Una Navidad, sin poder contener la emoción, rasgué el papel de regalo de un paquete. Esperaba encontrar uno de esos videojuegos de aventuras que se podían comprar en Blockbuster en los años 90, como Excitebike o Double Dragon. Sin embargo, el juego de Nintendo que abrí se llamaba Bible Adventures. La decepción fue terrible. Aunque estoy seguro de que el Noé histórico era un tipo genial, jugar con él en el Nintendo no lo era. Recuerdo que me sentí tan mal que después sentí culpa por no querer el juego. Pero decidí probarlo. No era precisamente divertido, pero seguí jugando. Aunque nunca llegó a gustarme, agradecí que mis padres hubieran intentado comprar un juego que nos gustara a mis hermanos y a mí.
Nos gusta pensar en la gratitud como un sentimiento desbordante dirigido a los demás, como una efusión de amor y calidez. Pero a veces la calidez no llega. Y aun así, la amabilidad de los demás merece nuestra gratitud. ¿Qué debemos hacer cuando no nos sentimos agradecidos, pero sabemos que deberíamos estarlo? ¿La gratitud es un deber o una respuesta emocional?
Con frecuencia, debemos practicar y encarnar la gratitud antes de sentirla y experimentarla en nuestros corazones. La clave está en elegir practicar la gratitud como un hábito, no como un estado emocional. La gratitud puede surgir de forma espontánea, pero más a menudo es un hábito, una elección y una acción en respuesta a lo que sabemos que es cierto.
La Biblia habla de la importancia de la acción de gracias, haciendo hincapié en el acto de dar gracias, no en el sentimiento de gratitud. Por ejemplo, en 1 Tesalonicenses 5:16-18 leemos: «Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús» (NVI). Observa que no dice: «Siéntete agradecido en todo». La instrucción es «den gracias a Dios en toda situación», incluso cuando tus padres te regalan el videojuego equivocado.
De manera similar, Pablo escribe a los filipenses: «No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (4:6-7). Nuestras oraciones deben incluir dos elementos: acción de gracias y peticiones. La implicación es que, al buscar la paz de Dios, primero debemos reconocer la bendición de Dios. Esto, una vez más, es una acción, no necesariamente un sentimiento.
Debido a la influencia de una ideología que nos invita a expresar nuestra individualidad (individualismo expresivo), tendemos a creer que lo que es real y auténtico es lo que sentimos profundamente, es decir, lo que surge de nuestro interior de forma intuitiva. El individualismo expresivo es la creencia de que solo descubriremos nuestra identidad si miramos en lo más profundo de nuestro ser, descubrimos algo y lo expresamos de forma auténtica al mundo. Esta ideología moderna nos inclina a confiar en nuestros sentidos internos por encima de las fuentes externas. En este modelo, lo más real es lo que proviene de lo más profundo de nosotros mismos, lo que descubrimos sobre nosotros mismos. Así que, si descubrimos que estamos agradecidos, entonces estamos agradecidos.
Pero si no «sentimos» el agradecimiento, lo mejor que podemos hacer es intentar persuadirnos a nosotros mismos de sentirlo y esperar que funcione. Sin embargo, como cristianos, podemos reconocer que lo que es objetivamente real y auténtico es que le debemos gratitud a Dios y a los demás, lo sintamos o no. Solo es cuestión de cómo actuemos en base a esa gratitud.
Una vez que empiezas a pensar en la gratitud como una acción y, solo en segundo lugar como una emoción, se abre todo un mundo de agradecimiento. Si te sientas y esperas a estar agradecido por las bendiciones que Dios te ha dado, es posible que nunca sientas ese agradecimiento. Al igual que yo a los nueve años, es posible que incluso te sientas culpable por no sentirte agradecido. O puede que sientas amargura por las bendiciones que has recibido. Solo cuando aceptas que has sido bendecido y decides actuar en base a esa realidad objetiva en respuesta a un Dios generoso, te liberas de la esclavitud de tus emociones.
Nuestras emociones son la moneda de cambio de nuestras redes sociales, ya que las empresas dirigen anuncios que aprovechan nuestras vulnerabilidades. Los algoritmos nos recuerdan nuestra insuficiencia, comparando nuestras vidas con las de los demás. Las vallas publicitarias nos invitan a complacernos. El mundo afirma nuestras pasiones y confirma nuestro descontento. El mundo nos susurra al oído que todo lo que tenemos lo hemos ganado nosotros mismos y que merecemos más, infinitamente más. Nos dice que todas las buenas bendiciones que Dios nos ha dado son insuficientes, cosas insignificantes que no pueden sostenernos. Es nuestro derecho innato que se cumplan nuestros deseos.
Para cada uno de nosotros, algunos de los dones de Dios se sentirán como el videojuego Bible Adventures aquella mañana de Navidad: fuera de lugar, decepcionantes y difíciles de aceptar.
Puede ser tu trabajo, tu hogar, tu matrimonio, tus amigos o la falta de ellos, tu cuerpo, tu mente, tus finanzas o tu propia vida.
Pero sea cual sea la situación, nuestra obligación es estar agradecidos. Hay tres pasos que podemos dar para crear el hábito de la gratitud en lugar de esperar a sentirla. Primero, podemos orar: «Señor, me has bendecido con más de lo que puedo imaginar. Ayúdame a reconocer esos dones que he recibido de tu mano, incluso cuando no me sienta agradecido. Enséñame a amarlos como tú quieres que los ame».
Segundo, podemos buscar humildemente las bendiciones. La humildad es clave, porque si no somos humildes, podemos pasar por alto los dones que Dios nos ha dado y asumir que son producto de nuestras obras. Cuando empezamos a buscar las bendiciones, reconocemos correctamente nuestra dependencia de Dios, y el agradecimiento puede convertirse en un resultado más natural.
En tercer lugar, podemos expresar y realizar gestos de gratitud hacia Dios y hacia los demás. Una vez que hemos identificado una bendición, un acto de bondad, un don de Dios o un don de nuestro prójimo, nuestra respuesta natural debería ser expresar palabras de gratitud, escribir una nota a la persona, sonreír o dar un abrazo. Quizás nuestros sentimientos estén ahí; quizás no. No importa. La bondad de dar y compartir el amor de Dios en acción de gracias permanece, lo sintamos o no.
Nuestro Dios, que honra a los humildes, nos dará la capacidad de ser agradecidos si practicamos estos hábitos. Puede que no sientas gratitud de inmediato. Puede que nunca la sientas tanto como te gustaría. Pero puedes elegir actuar con gratitud en tu vida. Nunca llegué a amar Bible Adventures. No es un buen juego. Pero expresé gratitud a mis padres mostrándoles mi amor. Y, lo sienta o no, eso es bueno.O. Alan Noble es profesor asociado de inglés en la Universidad Bautista de Oklahoma y autor de tres libros: On Getting Out of Bed: The Burden and Gift of Living, You Are Not Your Own: Belonging to God in an Inhuman World y Disruptive Witness: Speaking Truth in a Distracted Age.