Los momentos de mayor influencia en mi formación espiritual no ocurrieron en un programa eclesiástico dirigido a personas de mi edad. Ocurrieron alrededor de una mesa.
Bill, un pastor jubilado que pasaba de los 80 años, me acogió bajo su protección cuando yo tenía poco más de 20 años. No nos reuníamos para seguir un plan de estudios. Más bien, tomábamos café, dábamos algunos paseos cortos y manteníamos conversaciones que vagaban por una gran variedad de temas de la vida y que solían aterrizar en la verdad y la gracia. Él escuchaba más de lo que enseñaba. Cuando hablaba, sus palabras tenían peso porque yo sabía lo que había en la vida que las respaldaba. Su sencilla fidelidad me ayudó a imaginar la obediencia a largo plazo.
Por aquella época, mis amigos Lisa y Steve me invitaron a una cena familiar. Yo era soltero entonces, y todavía estaba aprendiendo mucho sobre la vida adulta. Comimos mientras ellos le limpiaban la boca al bebé y cortaban la comida en trozos para niños pequeños. Sin plan de estudios. Sin charlas hiperespirituales. Solo una visión tranquila y encarnada de la paciencia, la colaboración y la paz.
En esos momentos, fui discipulado sin que nadie utilizara el término. Sin embargo, esta formación —lenta, relacional y generacional— es lo que falta en muchas iglesias. Al tratar de servir a las personas de acuerdo a la etapa de la vida en la que se encuentran, las iglesias las han clasificado por edades: los niños de primaria, los adolescentes, los adultos jóvenes y los que tienen el nido vacío están aislados unos de otros. La mayoría de los programas comienzan con buenas intenciones y satisfacen necesidades reales, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos qué hemos construido o qué nos puede costar.
Hemos construido sistemas que conectan a las personas, pero las mantienen separadas. Hemos separado a las personas en grupos con gente similar y hemos fragmentado la formación espiritual. Más que eso, hemos enseñado sutilmente a las personas cómo tratar a la iglesia.
Meditemos en ello. Si nuestros ministerios se construyen en torno a las preferencias personales y se presentan como experiencias opcionales basadas en la afinidad, entonces la iglesia se siente como otra opción de consumo, privilegiando la conveniencia sobre la comunión. Las personas aprenden a comprometerse con la iglesia en sus propios términos en lugar de en los términos de Cristo.
La madurez cristiana profunda no se alcanza mejor a través de programas segmentados, sino a través de la vida compartida entre generaciones. El informe de Barna de febrero de 2025, «Discipulado intergeneracional», revela el costo que ha tenido esta tendencia: mientras que el 87 % de los cristianos mayores de 55 años dicen que es importante seguir creciendo espiritualmente, solo el 18 % dicen que su iglesia les ayuda a conectarse con otras generaciones.
Esta fragmentación no comenzó como una estrategia. Comenzó como un servicio sacrificial. A finales del siglo XVIII en Inglaterra, la escuela dominical surgió no como una táctica para el crecimiento de la iglesia, sino como una respuesta evangélica al trabajo infantil. Los niños trabajaban muchas horas seis días a la semana sin acceso a la escolarización. En respuesta, las iglesias renunciaron a su único día de descanso para ofrecer alfabetización y enseñanza bíblica, acudiendo a las familias allí donde se encontraban y con un gran costo personal. Sin embargo, con el tiempo, la labor social se volvió hacia dentro, y los programas se convirtieron en normas incuestionables y egoístas. A mediados del siglo XX, cuando las nuevas teorías educativas y la cultura de consumo dieron forma a las instituciones occidentales, las iglesias siguieron su ejemplo: organizaron el ministerio por edades, etapas de la vida y necesidades percibidas. Pero al reflejar las categorías establecidas por el mundo, heredamos su aislamiento.
Hoy, en un momento cultural ya de por sí marcado por la soledad, las relaciones por medio de pantallas y la desconfianza generacional, nuestras estructuras aisladas corren el riesgo de reforzar las divisiones que el evangelio pretende sanar. Pablo insiste en que en Cristo no hay judíos ni griegos, esclavos ni libres, hombres ni mujeres (Gálatas 3:28). Podríamos añadir: ni baby boomers ni generación Z. En Cristo, las viejas categorías dan paso a un nuevo tipo de familia unida no por la edad o la afinidad, sino por la gracia.
Sin duda, se puede encontrar consuelo entre los compañeros de la misma edad: un amigo mío de la generación Z bromeó diciendo que el grupo universitario de su megaiglesia es el único lugar donde puede conocer chicas que aman a Jesús. Los adultos mayores ganan fuerza al caminar con otras personas que están atravesando pérdidas similares: hogares vacíos, remordimientos persistentes, el lento dolor del envejecimiento o el profundo dolor de perder a un ser querido. Los padres conocen muy bien el alivio que llega al entregar a un niño pequeño a un voluntario que sabe qué hacer. Es el reconocimiento de la amistad, como escribió C. S. Lewis: «La expresión típica de iniciar una amistad sería algo así como: “¡¿Qué?! ¿Tú también? Pensaba que era el único”». Pero, aunque los espacios para cada etapa de la vida pueden ser significativos, no son el objetivo de la iglesia, ni suelen conducir a la madurez cristiana.
