezas» (Salmos 145:4). No podemos transmitir un buen depósito que nosotros mismos no hemos recibido.

Dos mil años de fiel instrucción y transmisión son la razón por la que cualquiera que lea esto es cristiano hoy en día. No nos conformemos con conversos que no alcanzan la madurez espiritual. Respondamos al llamado de hacer discípulos, enseñémosles bien y ocupemos nuestro lugar en la historia con diligencia y cuidado. No podríamos pedir un objeto de estudio más hermoso ni un tema más útil. No podríamos pedir una tarea más gozosa. Que esta generación sea fiel al llamado de Dios.

Aquí hay cinco sugerencias para que los líderes recuperen el aprendizaje en la iglesia local:

1. Concéntrate en tu iglesia

Reconoce que el problema está en tu congregación, no solo en las iglesias vecinas. Haz que tus feligreses realicen una sencilla prueba para evaluar sus conocimientos bíblicos: solo así podrás discernir el estado de alfabetización de tu iglesia. No seas como la persona que evita ir al médico por miedo a recibir malas noticias. Hazte la prueba. Comparte los resultados con tu gente. Luego, asegúrales que la universalidad del problema significa que todos podemos avanzar juntos. La disonancia es lo que nos motiva a cambiar. Aprovecha esta disonancia para crear un nuevo ecosistema de discipulado, en el que se busque el aprendizaje activo.

2. Aclara los términos

Comprende la diferencia entre un devocional, un estudio temático, una discusión de un libro y un estudio bíblico, y luego comunícalo claramente a los participantes. Cuando ofrecemos todos estos géneros bajo el título de «estudio bíblico», los asistentes marcan mentalmente la casilla de haber asistido a uno, pero es posible que no hayan crecido en sus propias habilidades y conocimientos. Esta claridad ayudará a las personas a autodiagnosticarse al explicarles las diferencias entre estas opciones, sus fortalezas y debilidades relativas, y sus resultados esperados.

3. Haz una pregunta diferente

En lugar de preguntar «¿Qué quiere nuestra gente?», pregunta «¿Cómo se forman los discípulos?». ¿Qué es importante que sepan? ¿En qué orden deben aprenderlo? ¿Cuáles son las herramientas necesarias para enseñarlo bien? Imagina que dejas a tu hijo de segundo grado en la escuela y te dicen que los niños aprenderán matemáticas, lectura y ciencias en el orden y con la profundidad que ellos deseen, y que la mayor parte de su tiempo de aprendizaje se desarrollará en pequeños grupos dirigidos por compañeros de su misma edad. Como mínimo, te alarmarías. Nuestros caminos de discipulado se vuelven más efectivos cuando utilizan un alcance y una secuencia desarrollados por alguien que tiene en mente una visión general del aprendizaje.

4. Recupera los entornos de aprendizaje activo

Crea oportunidades —aulas— en las que los alumnos se involucren activamente en el proceso de aprendizaje mediante tareas y otros tipos de lectura previa, los debates en grupo a nivel intelectual y la enseñanza. Aunque estos espacios sin duda crearán comunidad, deja que el aprendizaje sea su objetivo principal. Encarga a los profesores que reduzcan la brecha entre «expertos y aficionados» al usar el tiempo de estudio para que todos aprendan «cómo» estudiar la Biblia por sí mismos, brindándoles herramientas, no solo información. Capacítalos para que lo hagan bien. Recuérdales que su entusiasmo por el aprendizaje será contagioso para sus alumnos. Libera al sermón (¡y al pastor!) de soportar todo el peso de la enseñanza al recurrir al sacerdocio de todos los creyentes.

5. Eleva los estándares

Reformula el discipulado como algo difícil pero valioso.

Recuérdales a tus feligreses el papel fundamental de la mente en el proceso de transformación. No podemos adorar a un Dios que no conocemos. No podemos obedecer un mandato que no hemos escuchado. No podemos enseñar lo que nunca nos han enseñado. Atrévete a pedirles más a las personas, cree que son capaces y llámalas a una visión bíblica hermosa. Esa visión no es otra cosa que la Gran Comisión.

Ayuda a los miembros de tu iglesia a comprender su pequeño pero vital lugar en la fidelidad a la Gran Comisión. Gracias a que alguien antes que ellos fue fiel a la tarea del discipulado, ellos escucharon el Evangelio. En una época de deconstrucción, desilusión y distracción, invítalos a una fe histórica y probada por el tiempo. Es su herencia recibirla con alegría, y es su herencia transmitirla con diligencia.

Jen Wilkin es autora, maestra de la Biblia y copresentadora del pódcast Knowing Faith.

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