La psicóloga Jean Twenge señala que las divisiones generacionales actuales no son solo culturales, sino también digitales. El tiempo que pasan detrás de las pantallas moldea profundamente la forma en que los jóvenes se relacionan, aprenden y creen. A medida que la tecnología reconfigura rápidamente las normas de la infancia, el ministerio basado en la edad puede ser crucial. Quienes trabajan entre los jóvenes a tiempo completo y se dedican a comprender las fuerzas que causan las adicciones digitales pueden fortalecer la labor del discipulado familiar.
Pero la afinidad nunca debe convertirse en identidad. Los grupos de afinidad corren el riesgo de formar cristianos que conocen el calendario de eventos, pero no a la familia de la iglesia. El peligro que viene con ello no es solo el aislamiento, sino también que el discipulado pierda su rumbo. Cuando la iglesia siempre nos ofrece lo que queremos según nuestras necesidades percibidas y nuestra etapa de la vida, entonces la formación espiritual también se convierte en algo empaquetado. Condicionados por la personalización constante, tratamos a la iglesia como un bufé: elegimos los ministerios y las comunidades que nos resultan familiares, favorecemos las enseñanzas que confirman nuestros instintos y nos relacionamos con compañeros que comparten la misma etapa de la vida.
¿El resultado? La formación espiritual se produce al margen de las personas que más podrían ayudarnos a madurar y parecernos a Cristo.
Los creyentes más jóvenes anhelan la conexión con los mayores, pero solo si es relacional, no transaccional. Como describió un creyente de la generación Z: «Sé que necesito a personas mayores en mi vida. Pero tampoco sé cómo encontrarlas. Y cuando lo intento, no siento que realmente me escuchen. Es como si intentaran enseñar más que relacionarse, como si yo fuera un proyecto y no una persona». Lo que los creyentes más jóvenes buscan no es una mera corrección disfrazada de preocupación y cuidado. Es presencia y relación, el tipo de discipulado que se da en la mesa de la cocina, con un café recalentado y una conversación auténtica.
Algunos creyentes mayores dudan en entablar estas relaciones porque la brecha cultural les parece enorme, el vocabulario, desconocido, y el ritmo de vida, agotador. «No quiero poner excusas ni parecer desconectado», me dijo un miembro mayor de la iglesia. «Es solo que no sé qué pueden necesitar de alguien de la vieja escuela como yo».
Esa vacilación es comprensible. Pero las Escrituras ofrecen una perspectiva diferente. A quienes le preocupa parecer irrelevantes u obsoletos, Proverbios nos recuerda: «Las canas son una honrosa corona que se obtiene en el camino de la justicia» (16:31). Se necesita toda una vida para adquirir sabiduría, y los creyentes más jóvenes la necesitan. No necesitan a alguien que tenga todas las respuestas. Necesitan a alguien que haya pasado por las preguntas.
Los creyentes más jóvenes temen ser malinterpretados, tratados con condescendencia o no ser tomados en serio. Pero Pablo le dice a Timoteo: «No permitas que nadie menosprecie tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza» (1 Timoteo 4:12, NBLA). La madurez espiritual no siempre se mide por la edad, sino por la fidelidad.
Las relaciones intergeneracionales tendrán sus momentos incómodos. Habrá mensajes incomprendidos y expectativas incompatibles. Pero tal vez ese sea el punto. No solo necesitamos relaciones que sean fáciles: necesitamos aquellas que nos lleven a la madurez. Y, a menudo, la misma desorientación que sentimos es lo que hace que nos necesitemos más unos a otros.
Ese tipo de crecimiento no proviene solo del contenido doctrinal. Proviene de la proximidad de la vida con la vida. De ritmos interrumpibles, comidas compartidas y la larga obediencia de la fidelidad cristiana cotidiana. Para seguir a Jesús en nuestro tiempo, necesitamos voces formadas en épocas anteriores. Y para mantener un corazón bondadoso en un mundo hastiado, necesitamos las preguntas, la energía y la urgencia de los jóvenes.
No necesitamos descartar los programas. Pero tal vez debamos replantearnos para qué sirven. Los programas son mejores cuando sirven de andamio para la vida compartida, no cuando la sustituyen.
Lo he visto suceder, y siempre es hermoso. Una viuda jubilada cantando junto a un estudiante de secundaria un domingo por la mañana. Un padre cuyos hijos ya se han ido de casa meciendo a un recién nacido para que una madre agotada pueda comulgar. Estudiantes universitarios transportando cajas para una pareja de adultos mayores y quedándose después para intercambiar historias de fe, duda y fidelidad. Adultos solteros y familias intercambiando consejos, orientación profesional y peticiones de oración.
Estos momentos no comienzan con una estrategia. Empiezan con un cambio en la imaginación: la voluntad de reducir el ritmo, de acercarse a personas en otras etapas de la vida y de ver la iglesia no como un grupo de personas con afinidades comunes, sino como una familia ya unida en Cristo.
La iglesia jamás debió ser una reunión de diversas generaciones viviendo vidas separadas bajo un mismo techo. Dios la planeó para ser una familia espiritual. Algunas cosas se aprenden mejor caminando con alguien que ha caminado un poco más que nosotros. Algunas cargas se llevan mejor con alguien cuyos hombros aún no están encorvados por el mismo peso.
Para mí, todo empezó cuando alguien me hizo un espacio. Bill me invitó a pasear por su jardín, a sentarme a tomar un café, a compartir una mesa. No organizó ningún programa. Simplemente estuvo presente, y siguió estándolo. Ese simple acto de hospitalidad se convirtió en tierra santa. Todo empieza con un asiento a la mesa.
Chris Poblete es exdirector editorial de CT Pastors en Christianity Today.